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jueves, 22 de octubre de 2026

Kazajistán: llegar ya es toda una aventura

Agotado. Hacía tiempo que no estaba tan nervioso como ayer en Atyrau. Las horas pasaban sin noticias y la incertidumbre se hacía cada vez más difícil de soportar. Sé que no es la primera operación a la que falto, pero espero que sea la última.

Ahora, mientras escribo en la minúscula sala del aeropuerto de Kazajistán, me parece que ha pasado más de un mes, aunque todo empezó el sábado, durmiendo en la capital del reino…

 

El domingo por la mañana, cuando yo todavía estaba en el aeropuerto de Madrid, me preguntan desde Kazajistán dónde estoy, porque ya han salido todos del avión.

-Pues yo, tan tranquilo, en el aeropuerto de Madrid…

¡Se habían confundido de día! Mientras tanto, yo ya estaba pensando en todo lo que podía salir mal y, la verdad, confiaba poco en que después de eso, tuvieran organizada mi llegada. Tenía previsto aterrizar en Atyrau en la madrugada del domingo al lunes.

 

Y así empezó la travesía: más de 30 horas de viaje por delante y los billetes sin enlazar. Como no tengo visado para Azerbaiyán, sino únicamente para Kazajistán, me avisan de que viajo bajo mi propia responsabilidad y de que tengo que conseguir en Estambul la tarjeta de embarque para el siguiente vuelo. Por si me faltaba algo, un poco más de tensión.

 

En Turquía, después de intentarlo por todos los medios y de pasar por todas las oficinas de transfer, no me queda otra que pedirte ayuda. Menos mal que estás en la sombra. ¡Resulta que el código de reserva que me habían dado estaba mal! En fin, con la tarjeta de embarque electrónica que me envías al teléfono consigo pasar los controles en Bakú y subir a un clásico de la aviación.

Madre mía! Y yo preocupado porque me habías conseguido la fila 40H… Para mí que numeran las filas como les da la gana: por la izquierda empiezan en la 15 y, por el lado de al lado, en la 14. ¡Un auténtico sindiós! Pero, en fin, en ese momento solo pienso en que esta joya de museo consiga despegar, me lleve a mi destino y haya alguien esperándome a la llegada. Al final, como casi siempre, todo se va solucionando y consigo caer rendido en la cama del hotel.

 


Días cortos, viendo amanecer y atardecer desde el asiento trasero de un Toyota Prado. Por lo menos, el coche es amplio. Coche cama, podría decirse, el camino a la obra, una hora de ida y otra de vuelta atravesando la estepa kazaja. El traqueteo del coche te coloca todos los huesos en su sitio… Kilómetros y kilómetros de terreno sin un monte a la vista y el color marrón de la vegetación reseca tras el verano. Pero diciendo verdad, mirando por la ventanilla trasera, tiene su aquel. Solo hay que fijarse y poner atención. Al amanecer se ven manadas de caballos en semilibertad con sus potros y también camellos de dos jorobas, peludos sobre todo por el cuello, la cabeza y las patas. Me imagino que ya empiezan a prepararse para el invierno. Un paisaje muy distinto al nuestro. Aunque, en realidad, es una bucólica paliza. Después de más de diez horas en la obra, hay que sumar la hora de coche para ir y otra para volver. Vamos, que salgo de noche y regreso de noche. Esta vez no he visto nada.

 

En cuanto a la recomendación gastronómica, cruzando la acera (por la parte de atrás del hotel) el restaurante turco “HASAN USTA”. Por fuera, bastante deprimente; y la decoración, por decirlo de forma sencilla, austera. Pero, madre mía… Adana Kebap! Me recordó a mis tiempos de los inicios del blog, en Çayırlı.



 

Continuo escribiendo desde Bakú , para aguantar la primera conexión nocturna …cuatro horas, que sale el vuelo hacia Estambul a las dos y media de la mañana. Agotado.

 

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