Poco tiempo, pero el clima no se ha portado mal con nosotros en el desierto de Sonora. Y el otro clima, pues también bastante tranquilo: solo escuché algún trueno - de los que no vienen del cielo- la primera noche, y alguna que otra sirena. Pero bien. Ni huracanes, como había dicho Ama, ni temblores ni nada. Todo tranquilo y normal.
Esta vez, todas las tardes hemos hecho recorrido
gastronómico. Sin perdernos una merienda-cena, porque, como Cenicienta, antes
de que se pusiera el sol ya estaba en el hotel, roto, y a las ocho de la tarde
había caído como un tronco. Así tendré, o eso espero, menos cambios horarios
cuando te vea.
Hemos tenido cicerone local : “Tienes que probar esto,
que está perrísimo”. “Y los… que están más picosos”. Un espectáculo. “No te
puedes ir sin probar los…”.
Siempre había algún platillo que no podía dejar de
probar.Menos mal que me ha echado la gordóloga, porque, si no, me daría una
buena reprimenda.
Lo divertido del viaje. Este país de
contrastes…Primera vez que veo en un avión a cuatro mujeres con algo negro tapando
la cara.
¿Qué es lo que llevan? pregunto a las
azafatas.
Y, con un poco de sorna, me explican
que no son luchadoras mexicanas, sino mascarillas hidratantes, porque, en
teoría, en el avión te deshidratas.
¡Lo que me faltaba por ver! Y yo sin
mascarilla negra. Culo veo, culo quiero.
Empiezan a sacar espejos y demás para
completar el tratamiento. Hablando para todo el avión. Menudas cuatro de blanco
luminoso. Yo esto no lo había visto en mi vida, y mira que he volado: un salón
de maquillaje a diez mil pies.
Cuántos cachivaches pueden llevar en la maleta de
cabina… Dejamos para la imaginación lo que llevarán en bodega.
En cuanto a la recomendación gastronómica, difícil.
Más de una vez se me ha escapado un ¡Qué rico, madre mía!. Sobre todo en el Asadero “Los Poblanos”: ¡qué locura de tacos! Los mejores que recuerdo. Tortillas de maíz recién hechas y viendo cómo cortan la carne, sin trucos.
Pero me quedo para recomendar de este viaje, y con ganas
de repetir, el restaurante Angulo, donde, por cierto, no sirven pollo. Pobre
Cris. Comienzas con un caldito para la «crudita» según el mesero, con un par de
langostinos. Debe ser reconstituyente; nos habrá venido bien para recuperar
sales después de las sudadas en obra. Y estaba riquísimo.
Y luego, el chicharrón de atún: medallón de atún en
cubos, frito sobre una base de guacamole y bañado en salsa macha. Una
barbaridad.



