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viernes, 12 de junio de 2026

Doha, calma tensa y a la expectativa

Por fin me han mandado hacia el Este, y para decir verdad, pienso que no me había preguntado nunca tanta gente que tal.

Las noticias que llegan, parece que hablan de otra galaxia, con Irán, Israel y las portadas de la BBC, el mundo parece estar ardiendo. La verdad, es que, si te basa en las últimas noticias, después de tirar abajo un helicóptero Apache, se activaron los peores presagios. Y cuando a altas horas de la noche empiezan a llegar “advertencias especiales” a las aplicaciones corporativas… digamos que no es precisamente la mejor forma de conciliar el sueño ni de mantener a raya el cortisol , o como se llame eso que me dices.

 


Pero aquí, en Doha, realmente yo no noto nada. La gente está acostumbrada. La obra sigue a su ritmo, con lo normal de la tensión de los proyectos en fase de terminación. La tranquilidad te la dan los compañeros: los que llevan meses escuchando noticias y bravuconadas sin inmutarse, y que aguantaron cuando les cayeron encima los ataques a la planta. Vamos, que están que ni se inmutan. Me imagino que será como con la época de ETA, cuando los de la central no querían venir a vivir a Bilbao y preferían quedarse en un pueblo de Cantabria. Un sindios.

Yo he vuelto a toparme con mi enemigo particular: el puñetero aire acondicionado. Pasar del horno de la obra al frío invernal de las zonas con aire acondicionado a 19 grados, pues nunca lo he llevado muy bien. Me ha vuelto a poner enfermo. Constipado de novato, todo sudado, ponerte a trabajar con ese frío… Merecido por atontado, pero me ha lastrado el viaje. Cuando he soltado aquello de que quería volar las azoteas de los hoteles a cañonazos, un compañero me ha mirado con suficiencia:

—Estás mal informado. Aquí en Qatar ya van un paso por delante.

Y entonces me ha soltado el rollo técnico. Que si edificios torre de refrigeración que dan servicio al resto… Yo, con mocos y antialérgicos, he tenido que tragar y escuchar. Pero algo he aprendido sobre el “District Cooling”. En lugar de aires individuales, una planta central enfría agua cerca de 0°C y la distribuye por tuberías soterradas a los edificios. Algo de aerotermia y un intercambiador de calor usa esa agua helada para enfriar el aire. Silencioso, eficiente, sin máquinas en azoteas. Qatar va de eso.

 


Así que nada: medio enfermo —vale, enfermo entero—, pero bajo los efectos de paracetamoles y antialérgicos, me tocó hacer de Cicerone. A la carrera, porque al que le tocaba, el que realmente sabe por estar desplazado años, se le ha puesto la hija enferma. La visita: Museo Nacional de Qatar, para enseñarle la arquitectura diseñada como una flor del desierto. Luego el atrio del Museo Islámico viendo el atardecer. Impresionante, aunque no parece que se emocione como yo. Y para terminar, paseo por el zoco. Esto le gusta más, y hasta entra en el juego de comprar imanes. Por cierto, poco sitio le queda a Ama para colocar los imanes en la nevera. Espero que el compañero apreciara el esfuerzo, porque yo estaba muerto.

 


Recomendación gastronómica: vuelve a no fallar en Souq Waqif. Restaurante Layali Al Qahira, respirando el ambiente relajado —fuera no hay quien esté—. Lo mejor: los sándwiches de carne (Hawawshi, brutales), la carne a la brasa (Shish Kebab y Kofta) y el humus de berenjena (Babaghanouj) con el pan de pita.

El aeropuerto de Doha, vacío. Da un poco de cague. Y del puto aire acondicionado, mejor ni hablamos.