Translate

viernes, 23 de enero de 2026

Pasando fresco en el desierto de Al Udayd:

Aquí, escribiéndote, por un pelo no consigo adelantar la llegada a casa. He perdido el vuelo por culpa de unos inexpertos en el control de seguridad de la T4. No siempre se puede… 

En el control de seguridad han dejado pasar a un grupo entero de personas que perdían su vuelo a Bolivia. Perdían el vuelo y, con lo que han tardado, me imagino que ahora estarán dando vueltas por la T1. ¡Qué desastres! Lo de sacar lo electrónico para pasar por el escáner no era un término válido ni entendible para ellos. Botes de gel y chocolates han sacado bastantes, pero no sé qué no entendían de “sacar todo lo electrónico” para el control. Pero bueno… vuelta para atrás una y otra vez por no sacar teléfonos y maquinitas. Un cuarto de hora perdido… y unas horas de trabajo ganadas por la empresa en Madrid.



Volver al trabajo es volver a viajar, y en esta ocasión menuda diferencia. No solo son las once horas de huso horario entre Dammam y Mexicali, sino la aerolínea: Qatar Airways sabe cómo mimar a la gente.

Ha sido una semana intensa. Durmiendo a ratos, como se puede. Me han preguntado dos veces cómo aguanto este ritmo: tantos vuelos, tantos continentes. La respuesta es sencilla: esto engancha. El trajín te obliga a soltar lastres y a romper una y otra vez con la rutina. Incluso mis viajes pueden volverse previsibles, pero siempre busco algo nuevo que aprender, aunque en este, mas que nada, aprender a tener paciencia. Este proyecto es multicultural donde los haya —parece la ONU—, y como diría Santi: “La madre de los tontos está siempre pariendo…”. Me siento como un visitante permanente, y no me disgusta. Y por si se me olvida… ¿te has fijado cuántas veces me preguntan en Bilbao, nada más llegar, cuándo me vuelvo a ir? La verdad es que en ningún sitio me siento del todo fuera.

Según lo hablado, hemos librado, parece que no tocaba jugar al Risk. Esta vez, invierno saudí y un campamento a medio montar, encajado con calzador en la inmensidad del desierto. Las mañanas son un golpe de realidad: seis grados en una habitación helada donde eliges entre el “runrún” del aire acondicionado o el silencio gélido. Suelo quedarme con el frío. Afuera, el teléfono marca -3 °C de sensación térmica, el viento con la arena hace de exfoliante implacable, ya verás que cutis. Aquí la gomina es innecesaria; al caer la noche, el pelo queda rígido por el polvo acumulado.



Arrastro cansancio y falta de sueño. Anoche, haciendo un verdadero esfuerzo, me quedé a ver al Athletic hasta el descanso. Me dormí cuando íbamos perdiendo 1-0 y desperté de golpe: ¡1-3 y ganando! La adrenalina me invadió y no pude pegar ojo el resto de la noche. Terminamos con un 2-3 que confirmó la victoria. ¡Qué alegría! Soy fácil de influenciar: todo se ve con otro color cuando gana el Athletic. El mundo parece más amable, menos malo ( o como diga la canción), los retos más pequeños y hasta sacas energía de la nada para seguir tirando.

Bueno, esta vez sin recomendación gastronómica. Me he alimentado a base de curries, sabzi (verduras picantes cocidas), pollos y chapatis. Al no haber cocina aún funcionando en el campamento, la comida te llega fría y apelmazada en una bandeja blanca de poliestireno. Así que la recomendación es la cena del avión… Prawn and mango curry with spiced crispy okra, jeera rice and green salad.

viernes, 16 de enero de 2026

Kiss me before flight: de Bilbao a Mexicali

Arranco el año con mi regalo de Reyes en la mochila: la etiqueta que dice “Kiss me before flight”, pero recibo los mismos que siempre, bueno, uno menos porque al mediano lo tenemos por “las Italias”. Ironías del destino, estos han sido vuelos transoceánicos con poco encanto: niños llorando, perros patada, turbulencias que sacuden el asiento…

Mi séptimo viaje a Mexicali, y solo ahora caigo en el origen de su nombre: México + California. Al otro lado de la frontera, en Estados Unidos, está Calexico —Cal(ifornia) + (M)exico—, un juego de espejos toponímicos que resume la esencia de la zona, en la que diariamente miles de personas cruzan de un lado a otro.

La semana de trabajo en Mexicali ha sido tranquila, productiva. Ni sirenas lejanas, ni tiros al aire. Parece que los malotes están en pausa. Pero el descanso no fue completo: una madrugada, entre el jet lag y la confusión, desperté sintiendo que la cama se elevaba en horizontal, como si alguien me levantara de golpe. Fue mi primer terremoto vertical, de esos que suben y bajan en lugar de mecerte de lado a lado. Entre el cambio de horario y el movimiento de placas, me han dado la semanita, así que agotado…


En Ciudad de México, las esperas se alargan. Con las obras del aeropuerto por el Mundial, solo una sala business sigue operativa de las tres que solían aliviarnos el tedio. Curiosidad: al dejar la propina al camarero, este me pregunta si soy del Madrid o del Barça. “Es que Xavi está aquí —me dice—, con algo de la sede de Monterrey para el Mundial”. Como bien me conoces, me acerqué con algo de “timidez” al grupo de viejas glorias, y ahí estaba el one-club man. Majete, se levantó sin dudar y se sacó la foto conmigo después de decirle que yo al Barça de ahora ni agua, y que era del Athletic. Al resto, les castigué con el látigo de mi indiferencia.

En cuanto a la recomendación gastronómica, esta vez me propuse una ruta de tacos. Tres noches, tres cocinas distintas. La ganadora claroa, la del restaurante “Cauce by Albaricoque”, un local nuevo y por eso igual vacío. Pedí sus tacos de cochinita pibil —cuatro por $275—, acompañados de cebolla encurtida y cilantro (este último, por suerte, fácil de apartar). La salsa, potente y "picosa", calentaba el labio.