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viernes, 25 de septiembre de 2026

Sonora y las mascarillas a diez mil pies

Poco tiempo, pero el clima no se ha portado mal con nosotros en el desierto de Sonora. Y el otro clima, pues también bastante tranquilo: solo escuché algún trueno - de los que no vienen del cielo- la primera noche, y alguna que otra sirena. Pero bien. Ni huracanes, como había dicho Ama, ni temblores ni nada. Todo tranquilo y normal.

Esta vez, todas las tardes hemos hecho recorrido gastronómico. Sin perdernos una merienda-cena, porque, como Cenicienta, antes de que se pusiera el sol ya estaba en el hotel, roto, y a las ocho de la tarde había caído como un tronco. Así tendré, o eso espero, menos cambios horarios cuando te vea.

Hemos tenido cicerone local : “Tienes que probar esto, que está perrísimo”. “Y los… que están más picosos”. Un espectáculo. “No te puedes ir sin probar los…”.

Siempre había algún platillo que no podía dejar de probar.Menos mal que me ha echado la gordóloga, porque, si no, me daría una buena reprimenda.

Lo divertido del viaje. Este país de contrastes…Primera vez que veo en un avión a cuatro mujeres con algo negro tapando la cara.

¿Qué es lo que llevan? pregunto a las azafatas.

Y, con un poco de sorna, me explican que no son luchadoras mexicanas, sino mascarillas hidratantes, porque, en teoría, en el avión te deshidratas.

¡Lo que me faltaba por ver! Y yo sin mascarilla negra. Culo veo, culo quiero.



Empiezan a sacar espejos y demás para completar el tratamiento. Hablando para todo el avión. Menudas cuatro de blanco luminoso. Yo esto no lo había visto en mi vida, y mira que he volado: un salón de maquillaje a diez mil pies.

Cuántos cachivaches pueden llevar en la maleta de cabina… Dejamos para la imaginación lo que llevarán en bodega.


En cuanto a la recomendación gastronómica, difícil. 

Más de una vez se me ha escapado un ¡Qué rico, madre mía!. Sobre todo en el Asadero “Los Poblanos”: ¡qué locura de tacos! Los mejores que recuerdo. Tortillas de maíz recién hechas y viendo cómo cortan la carne, sin trucos.

Pero me quedo para recomendar de este viaje, y con ganas de repetir, el restaurante Angulo, donde, por cierto, no sirven pollo. Pobre Cris. Comienzas con un caldito para la «crudita» según el mesero, con un par de langostinos. Debe ser reconstituyente; nos habrá venido bien para recuperar sales después de las sudadas en obra. Y estaba riquísimo.

Y luego, el chicharrón de atún: medallón de atún en cubos, frito sobre una base de guacamole y bañado en salsa macha. Una barbaridad.



jueves, 17 de septiembre de 2026

Abu Dabi, pero con chaqueta

Unos días raros. 

Cómo cambia el cuento cuando me toca venir al Golfo, pero a las oficinas, a reuniones y demás. Frase para el recuerdo: “No hay forma más sincera de admiración que la envidia”. Viaje distinto, con gente y hasta con chaqueta. Si es que hasta nos costó salirnos de la rutina de hacer la maleta de obra.

Coincidir con gente que me conoce desde hace años hace que las pequeñas pausas sean también un poco raras. Y ni te digo lo de volver a compartir mesa en esta parte del mundo, recordando historias de hace veinte años. Vamos a ser unos abuelos cebolletas.


Como casi siempre, en cada viaje hay algo que conocer y que merece la pena. Esta vez me dejo llevar, aunque sea en grupo. Pillamos un taxi para cinco. Multitud. Aunque el calor ya empieza a dar un poco de tregua, cuando salimos de trabajar todavía aprieta. Nos llevan a Qasr Al Hosn, el fuerte y hogar ancestral de la familia Al Nahyan. Es el edificio más antiguo de la isla de Abu Dabi. Curioso. No había caído hasta ahora, con tanto puente y tanta carretera, que Abu Dabi es una isla.

Fue sede del poder, fortaleza defensiva y hogar de “la familia”, con mayúsculas. Hoy es un lugar curioso para entender cómo ha cambiado el país. Las fotos de hace cincuenta años lo explican mejor que cualquier discurso: de pequeña comunidad costera a la ciudad que tenemos delante ahora.

La exposición tiene su aquel. Desde la puerta original de madera, con aquella pequeña abertura para controlar quién quería entrar fuera de horas, hasta una caja metálica de galletas de mantequilla. Historia de Abu Dabi en versión museo.

Eso sí, el calor fue demasiado para los no aclimatados y más de uno terminó saliendo de allí a la carrera, buscando el aire acondicionado. Me hubiera quedado a seguir leyendo alguna información más. Como bien sabes: cada uno tiene su ritmo y yo tengo el mío.


Para colmo, cuando intento hacer de Cicerón, llega la decepción. La Sheikh Zayed Grand Mosque ha cambiado. Algo es algo, pero nada parecido a mi recuerdo —seguramente idealizado— de cuando empezaban los primeros coletazos del turismo. 




