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jueves, 17 de septiembre de 2026

Abu Dabi, pero con chaqueta

Unos días raros. 

Cómo cambia el cuento cuando me toca venir al Golfo, pero a las oficinas, a reuniones y demás. Frase para el recuerdo: “No hay forma más sincera de admiración que la envidia”. Viaje distinto, con gente y hasta con chaqueta. Si es que hasta nos costó salirnos de la rutina de hacer la maleta de obra.

Coincidir con gente que me conoce desde hace años hace que las pequeñas pausas sean también un poco raras. Y ni te digo lo de volver a compartir mesa en esta parte del mundo, recordando historias de hace veinte años. Vamos a ser unos abuelos cebolletas.


Como casi siempre, en cada viaje hay algo que conocer y que merece la pena. Esta vez me dejo llevar, aunque sea en grupo. Pillamos un taxi para cinco. Multitud. Aunque el calor ya empieza a dar un poco de tregua, cuando salimos de trabajar todavía aprieta. Nos llevan a Qasr Al Hosn, el fuerte y hogar ancestral de la familia Al Nahyan. Es el edificio más antiguo de la isla de Abu Dabi. Curioso. No había caído hasta ahora, con tanto puente y tanta carretera, que Abu Dabi es una isla.

Fue sede del poder, fortaleza defensiva y hogar de “la familia”, con mayúsculas. Hoy es un lugar curioso para entender cómo ha cambiado el país. Las fotos de hace cincuenta años lo explican mejor que cualquier discurso: de pequeña comunidad costera a la ciudad que tenemos delante ahora.

La exposición tiene su aquel. Desde la puerta original de madera, con aquella pequeña abertura para controlar quién quería entrar fuera de horas, hasta una caja metálica de galletas de mantequilla. Historia de Abu Dabi en versión museo.

Eso sí, el calor fue demasiado para los no aclimatados y más de uno terminó saliendo de allí a la carrera, buscando el aire acondicionado. Me hubiera quedado a seguir leyendo alguna información más. Como bien sabes: cada uno tiene su ritmo y yo tengo el mío.


Para colmo, cuando intento hacer de Cicerón, llega la decepción. La Sheikh Zayed Grand Mosque ha cambiado. Algo es algo, pero nada parecido a mi recuerdo —seguramente idealizado— de cuando empezaban los primeros coletazos del turismo. 




Recuerdo una visita mucho más especial, sin gente, viendo un atardecer espectacular y con la sensación de estar entrando en un sitio realmente impresionante. Y viendo lo orgullosos que me la enseñaban.

Ahora parece que la mezquita viene con centro comercial incluido. Hay que pagar entrada, te llevan por un recorrido perfectamente organizado, ya no puedes pisar aquella impresionante alfombra mullida y, para rematar, ni siquiera hace falta descalzarse. Te habré contado cientos de veces que a las mujeres les dejaban unas abayas elegantes para cubrirse y entrar en la mezquita. Ahora directamente tienes un ejército de vendedores ofreciendo pañuelos, abayas y todo tipo de prendas para las turistas que necesiten taparse.

Como casi siempre, a la carrera. Se me ha echado el tiempo encima en el último momento. Me espera el driver para llevarme al aeropuerto desde el hotel, pero no quería irme sin volver a ver los cristales horteras de las lámparas del gran templo, pero…

 


Tres veces me llaman la atención. No hago más que equivocarme con una cuerda que ni siquiera veo. Cuánto les falta por aprender a estos sobre señalización de rutas de acceso. Empiezo a pensar que la cuerda es invisible para mí y perfectamente visible para el resto. Después del tercer aviso, decido que quizá lo mejor sea dejar de luchar contra los elementos y seguir al rebaño. Culpa mía. Tendría que haber dejado de trabajar antes, pero qué quieres… la costumbre.

Esta vez, la recomendación gastronómica es un restaurante iraquí cerca del fuerte: Kabab Erbil. Muy bueno el mix grill y también los Kubba Mosul, esos que yo describiría como una especie de sándwiches iraquíes. Pero lo que me hace perder el sentido es el postre. Seguramente lo tengo prohibido: Kahi & Kemer, كاهي. Hojaldre caliente y crema que se derrama en cada mordisco.

