Una semana espectacular en México. Mucho trabajo, muchísimo calor, comidas
increíbles y, algunos de los lugares más impresionantes que he visto nunca. El
cambio horario sigue ganándome la batalla: duermo tres horas al día con suerte,
pero eso también tiene su lado bueno. Me da tiempo para pasear, pensar,
adelantar trabajo desde el Mesón del Marqués donde me alojo… y perderme un poco
por Yucatán.
Después de más de veinte horas de viaje y tres aviones desde Bilbao, llegué
por fin a tierra mexicana. Todo perfecto en el aeropuerto - pese a la polémica
reciente con cierta política madrileña - y nada más aterrizar escribí a Javier,
el chófer que me lleva de Mérida a Valladolid:
“Como otras veces… ¿podríamos parar un par de horas en alguna ruina maya
antes de volver?”
Y vaya si acertamos.
Esta vez tocó Izamal. Uno de esos días que te recuerdan la suerte que
tienes. Turismo del bueno: sin aglomeraciones, con alguien de la zona
enseñándote rincones auténticos y sin prisas. Además, con posibilidad de
indulgencia plenaria por los 800 años de San Francisco de Asís. Nunca está de
más ir sumando puntos por si acaso.
Izamal sorprende desde el primer minuto. Todas las casas pintadas del mismo amarillo ocre y blanco, según me cuentan, en honor al Vaticano tras la visita de Juan Pablo II. El conjunto es precioso. Paseamos por el convento de San Antonio de Padua, con su enorme atrio lleno de arcos, que dicen solo supera la Plaza de San Pedro. Entramos justo durante un bautizo y pudimos ver a la Virgen de Izamal, blanca impoluta.
Pero lo mejor vino después: los complejos mayas escondidos entre las casas.
Pirámides que durante siglos fueron simplemente montículos cubiertos por la
selva y el olvido. El propio convento franciscano está construido sobre
estructuras mayas. Historia encima de historia. Precioso subir a Kinich Kakmo,
el bonito sitio arqueológico de Itzamatul, aunque creo que me quedo con la zona
Habur, que te da mas idea de como debió ser esta población en su época de
apogeo,
Después tocó recompensa: cervezas tempraneras. En el bar me miraron raro
porque para ellos aún era demasiado pronto. Pero claro, yo andaba con el
horario bilbaíno en la cabeza, para mí ya había hasta pasado la hora del vermú
y ellos sirviendo cafés. Me la bebí igualmente, por responsabilidad cultural.
Pasamos también por el mercado. Mangos espectaculares, cerdos descuartizados
colgando, calor húmedo y vida por todas partes. México siempre tiene algo que
te golpea los sentidos.
Y luego llegó otro sitio surrealista: el cenote Chihuán. Se accede bajando
al sótano de una casa. Literalmente. Agua cristalina, silencio absoluto… y unos
cables eléctricos cruzando el agua que no ayudaban demasiado a la tranquilidad.
Dudé bastante sobre bañarme. Mucho. Al final ganó el sentido común, pero el
lugar era increíble.
La semana siguió dura. Mucho trabajo, humedad aplastante y poco sueño. Pero
también muchos paseos antes de que salga el sol y la sensación de estar
aprovechando cada minuto.
Y justo cuando pensaba que el viaje ya estaba completo, llegó la recompensa
final. Un par de horas a mi disposición, así que decidimos arriesgar un poco y
con el tiempo pegado al cuello decidimos ir a la maravilla de Ek Balam. De
milagro casi pierdo el vuelo a Ciudad de Mexico. Gracias infinitas por hacerme
el check-in porque llegué con el embarque prácticamente cerrado. Pero mereció
completamente la pena.
Ver llover sobre las ruinas mayas de Ek Balam fue uno de esos momentos difíciles de explicar. Escuchar la lluvia caer sobre piedras que llevan allí más de mil años. Imaginar a los arqueólogos cuando descubrieron en el año 2000 la tumba de Ukit Kan Lek Took’, perfectamente conservada después de más de doce siglos enterrada intencionadamente por los propios mayas para protegerla. Respiras. Escuchas. Y piensas cuánto tiempo ha pasado… y qué poco somos comparados con todo eso. Por eso te preguntaba cuando fuimos de viaje de novios, que había arqueólogos si eran en estas pirámides..
Las vistas desde arriba son impresionantes. Y mientras miraba aquella
inmensidad pensé en cómo debió sentirse quien descubrió algunas de estas
estructuras ocultas por la vegetación hace apenas unas décadas. Como si la
selva hubiera decidido devolver una parte de la memoria.






