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viernes, 24 de abril de 2026

En Saltemo- hablando del clásico

 

Lo que empieza mal, a veces te da las sorpresas bonitas que no esperabas. Como esta pesadez de viaje.

Corrí por todo el aeropuerto, cambié de terminal, sufrí las restricciones en el tren que me robo más de diez minutos, hice el último sprint hasta que el cuerpo aguantó… pero las azafatas me cerraron la puerta en la cara. Y lo peor: estaba abierta. Todavía en el “finger” se las veía despidiendose. Un fastidio. Casi me da algo, se me salía el corazón por la boca. Cuando recupere el fuelle, la que quedo en la terminal, me escucho con un aire, de y a mi qué.  Dormí mal unas horas en Madrid para coger el vuelo de primera hora y luego, en Buenos Aires, otro hotel de aeropuerto. Patagonia no está en temporada alta, pocas conexiones y el viaje se empeñó en complicarse. Perdí dos noches por culpa del mal hacer de Iberia en Tierra.

 

Pero Argentina tiene cosas distintas. Nada más llegar, me sorprende ver en los jardines de las carreteras coches metidos hasta debajo de los árboles para pasar el “día de campo”… en plena ciudad, rodeado de más coches. Es curioso, al menos. Y vendedores de cometas, globos para niños y comida ambulante por todas partes. En mitad de una autovía …

Mi odisea de más de 40 horas me dejó, como regalo, presenciar en un bar un Superclásico: River contra Boca. Perder en casa de tu rival histórico, de penalti, con quejas al árbitro… todo un espectáculo. En el minuto 48 del segundo tiempo, un delantero cayó en el área tras un empujón por la espalda. Todo el mundo reclamó, pero el árbitro no sancionó nada. En el bar hubo más que palabras: unos decían que sí, otros que no. Hasta que preguntaron al imparcial.

—Para mí, penalti claro —dije—.

Se hizo el silencio. Ellos pensaban que era gringo y que no me enteraba.

—¡Lo ves! —gritó el de River, mirándome como si fuera un experto.

Los otros: “¿Qué sabrá el gallego? Si en España pitan todo”. Aquí lo raro es que no entrase el VAR.

 

Ya en el avión rumbo a Trelew, me tocó de compañera de asiento una fotógrafa. Me sonríe con un buen castellano a lo “Doña Clocleta”. Lleva una valija única, la vi en el “shuttle” del Marriott hacia el aeropuerto . Vicky, mayor, está retocando fotos de Kenia en el ordenador. Elefantes preciosos. Impresionante. Viaja sola, a su ritmo, siempre sacando fotos. Le han publicado en África Geographic y en muchas revistas, libros… muy maja. Ella va a fotografiar orcas en Trelew. Yo, nada. Otra vez en blanco, si no llego a perder la conexión, lo tenia organizado.  Me imagino que otra vez será.

 


Semana intensa, más de lo normal, para recuperar el percance de llegar tarde. Pero como siempre, después de la paliza, llegan momentos por los que merece la pena. Las últimas horas, por fin, para visitar algo más que el aeropuerto.

Dejé las maletas en la consigna de Ezeiza y cogí un Uber para seguir las recomendaciones de Álex. A mi bola, paseando por San Telmo. Me pedí un vino en un bar centenario, lleno de bufandas y escudos de medio mundo, donde me siguen preguntando si vi el clásico. Cuando digo lo del penalti, claro, salta uno: “¡Lo ves!”. Se quitan tensiones. El camarero, de River, sigue despotricando contra el árbitro… pero me saca unos cacahuetes.

 


En el mercado no es fácil elegir dónde comer. Mesas corridas. Me pareció ver a Álex de la Iglesia dando cuenta de una comida en un plato metálico, mientras observa la vida. Mira que si al final salimos reflejados en algún guion. Los turistas apoderándose de los barrios tranquilos…

En cuanto a la recomendación gastronómica está clara: Hierro Parrilla, San Telmo. Al final me decanté por la barra con mejor brasa y un reservorio de brasa al punto, importante.

El choripán de cerdo clásico XL: pan flauta casero, chorizo de cerdo casero de 200 gramos, chimichurri y salsa criolla. Qué maravilla de bocadillo. La carne —un bife de chorizo de medio kilo de novillo pampas o Black Angus— y las empanadas de cerdo ahumado están buenas, pero me sorprende más el choripán. Con el vino y el sifón. ¡Menudo arte!


Codo con codo, en la barra, con Emiliano, el Peruzzo. Es el nieto de Marga, que tiene un bodegón con su nombre, de comida casera. Nos lo recomienda. Él corría de chico —tampoco ahora es muy alto; me doy cuenta cuando salta del taburete y le digo: “¡Pero si eres como Messi!”; los de la parrilla entera se troncha de risa—, cuando el mercado era un mercado con vida de barrio, con sus verduras, pastas, pollos… y no como ahora, un sitio de comida rápida. Lo dice con nostalgia. Al final la conversación tiró al tema de los países que van a robar los recursos de Argentina. Él dice que las petroleras internacionales están para robarles, pero yo lo dulcifico. No sé en qué momento se enteró de que trabajamos para el gremio. Igual alguien habla de más. Alegría a raudales. Pena la despedida.

Con otro brindis más, no me hubiera importado perder otro vuelo.

La cara de la tripulación de cabina en el avión al entrar… ahumados, no tiene desperdicio.

—¿Qué? ¿Hasta el último momento disfrutando de la carne argentina?

—Como lo sabrán…

Es lo que tiene comer junto a las brasas.