Aunque no lo noten, para hacerme feliz no hace falta mucho. ¡¡¡Madre mía!!! 


Disfrutando por la vida.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Al Khobar: vuelta al tajo y arqueología.

Comenzamos el movimiento después del descanso estival. La falta de costumbre… y eso que han sido solo cuarenta días sin viajar. Parece una eternidad. Aunque, curiosamente, el verano ha pasado en un suspiro. Poco a poco toca volver a la realidad.

Se nota la falta de aclimatación. El tiempo en Saudi no perdona. Durante las visitas en campo parezco un surtidor. Estoy empapando las notas que intento escribir y mojando la documentación que me pasan para revisar. Solo puedo pedir disculpas.

 


Como siempre en los viajes, esta vez no iba a ser diferente, hay algo bueno, aunque la situación en el país esté caliente. Los paseos mañaneros para ver el amanecer, después de cansarme de dar vueltas en la cama. Esta vez, además, en uno de esos hoteles buenos. De los buenos de verdad. De los que, como diría Asier: "No me recuerdes las sábanas, que me pongo a llorar". Así que, por lo menos, amaneceres de lujo.

Los días, eso sí, se me han hecho muy largos. Mucho trabajo, poca colaboración y esa maravillosa sensación de que, mientras uno intenta sacar las cosas adelante, algunos parecen estar esperando tranquilamente a que te salgan mal. Pero bueno, poco a poco.

De regreso, como siempre, me he escapado un rato y he aprovechado para hacer un poco de turismo. He acabado visitando la Al Tawi Archaeological Tower.

Al llegar y leer el cartel, me troncho. ¿Arqueológica? ¡Qué mamones!

En Bilbao hay abuelas más viejas y en mejor estado. Una torre de adobe y cañas de 1928 que, según pone, se hizo para proteger un pozo. Está que se cae y el pozo… seco. Pero la curiosidad mató al gato. O como se diga.

El pobre driver, cuando me ve entrar en la "fortaleza" y comenzar a subir al primer piso…

- Sir, maybe it’s not safe.

Seguro que estaba pensando: "Como este siga subiendo y con su peso se termine de caer la torre, ¿cómo explico yo a las autoridades que ha sido él?". Porque una cosa es llevar al plasta del expatriado a ver una torre arqueológica y otra muy distinta tener que explicar que el bilbaíno se ha cargado el emblema arqueológico de la provincia y ha terminado entre los escombros.

Al ver el techo caído sobre la entreplanta, aunque por un momento me lo he pensado, decidí no seguir defendiendo el pozo. Ni terminar de destruir la torre.

Y después de tanta “arqueología” de menos de cien años, la recomendación gastronómica. En el Al Diwan, que es el restaurante libanés del Hotel Intercontinental de Al Jubail, se come bien y con amplia carta, pero caro. Por eso me quedo con un restaurante en Dammam. Hemos acabado en “The Heritage Village”, que ya te he escrito alguna vez, un sitio con museo con todo tipo de cosas “arqueológicas” de los cincuenta, coches antiguos y restaurante.


Nosotros hemos pasado directamente de los coches y del museo, que uno puede tener interés por la historia, pero tampoco hay que exagerar.

Nota: Al final he tenido suerte y se han apiadado de mí al perder la conexión. Llego para comer tarde a casa… Menos mal, porque estoy muerto, matado.

jueves, 20 de agosto de 2026

Donde todos los caminos conducen a Esparta. Peloponeso.

Otro verano de suerte, contigo, los tres mosqueteros , y con las ganas de disfrutar por bandera, nos lanzamos a descubrir el Peloponeso. Y de paso, celebrar un cumpleaños. Porque si algo tiene Grecia, es que hasta las piedras invitan a brindar.

 


Viajar en familia tiene sus trucos, y otra vez dimos en la tecla: catorce comidas —más bien jamadas— de despliegue gastronómico, a precios razonables, eso sí, no aptas para cuerpos débiles. Además, teniéndote camuflada con tu pronunciación perfecta de griego: kalimera, sasefarlsto y demás frases con las que no se nos resiste nadie sin sonreírnos. Alguno hasta le felicita a una de Leon, por su buen castellano.

