Aquí, escribiéndote, por un pelo no consigo adelantar la llegada a casa. He perdido el vuelo por culpa de unos inexpertos en el control de seguridad de la T4. No siempre se puede…
En el control de seguridad han dejado pasar a un grupo entero de personas que perdían su vuelo a Bolivia. Perdían el vuelo y, con lo que han tardado, me imagino que ahora estarán dando vueltas por la T1. ¡Qué desastres! Lo de sacar lo electrónico para pasar por el escáner no era un término válido ni entendible para ellos. Botes de gel y chocolates han sacado bastantes, pero no sé qué no entendían de “sacar todo lo electrónico” para el control. Pero bueno… vuelta para atrás una y otra vez por no sacar teléfonos y maquinitas. Un cuarto de hora perdido… y unas horas de trabajo ganadas por la empresa en Madrid.
Volver al trabajo es volver a viajar, y en esta ocasión menuda
diferencia. No solo son las once horas de huso horario entre Dammam y Mexicali,
sino la aerolínea: Qatar Airways sabe cómo mimar a la gente.
Ha sido una semana intensa. Durmiendo a ratos, como se puede. Me han
preguntado dos veces cómo aguanto este ritmo: tantos vuelos, tantos
continentes. La respuesta es sencilla: esto engancha. El trajín te obliga a
soltar lastres y a romper una y otra vez con la rutina. Incluso mis viajes
pueden volverse previsibles, pero siempre busco algo nuevo que aprender, aunque
en este, mas que nada, aprender a tener paciencia. Este proyecto es
multicultural donde los haya —parece la ONU—, y como diría Santi: “La madre de
los tontos está siempre pariendo…”. Me siento como un visitante permanente, y no
me disgusta. Y por si se me olvida… ¿te has fijado cuántas veces me preguntan
en Bilbao, nada más llegar, cuándo me vuelvo a ir? La verdad es que en ningún
sitio me siento del todo fuera.
Según lo hablado, hemos librado, parece que no tocaba jugar al Risk. Esta
vez, invierno saudí y un campamento a medio montar, encajado con calzador en la
inmensidad del desierto. Las mañanas son un golpe de realidad: seis grados en
una habitación helada donde eliges entre el “runrún” del aire acondicionado o
el silencio gélido. Suelo quedarme con el frío. Afuera, el teléfono marca -3 °C
de sensación térmica, el viento con la arena hace de exfoliante implacable, ya verás
que cutis. Aquí la gomina es innecesaria; al caer la noche, el pelo queda
rígido por el polvo acumulado.
Arrastro cansancio y falta de sueño. Anoche, haciendo un verdadero
esfuerzo, me quedé a ver al Athletic hasta el descanso. Me dormí cuando íbamos
perdiendo 1-0 y desperté de golpe: ¡1-3 y ganando! La adrenalina me invadió y
no pude pegar ojo el resto de la noche. Terminamos con un 2-3 que confirmó la
victoria. ¡Qué alegría! Soy fácil de influenciar: todo se ve con otro color
cuando gana el Athletic. El mundo parece más amable, menos malo ( o como diga
la canción), los retos más pequeños y hasta sacas energía de la nada para
seguir tirando.
Bueno, esta vez sin recomendación gastronómica. Me he alimentado a base
de curries, sabzi (verduras picantes cocidas), pollos y chapatis. Al no haber
cocina aún funcionando en el campamento, la comida te llega fría y apelmazada
en una bandeja blanca de poliestireno. Así que la recomendación es la cena del
avión… Prawn and mango curry with spiced crispy okra, jeera rice and green
salad.