Recuerdo una visita mucho más especial, sin gente, viendo un atardecer espectacular y con la sensación de estar entrando en un sitio realmente impresionante. Y viendo lo orgullosos que me la enseñaban.

Ahora parece que la mezquita viene con centro comercial incluido. Hay que pagar entrada, te llevan por un recorrido perfectamente organizado, ya no puedes pisar aquella impresionante alfombra mullida y, para rematar, ni siquiera hace falta descalzarse. Te habré contado cientos de veces que a las mujeres les dejaban unas abayas elegantes para cubrirse y entrar en la mezquita. Ahora directamente tienes un ejército de vendedores ofreciendo pañuelos, abayas y todo tipo de prendas para las turistas que necesiten taparse.

Como casi siempre, a la carrera. Se me ha echado el tiempo encima en el último momento. Me espera el driver para llevarme al aeropuerto desde el hotel, pero no quería irme sin volver a ver los cristales horteras de las lámparas del gran templo, pero…

 


Tres veces me llaman la atención. No hago más que equivocarme con una cuerda que ni siquiera veo. Cuánto les falta por aprender a estos sobre señalización de rutas de acceso. Empiezo a pensar que la cuerda es invisible para mí y perfectamente visible para el resto. Después del tercer aviso, decido que quizá lo mejor sea dejar de luchar contra los elementos y seguir al rebaño. Culpa mía. Tendría que haber dejado de trabajar antes, pero qué quieres… la costumbre.

Esta vez, la recomendación gastronómica es un restaurante iraquí cerca del fuerte: Kabab Erbil. Muy bueno el mix grill y también los Kubba Mosul, esos que yo describiría como una especie de sándwiches iraquíes. Pero lo que me hace perder el sentido es el postre. Seguramente lo tengo prohibido: Kahi & Kemer, كاهي. Hojaldre caliente y crema que se derrama en cada mordisco.

Aunque no lo noten, para hacerme feliz no hace falta mucho. ¡¡¡Madre mía!!! 


Disfrutando por la vida.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Al Khobar: vuelta al tajo y arqueología.

Comenzamos el movimiento después del descanso estival. La falta de costumbre… y eso que han sido solo cuarenta días sin viajar. Parece una eternidad. Aunque, curiosamente, el verano ha pasado en un suspiro. Poco a poco toca volver a la realidad.

Se nota la falta de aclimatación. El tiempo en Saudi no perdona. Durante las visitas en campo parezco un surtidor. Estoy empapando las notas que intento escribir y mojando la documentación que me pasan para revisar. Solo puedo pedir disculpas.

 


Como siempre en los viajes, esta vez no iba a ser diferente, hay algo bueno, aunque la situación en el país esté caliente. Los paseos mañaneros para ver el amanecer, después de cansarme de dar vueltas en la cama. Esta vez, además, en uno de esos hoteles buenos. De los buenos de verdad. De los que, como diría Asier: "No me recuerdes las sábanas, que me pongo a llorar". Así que, por lo menos, amaneceres de lujo.

Los días, eso sí, se me han hecho muy largos. Mucho trabajo, poca colaboración y esa maravillosa sensación de que, mientras uno intenta sacar las cosas adelante, algunos parecen estar esperando tranquilamente a que te salgan mal. Pero bueno, poco a poco.

De regreso, como siempre, me he escapado un rato y he aprovechado para hacer un poco de turismo. He acabado visitando la Al Tawi Archaeological Tower.

Al llegar y leer el cartel, me troncho. ¿Arqueológica? ¡Qué mamones!

En Bilbao hay abuelas más viejas y en mejor estado. Una torre de adobe y cañas de 1928 que, según pone, se hizo para proteger un pozo. Está que se cae y el pozo… seco. Pero la curiosidad mató al gato. O como se diga.

El pobre driver, cuando me ve entrar en la "fortaleza" y comenzar a subir al primer piso…

- Sir, maybe it’s not safe.

Seguro que estaba pensando: "Como este siga subiendo y con su peso se termine de caer la torre, ¿cómo explico yo a las autoridades que ha sido él?". Porque una cosa es llevar al plasta del expatriado a ver una torre arqueológica y otra muy distinta tener que explicar que el bilbaíno se ha cargado el emblema arqueológico de la provincia y ha terminado entre los escombros.

Al ver el techo caído sobre la entreplanta, aunque por un momento me lo he pensado, decidí no seguir defendiendo el pozo. Ni terminar de destruir la torre.

Y después de tanta “arqueología” de menos de cien años, la recomendación gastronómica. En el Al Diwan, que es el restaurante libanés del Hotel Intercontinental de Al Jubail, se come bien y con amplia carta, pero caro. Por eso me quedo con un restaurante en Dammam. Hemos acabado en “The Heritage Village”, que ya te he escrito alguna vez, un sitio con museo con todo tipo de cosas “arqueológicas” de los cincuenta, coches antiguos y restaurante.


Nosotros hemos pasado directamente de los coches y del museo, que uno puede tener interés por la historia, pero tampoco hay que exagerar.

Nota: Al final he tenido suerte y se han apiadado de mí al perder la conexión. Llego para comer tarde a casa… Menos mal, porque estoy muerto, matado.