 

Bastante carretera con listas de música de este siglo. El coche respondió bien a los caminos  sinuosos, y con varios conductores en el grupo, los kilómetros se hicieron cuesta abajo; hasta paramos a sacar la foto en Esparta.

 

Olimpia, la cuna de los Juegos Olímpicos, fue nuestra primera parada. Me la imaginaba un poco menos derruida, pero el espíritu competitivo pudo más y me lancé con los entrenamientos  de carreras improvisadas. Por la afición, claro.

 

Llegamos a Gerolimenas que teníamos el alojamiento con la terraza sobre el agua. Salir y al agua. Un pueblo tranquilo que te recuerda lo importante que es frenar, mirar y respirar. Bonito paseo, con un camino trampantojo y unas vistas espectaculares sobre la bahía.

 

En Gition la cosa se puso más rocosa: dormimos en una casa excavada en la piedra. Subir por sus callejuelas empinadas era como ascender por las favelas, eso sí, con vistas al faro y amaneceres de esos que te cambian el día. Y de paso, visitamos la playa de Valtaki, donde un mercante varado lleva casi medio siglo siendo parte del paisaje.

 


Playa de Mavrovouni: cinco kilómetros de arena y guijarros pequeños que me destrozaron los pies. Pero mereció la pena. A principios de verano las tortugas llegan a desovar, y en agosto nacen las crías; por eso vimos alguna que no lo logró, turrada por el sol.

 


El broche de oro: Monemvasia. Su nombre lo dice todo: "moni emvasi", una sola entrada. Un puente —hoy moderno, pero en su día con puente levadizo— une la roca con la costa de Laconia. Subir a lo alto del peñasco y descubrir toda la ciudad medieval es impresionante. 

 


 Y si te fijas en su sistema de canales excavados en la roca , con sus cisternas para recoger agua de lluvia, …te das cuenta de lo importante que debió ser aguantar en los asedios, cuando te atacan no puedes bajar a por suministros. Con semejante obra de arquitectura defensiva, está claro que a los de abajo les debían atacar asiduamente.

 

Janis, el cocinero del Mateo’s Restaurant, que había trabajado por Navarra, terminó sentándose a nuestra mesa y contó con gracia anécdotas sobre la ikurriña y cómo se negaba a servir a quienes le pedían que la quitara. Nos invitó al primer ouzo, y después de unas cuantas historias, cuando ya se acercaba la hora de irnos a descansar, nos soltó un: «Mujer, tranquila, que estás de vacaciones».

 

Y entonces llegó conocer Simos. Para llegar, dificultades en el tetris del ferry - nunca ha sido lo mío la marcha atrás -a la isla de Elafonisos (10 minutos desde Pounta) pero mereció la pena: dunas naturales, chiringuito y un agua turquesa que parece sacada de un sueño. 




Los extremos, junto a la carretera, están masificados, con auténticos parapetos para aguantar el día al sol, pero si caminas hacia la zona donde se une la isla, encuentras la soledad perfecta.  Simos es en realidad dos bahías, y las dos son un paraíso.

 

De regreso a Atenas, esta vez me parece llena de gente y de tiendas de recuerdos. Menos mal que encontramos un bar y seguimos las recomendaciones del anterior viaje.

 

En cuanto a la recomendación gastronómica, el Anesis Grill Tavern [Ψητοπωλείο Ζούνης] en Olimpia: muy buena comida, sobre todo los souvlakis, las salchichas caseras y los gyros enrollados en pita. En Monemvasia, tardaré en olvidar la cena de mi cumpleaños en el "Hayema and Aptyma Seafood Restaurant", terminando con las copas y los "monte cristos", sintiéndome Sean Connery en Los Intocables.

 


Viaje familiar, historia y playas de ensueño. El Peloponeso no es solo el camino a Esparta: es el camino de vuelta a convivir en familia, con la sensación de haber vivido algo único.

jueves, 9 de julio de 2026

Kilómetros de despedidas - Eastern Province - Al-Ahsa

Ya no me acordaba de lo duro que es trabajar en turno de noche sin tiempo para aclimatarse. A las tres de la mañana mi mente deja de ser operativa y solo soy capaz de hacer esas tareas que uno tiene memorizadas desde niño, casi por inercia.

