Menuda escapada loca, a lo rico. Una noche sabe a mucho,
con yincanas superando la locura de los coches de alquiler en la nueva zona del
aeropuerto, los jaleos de los alojamientos, el tráfico… Pero siempre está la
gozada que es volver a nuestros rincones y tradiciones… aunque sea sin ti.
Ciertamente, ha sido una escapada más alegre de lo esperado. Yo iba con el
corazón encogido, sabiendo que no debía llorar ni ponerme triste. Pero al final
siempre, aunque sea de carabina, he vuelto a esta maravilla de ciudad. Roma, al
fin. Si es que se me hace raro, raro, estar dentro del Panteón sin sacarte la
foto.
Nuestra asignatura pendiente en Ostia Antica, truncada
hace un par de años por el mal tiempo, ha quedado más que compensada. Pero, ay,
para ver bien esa maravilla hace falta mucho más tiempo, así que, sufriendo un
poco más, tendré que volver y hacerte de cicerone. Esta vez me ha parecido con
poco guiri y muchos chavales de “excursión cultural” en Ostia Antica, cosa
curiosa. Será porque es miércoles y, al igual que tú, la gente tiene el mal
hábito de trabajar en mitad de la semana. Lo de poner la oreja en las clases al
aire libre es toda una experiencia: explicaciones a “nivel bambino” que
sorprenden con su curiosidad. Que si el sestercio valía más o no que su peso en
oro… Y ver la cara de la profesora sin saber qué contestar no tiene precio.
Nuestro guía —Álvaro, experto como el que más— nos lleva
a la carrera a ver los imprescindibles. Casas de cinco estrellas, eso sí. Se ha
olvidado de que ya no estamos para este ritmo, ni María ni yo. Yo sigo con las
agujetas después de tanto gimnasio. Paseíto por el puerto, donde Carlos se
lleva un alegrón viendo que la flota plentziatarra está en mucho mejor estado
de revista.
De regreso, en la Ciudad Eterna, una maravilla volver a
disfrutar de los mismos restaurantes, pasear por las calles que tanto hemos
recorrido juntos… aunque me falta medio cuerpo en Roma sin ti. Casi ni le digo
nada a Susi para que me compre algo. Algún regateo en el Campo de Fiori,
saludando a Mauro, y el bueno de su hermano Fabriccio me hace de trilero con el
azafrán; comprarle el ramito de pimientos a Franca… En fin, aunque me digan que
me llevan el producto a casa, hay que seguir viniendo y saludando para que
sepamos que seguimos vivos. Por cierto, me parece que en Roma han vuelto a
subir los precios. Tomar un pote: 8 € el vino tinto es un robo. Se ríen en
Bilbao cuando comparto con los del Desberdin para que me suban los precios,
pero ya nos llegará.
En Ostia volvemos a disfrutar de la pasta y de la tripa a la romana en el restaurante “Arianna al Borghetto”: trippa alla romana, abbacchio, carbonara… Todo como debe ser. En Roma, volvemos a la “Pizzeria del Baffetto”, la caprichosa de locos. Un lugar que no olvidaremos… para que me vuelvan a invitar en un 55 cumpleaños, aunque alguna borde cae con el graciosillo del camarero y la pizza con cebolla.
Pero la recomendación
gastronómica, sorprendentemente, es en el aeropuerto. Un trato de lujo a la
carta en la sala Plaza Premium First. La recepcionista, con una seguridad en el
producto que tiene entre sus manos, me suelta:
—¿Ha estado usted en esta sala antes?
—Pues no lo sé, mezclo los aeropuertos.
—Si no se acuerda, es que no ha estado.
¡Joder con la italiana!
Pues una gozada acoplarme así a este viaje —siempre hace falta un violinista, aunque toque desafinado— para un cumpleaños con rima importante, aunque sea de carabina. Una que yo sé ya está planificando el siguiente viaje, que para eso es eterna, como la ciudad.





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