Budapest me ha gustado.
No sé cuántas veces me he podido confundir con Bucarest, pero no ha sido intencionado. Es una ciudad muy agradable para pasear -y conseguir algún récord en «marcha» olímpica-, con edificios espectaculares, monumentos en cada esquina y rincones que invitan a detenerse un rato sin necesidad de entrar en todos los sitios. ¡Menudos edificios!
La basílica de San Esteban fue el primero de los objetivos, a la
carrera. Eso sí, conseguir las entradas tuvo su pequeña complicación, mejor
pasar de internet y buscar la taquilla en un portal al otro lado de la iglesia,
pero las vistas desde la cúpula son impresionantes. Después, un paseo siguiendo
la orilla del Danubio, viendo los impresionantes puentes y el monumento de los
zapatos, que recuerda a los judíos asesinados durante la Segunda Guerra
Mundial, el calzado podía revenderse. Nos hace pensar en la situación actual y
terminamos sentados frente al Parlamento.
Y allí empezó también nuestra particular cata de vinos. En Budapest se puede pedir vino por decilitros: 10, 20 o 30. La recomendación es pedir el vino de la casa. También hubo tiempo para entrar en «Liquid Rock», una tasca de dos pisos con R&R donde yo no pintaba mucho.
Nos hemos alojado en Pest. Al otro lado del Danubio, Buda nos esperaba
con el Palacio Real, el Bastión de los Pescadores, lo que más nos ha gustado
del viaje, y la iglesia de Matías. Un “nuevo” conjunto monumental “medieval”
con vistas a la otra orilla que merece la caminata.
También visitamos el Mercado Central, una buena oportunidad para curiosear entre productos locales, puestos de comida y demasiados puestos de recuerdos para turistas. Otra curiosidad de Budapest: abundan los turistas asiáticos, los establecimientos de masajes tailandeses y los fotomatones. No termino de entender por qué hay tantos. Supongo que cada ciudad tiene sus misterios…
La Gran Sinagoga de Budapest merece una visita. Mi primer gorrito judío que me pongo. En su jardín hay una fosa común con los restos de miles de víctimas del Holocausto, además de fotos de judíos famosos descendientes de húngaros.
Para terminar, otra vez a la carrera: buscar la estatua de la emperatriz Sisi y recorrer Gozsdu Udvar, un pasaje lleno de bares y restaurantes en pleno barrio judío. Y aquí llegan los famosos ruin bars. Visitamos “Szimpla Kert”, uno de los más conocidos. Son locales instalados en edificios antiguos, con muebles desparejados, decoración de todo tipo y una estética que parece decir que aquí no se tira nada. Aunque algo debí entender mal, porque éramos los únicos con vasos de plástico.
En cuanto a la recomendación gastronómica: bajar las expectativas y
comer lo que no hicimos: la sopa (gulash), la pizza típica (lángos) y el postre
en forma de chimenea (kürtőskalács). Hemos comido, por supuesto, pero, al
salirnos de lo recomendado, no he conseguido encontrar nada reseñable. Ojo, no
pedir caracoles: tienen arenilla y
cuando se lo decimos, parece que no les afecta. La mejor opción fue Mazel Tov,
con su propuesta de cocina judía en un patio entre dos casas, aunque con poca
cantidad y un precio elevado.
Creo que es la primera entrada del blog en la que solo recomiendo un
bar: A Tilos a Tilos. El nombre ya prometía: algo así como «prohibido por
partida doble».
Curioso lo de pedir el vino por decilitros; me parece una buena
costumbre, de esas que se podrían exportar. Son precios a los que estamos cada
vez más acostumbrados, pero, la verdad, me lo esperaba más barato.
Aun así, no nos importaría volver, esta vez con los deberes hechos y una
lista de sitios donde comer los productos típicos.