El calor tampoco ayuda. El horario ha sido infernal, de ocho de la tarde a siete de la mañana, y ninguno de los días he conseguido terminar la jornada cuando tocaba, aunque al final, de una manera u otra, siempre se acaba sacando el trabajo adelante. No sé cuantos kilómetros habremos recorrido estas noches, persiguiendo las tres localizaciones del proyecto.

Entre auditoría y auditoría llegó una de esas llamadas que nunca apetece recibir. Desde Bilbao, una mala noticia que, aunque esperada desde hacía tiempo, no deja de doler cuando finalmente llega. Hay viajes para los que nadie está preparado y tener que pagar al bueno de Caronte para cruzar el río nunca resulta agradable, por mucho que supieras que el momento se acercaba. Allí estaba yo, en mitad de la nada, con un grupo de auditados esperando, intentando encontrar las palabras adecuadas, y solo me salió decir lo único que realmente importa en esos momentos: mucho ánimo y fuerza.




Al final todo termina, como siempre, con mucho esfuerzo y aún nos quedó tiempo para una visita relámpago a la biblioteca de Ithra, el Centro Rey Abdulaziz para la Cultura Mundial. Esta vez con el GPS del teléfono proyectado en la gran pantalla del coche. Para eso viajamos con juventud, que sabe conectar estas cosas en un momento. Un cambio enorme en seguridad, porque las veces anteriores no hacía el bueno de Jesus más que bajar la vista para mirar la pantalla del móvil mientras conducía.

Dedos cruzados, porque han vuelto a comenzar las alarmas ya que se ha vuelto a romper la fina tregua en el golfo. La gente de obra, ni se inmuta. Hoy viendo los cazas volando por encima nuestro, solo puedo pensar que es que nos acostumbramos a todo, bueno a casi todo.



En cuanto a la recomendación gastronómica, el restaurante iraquí Shekdar. Riquísimos los entrantes, acompañados de ese enorme y finísimo pan recién hecho, perfecto para mojar en el hummus y el baba ghanoush. También espectaculares las berenjenas rellenas al estilo iraquí y el kibbeh. Todo lo que lleva "iraquí" por delante y hemos probado hasta ahora está realmente bueno.

Bueno chavala, agotado, pero con ganas de verte. Yo en el aeropuerto escribiendo mientras tú y toda la cuadrilla en la catedral, y esta vez no es para ver goles. Agotado

 

Goian Bego

viernes, 26 de junio de 2026

Dammam - Calma tensa y descubrimientos gastronómicos

Semana movida en el Golfo, aunque los que de verdad os habéis achicharrado con la ola de calor habéis sido vosotros. En Bilbao los termómetros marcan incluso algún grado más y la humedad tampoco da tregua, pero las expectativas marcan la diferencia. En Dammam saben que el calor no ha hecho más que instalarse y que aún queda mucho verano por delante. En casa, en cambio, siempre esperamos que sea una excepción.


La situación sigue siendo de calma tensa. Como dicen por aquí, es un proceso frágil y lleno de matices. Cuando las negociaciones en Suiza se pararon y los iranies se levantaron de la mesa, aunque parezca mentira, aquí también se notó. Hubo bastante movimiento de cazas sobrevolando la zona y más de una mirada al cielo. Al menos no vivimos un susto como el de Doha, cuando las sirenas se activaron de madrugada, con todos los teléfonos sonando como sirenas.

En cuanto al turismo, nada de nada. Mucho trabajo, muchos kilómetros y poco margen para explorar. Aunque el hotel está bastante bien, he echado de menos la cercanía de la cama de un campamento.

La recomendación gastronómica de la semana me ha puesto en un serio aprieto, porque he tenido bastante suerte, estoy dudando entre el Shekhdar un iraquí y el Sahjarat Al-durr, un egipcio. Dos muy buenas opciones.  Pero si tengo que quedarme con uno, me quedo con la invitación del compañero egipcio, que me llevó a cenar con sus hijos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Más que una cena, fue una auténtica degustación guiada de algunos de los mejores platos de su gastronomía. Una de esas experiencias que solo ocurren cuando alguien te abre las puertas de su cultura con orgullo. 


