Agotado. Hacía tiempo que no estaba tan nervioso como ayer en Atyrau. Las horas pasaban sin noticias y la incertidumbre se hacía cada vez más difícil de soportar. Sé que no es la primera operación a la que falto, pero espero que sea la última.
Ahora,
mientras escribo en la minúscula sala del aeropuerto de Kazajistán, me parece
que ha pasado más de un mes, aunque todo empezó el sábado, durmiendo en la
capital del reino…
El domingo
por la mañana, cuando yo todavía estaba en el aeropuerto de Madrid, me
preguntan desde Kazajistán dónde estoy, porque ya han salido todos del avión.
-Pues yo, tan
tranquilo, en el aeropuerto de Madrid…
¡Se habían
confundido de día! Mientras tanto, yo ya estaba pensando en todo lo que podía
salir mal y, la verdad, confiaba poco en que después de eso, tuvieran organizada
mi llegada. Tenía previsto aterrizar en Atyrau en la madrugada del domingo al
lunes.
Y así empezó la
travesía: más de 30 horas de viaje por delante y los billetes sin enlazar. Como
no tengo visado para Azerbaiyán, sino únicamente para Kazajistán, me avisan de
que viajo bajo mi propia responsabilidad y de que tengo que conseguir en
Estambul la tarjeta de embarque para el siguiente vuelo. Por si me faltaba
algo, un poco más de tensión.
En Turquía,
después de intentarlo por todos los medios y de pasar por todas las oficinas de
transfer, no me queda otra que pedirte ayuda. Menos mal que estás en la sombra.
¡Resulta que el código de reserva que me habían dado estaba mal! En fin, con la
tarjeta de embarque electrónica que me envías al teléfono consigo pasar los
controles en Bakú y subir a un clásico de la aviación.
Madre mía! Y
yo preocupado porque me habías conseguido la fila 40H… Para mí que numeran las
filas como les da la gana: por la izquierda empiezan en la 15 y, por el lado de
al lado, en la 14. ¡Un auténtico sindiós! Pero, en fin, en ese momento solo pienso
en que esta joya de museo consiga despegar, me lleve a mi destino y haya
alguien esperándome a la llegada. Al final, como casi siempre, todo se va
solucionando y consigo caer rendido en la cama del hotel.
Días cortos,
viendo amanecer y atardecer desde el asiento trasero de un Toyota Prado. Por lo
menos, el coche es amplio. Coche cama, podría decirse, el camino a la obra, una
hora de ida y otra de vuelta atravesando la estepa kazaja. El traqueteo del
coche te coloca todos los huesos en su sitio… Kilómetros y kilómetros de
terreno sin un monte a la vista y el color marrón de la vegetación reseca tras
el verano. Pero diciendo verdad, mirando por la ventanilla trasera, tiene su aquel.
Solo hay que fijarse y poner atención. Al amanecer se ven manadas de caballos
en semilibertad con sus potros y también camellos de dos jorobas, peludos sobre
todo por el cuello, la cabeza y las patas. Me imagino que ya empiezan a
prepararse para el invierno. Un paisaje muy distinto al nuestro. Aunque, en realidad,
es una bucólica paliza. Después de más de diez horas en la obra, hay que sumar
la hora de coche para ir y otra para volver. Vamos, que salgo de noche y
regreso de noche. Esta vez no he visto nada.
En cuanto a
la recomendación gastronómica, cruzando la acera (por la parte de atrás del
hotel) el restaurante turco “HASAN USTA”. Por fuera, bastante deprimente; y la
decoración, por decirlo de forma sencilla, austera. Pero, madre mía… Adana
Kebap! Me recordó a mis tiempos de los inicios del blog, en Çayırlı.
Continuo escribiendo
desde Bakú , para aguantar la primera conexión nocturna …cuatro horas, que sale
el vuelo hacia Estambul a las dos y media de la mañana. Agotado.



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