Lo que más la “molokhya” y eso que era la segunda sopa. Al mover la cuchara parece que la sopa cobra vida, muy viscosa. Está elaborada con hojas de yute —que yo tampoco sabía lo que eran hasta ese momento— y su sabor me recordó a una mezcla de espinacas, caldo de carne y un toque de limón. Extraña al principio, pero no puedo dejar de comerla. 


Y luego llego probar, despues de una gran cantidad de platos y platillos,  los tarb. Imaginad un kebab llevado a otro nivel: carne especiada envuelta en una fina capa de grasa de cordero y cocinada a la brasa. Una auténtica barbaridad. ¿Cómo he podido vivir tantos años sin conocer esto?

viernes, 12 de junio de 2026

Doha, calma tensa y a la expectativa

Por fin me han mandado hacia el Este, y para decir verdad, pienso que no me había preguntado nunca tanta gente que tal.

Las noticias que llegan, parece que hablan de otra galaxia, con Irán, Israel y las portadas de la BBC, el mundo parece estar ardiendo. La verdad, es que, si te basa en las últimas noticias, después de tirar abajo un helicóptero Apache, se activaron los peores presagios. Y cuando a altas horas de la noche empiezan a llegar “advertencias especiales” a las aplicaciones corporativas… digamos que no es precisamente la mejor forma de conciliar el sueño ni de mantener a raya el cortisol , o como se llame eso que me dices.

 


Pero aquí, en Doha, realmente yo no noto nada. La gente está acostumbrada. La obra sigue a su ritmo, con lo normal de la tensión de los proyectos en fase de terminación. La tranquilidad te la dan los compañeros: los que llevan meses escuchando noticias y bravuconadas sin inmutarse, y que aguantaron cuando les cayeron encima los ataques a la planta. Vamos, que están que ni se inmutan. Me imagino que será como con la época de ETA, cuando los de la central no querían venir a vivir a Bilbao y preferían quedarse en un pueblo de Cantabria. Un sindios.

Yo he vuelto a toparme con mi enemigo particular: el puñetero aire acondicionado. Pasar del horno de la obra al frío invernal de las zonas con aire acondicionado a 19 grados, pues nunca lo he llevado muy bien. Me ha vuelto a poner enfermo. Constipado de novato, todo sudado, ponerte a trabajar con ese frío… Merecido por atontado, pero me ha lastrado el viaje. Cuando he soltado aquello de que quería volar las azoteas de los hoteles a cañonazos, un compañero me ha mirado con suficiencia:

—Estás mal informado. Aquí en Qatar ya van un paso por delante.

Y entonces me ha soltado el rollo técnico. Que si edificios torre de refrigeración que dan servicio al resto… Yo, con mocos y antialérgicos, he tenido que tragar y escuchar. Pero algo he aprendido sobre el “District Cooling”. En lugar de aires individuales, una planta central enfría agua cerca de 0°C y la distribuye por tuberías soterradas a los edificios. Algo de aerotermia y un intercambiador de calor usa esa agua helada para enfriar el aire. Silencioso, eficiente, sin máquinas en azoteas. Qatar va de eso.

 


Así que nada: medio enfermo —vale, enfermo entero—, pero bajo los efectos de paracetamoles y antialérgicos, me tocó hacer de Cicerone. A la carrera, porque al que le tocaba, el que realmente sabe por estar desplazado años, se le ha puesto la hija enferma. La visita: Museo Nacional de Qatar, para enseñarle la arquitectura diseñada como una flor del desierto. Luego el atrio del Museo Islámico viendo el atardecer. Impresionante, aunque no parece que se emocione como yo. Y para terminar, paseo por el zoco. Esto le gusta más, y hasta entra en el juego de comprar imanes. Por cierto, poco sitio le queda a Ama para colocar los imanes en la nevera. Espero que el compañero apreciara el esfuerzo, porque yo estaba muerto.

 


Recomendación gastronómica: vuelve a no fallar en Souq Waqif. Restaurante Layali Al Qahira, respirando el ambiente relajado —fuera no hay quien esté—. Lo mejor: los sándwiches de carne (Hawawshi, brutales), la carne a la brasa (Shish Kebab y Kofta) y el humus de berenjena (Babaghanouj) con el pan de pita.

El aeropuerto de Doha, vacío. Da un poco de cague. Y del puto aire acondicionado, mejor ni hablamos.

sábado, 23 de mayo de 2026

Izamal, Ek Balam - Como si la selva devolviera la memoria

 

Una semana espectacular en México. Mucho trabajo, muchísimo calor, comidas increíbles y, algunos de los lugares más impresionantes que he visto nunca. El cambio horario sigue ganándome la batalla: duermo tres horas al día con suerte, pero eso también tiene su lado bueno. Me da tiempo para pasear, pensar, adelantar trabajo desde el Mesón del Marqués donde me alojo… y perderme un poco por Yucatán.

Después de más de veinte horas de viaje y tres aviones desde Bilbao, llegué por fin a tierra mexicana. Todo perfecto en el aeropuerto - pese a la polémica reciente con cierta política madrileña - y nada más aterrizar escribí a Javier, el chófer que me lleva de Mérida a Valladolid:

“Como otras veces… ¿podríamos parar un par de horas en alguna ruina maya antes de volver?”

Y vaya si acertamos.

Esta vez tocó Izamal. Uno de esos días que te recuerdan la suerte que tienes. Turismo del bueno: sin aglomeraciones, con alguien de la zona enseñándote rincones auténticos y sin prisas. Además, con posibilidad de indulgencia plenaria por los 800 años de San Francisco de Asís. Nunca está de más ir sumando puntos por si acaso.


Izamal sorprende desde el primer minuto. Todas las casas pintadas del mismo amarillo ocre y blanco, según me cuentan, en honor al Vaticano tras la visita de Juan Pablo II. El conjunto es precioso. Paseamos por el convento de San Antonio de Padua, con su enorme atrio lleno de arcos, que dicen solo supera la Plaza de San Pedro. Entramos justo durante un bautizo y pudimos ver a la Virgen de Izamal, blanca impoluta.

Pero lo mejor vino después: los complejos mayas escondidos entre las casas. Pirámides que durante siglos fueron simplemente montículos cubiertos por la selva y el olvido. El propio convento franciscano está construido sobre estructuras mayas. Historia encima de historia. Precioso subir a Kinich Kakmo, el bonito sitio arqueológico de Itzamatul, aunque creo que me quedo con la zona Habur, que te da mas idea de como debió ser esta población en su época de apogeo,

Después tocó recompensa: cervezas tempraneras. En el bar me miraron raro porque para ellos aún era demasiado pronto. Pero claro, yo andaba con el horario bilbaíno en la cabeza, para mí ya había hasta pasado la hora del vermú y ellos sirviendo cafés. Me la bebí igualmente, por responsabilidad cultural.



Pasamos también por el mercado. Mangos espectaculares, cerdos descuartizados colgando, calor húmedo y vida por todas partes. México siempre tiene algo que te golpea los sentidos.

Y luego llegó otro sitio surrealista: el cenote Chihuán. Se accede bajando al sótano de una casa. Literalmente. Agua cristalina, silencio absoluto… y unos cables eléctricos cruzando el agua que no ayudaban demasiado a la tranquilidad. Dudé bastante sobre bañarme. Mucho. Al final ganó el sentido común, pero el lugar era increíble.

La semana siguió dura. Mucho trabajo, humedad aplastante y poco sueño. Pero también muchos paseos antes de que salga el sol y la sensación de estar aprovechando cada minuto.

Y justo cuando pensaba que el viaje ya estaba completo, llegó la recompensa final. Un par de horas a mi disposición, así que decidimos arriesgar un poco y con el tiempo pegado al cuello decidimos ir a la maravilla de Ek Balam. De milagro casi pierdo el vuelo a Ciudad de Mexico. Gracias infinitas por hacerme el check-in porque llegué con el embarque prácticamente cerrado. Pero mereció completamente la pena.

Ver llover sobre las ruinas mayas de Ek Balam fue uno de esos momentos difíciles de explicar. Escuchar la lluvia caer sobre piedras que llevan allí más de mil años. Imaginar a los arqueólogos cuando descubrieron en el año 2000 la tumba de Ukit Kan Lek Took’, perfectamente conservada después de más de doce siglos enterrada intencionadamente por los propios mayas para protegerla. Respiras. Escuchas. Y piensas cuánto tiempo ha pasado… y qué poco somos comparados con todo eso.  Por eso te preguntaba cuando fuimos de viaje de novios, que había arqueólogos si eran en estas pirámides..

Las vistas desde arriba son impresionantes. Y mientras miraba aquella inmensidad pensé en cómo debió sentirse quien descubrió algunas de estas estructuras ocultas por la vegetación hace apenas unas décadas. Como si la selva hubiera decidido devolver una parte de la memoria.

La fachada principal sigue siendo original, sin reconstrucciones artificiales ni decorados modernos. Solo conservación cuidadosa. Relieves y esculturas mayas auténticas sobreviviendo desde el siglo VIII. Es espectacular, segun dicen se parecen demasiado a las indias, por lo que sugieren que llegaron antes que los españoles.


Recomendación gastronómica , vuelvo al  restaurante AHAL, en Valladolid -“amanecer” o “despertar” en maya- . No perderse las enchiladas de camarón con mole, chocolate, cacahuete y queso, una mezcla rarísima sobre el papel, pero perfecta en la boca. Y detalle importante para los que ya habíamos estado antes: donde en 2024 servían cinco enchiladas, ahora sirven cuatro. La inflación - no recuerdo como decia Alex que llamaba a esto de darte menos al mismo precio-  también llega a los mayas.

 

martes, 12 de mayo de 2026

Vuelta al Real de la Feria- Jerez de La Frontera

Hemos aguantado, tres años sin volantes, sin el albero, sin las casetas ni el alumbrado del Real de la Feria… Pero, por fin, el “grupo duro” de la cuadrilla flamenca desempolvó los trajes y tras una lección de sevillanas en Arceniega, allá que nos fuimos a Jerez de la Frontera. 



Si es que nos atrapa el duende y nos gusta la chufla, más que a un tonto un lápiz. Yo ya estoy pensando en repetir la próxima en Carmona; aunque algunos dicen que es poca feria para nosotros. Espero que no tenga que pasar otro trienio.

En la feria, un poco de desilusión porque esperaba más caballos, lo confieso. Pero lo que faltaba de colorido lo pusimos nosotros: “Los Monamoreños”, dignas comparsas de la mismísima Lola Flores, o más. Un grupo de baile con muchas ganas que, entre tanta luz y farolillo, y aunque ya no estemos para más de un día de espectáculo, no dejó una sevillana sin bailar… ¡Pero qué juerga, para tirar cohetes!

Duro el día después. El cuerpo avisa y comienzan los achaques. Terminamos cambiándonos el nombre artístico, pasando a ser “los Monamoyayos”, con dolores, molestias y un “¡qué pena!” que te salía del alma, mientras yo intentaba ponerme recto y me frotaba las lumbares.

Además de la fiesta, es muy bonito visitar Jerez en esta época del año. Precioso ver el centro lleno de jacarandas… Muy colorida la flor, pero, como dicen los lugareños: “para su padre”, porque tiñe los coches y resbala muchísimo.


Visitamos la bodega de Cayetano del Pino, donde unos guías demasiado internacionales nos enseñaron, a su manera, la esencia de los vinos: fino, oloroso, amontillado, palo cortado, cream… Menuda chapa nos soltó la noruega con su difícil traducción simultánea. Para mí, más que una bodega es un almacén, porque lo que hacen es trasegar el vino de una barrica a otra. El primer caldo lo traen de donde están las vides, y de eso aquí no hablan nada.

Lo mejor de todo fueron las etiquetas de las botellas antiguas, que parecían más propaganda de farmacia:  “Alegría Mundial. Poderoso reconstituyente, Jerez. Sano estimulante de los grandes centros nerviosos.” El vinito que curaba la pena tras perder la última colonia y volver de Cuba: les daban al llegar el “quita penas” y a cantar. “San Cayetano. La providencia sobre la laringe. Vino preservativo de la difteria.” ¡Y el monaguillo que está con el santo, con la copa!



Uno de los mejores descubrimientos de esta escapada primaveral, para mí, han sido los tabancos: bares con encanto y, si tienes suerte, un poco de cante. ¡Qué envidia me dan estas tascas! Fuimos a ver el espectáculo del Tabanco El Pasaje (C/ Santa María, 8). Como una bodeguita, con sus “botas”, sus platitos de chicharrones y el flamenco en directo. Según pone el cartel de la entrada, todos los días a las 14:00, 19:30 y 21:30 h hay espectáculo “Flamenco de Jerez”, con baile, cante y guitarra.

En cuanto a la recomendación gastronómica, aunque repetimos todo el rato lo mismo, el restaurante no es de Cádiz, es cerca del aeropuerto de Sevilla, donde también terminamos el viaje. Venta Campo Rico, El Arriero, un gran descubrimiento: riquísima la presa y la pluma ibérica a la brasa, el jamón, las patatas con gambas y, sin olvidarnos, la tarta de piñones. Y mucho mundo taurino en las paredes…

viernes, 24 de abril de 2026

En Saltemo- hablando del clásico

 

Lo que empieza mal, a veces te da las sorpresas bonitas que no esperabas. Como esta pesadez de viaje.

Corrí por todo el aeropuerto, cambié de terminal, sufrí las restricciones en el tren que me robo más de diez minutos, hice el último sprint hasta que el cuerpo aguantó… pero las azafatas me cerraron la puerta en la cara. Y lo peor: estaba abierta. Todavía en el “finger” se las veía despidiendose. Un fastidio. Casi me da algo, se me salía el corazón por la boca. Cuando recupere el fuelle, la que quedo en la terminal, me escucho con un aire, de y a mi qué.  Dormí mal unas horas en Madrid para coger el vuelo de primera hora y luego, en Buenos Aires, otro hotel de aeropuerto. Patagonia no está en temporada alta, pocas conexiones y el viaje se empeñó en complicarse. Perdí dos noches por culpa del mal hacer de Iberia en Tierra.

 

Pero Argentina tiene cosas distintas. Nada más llegar, me sorprende ver en los jardines de las carreteras coches metidos hasta debajo de los árboles para pasar el “día de campo”… en plena ciudad, rodeado de más coches. Es curioso, al menos. Y vendedores de cometas, globos para niños y comida ambulante por todas partes. En mitad de una autovía …

Mi odisea de más de 40 horas me dejó, como regalo, presenciar en un bar un Superclásico: River contra Boca. Perder en casa de tu rival histórico, de penalti, con quejas al árbitro… todo un espectáculo. En el minuto 48 del segundo tiempo, un delantero cayó en el área tras un empujón por la espalda. Todo el mundo reclamó, pero el árbitro no sancionó nada. En el bar hubo más que palabras: unos decían que sí, otros que no. Hasta que preguntaron al imparcial.

—Para mí, penalti claro —dije—.

Se hizo el silencio. Ellos pensaban que era gringo y que no me enteraba.

—¡Lo ves! —gritó el de River, mirándome como si fuera un experto.

Los otros: “¿Qué sabrá el gallego? Si en España pitan todo”. Aquí lo raro es que no entrase el VAR.

 

Ya en el avión rumbo a Trelew, me tocó de compañera de asiento una fotógrafa. Me sonríe con un buen castellano a lo “Doña Clocleta”. Lleva una valija única, la vi en el “shuttle” del Marriott hacia el aeropuerto . Vicky, mayor, está retocando fotos de Kenia en el ordenador. Elefantes preciosos. Impresionante. Viaja sola, a su ritmo, siempre sacando fotos. Le han publicado en África Geographic y en muchas revistas, libros… muy maja. Ella va a fotografiar orcas en Trelew. Yo, nada. Otra vez en blanco, si no llego a perder la conexión, lo tenia organizado.  Me imagino que otra vez será.

 


Semana intensa, más de lo normal, para recuperar el percance de llegar tarde. Pero como siempre, después de la paliza, llegan momentos por los que merece la pena. Las últimas horas, por fin, para visitar algo más que el aeropuerto.

Dejé las maletas en la consigna de Ezeiza y cogí un Uber para seguir las recomendaciones de Álex. A mi bola, paseando por San Telmo. Me pedí un vino en un bar centenario, lleno de bufandas y escudos de medio mundo, donde me siguen preguntando si vi el clásico. Cuando digo lo del penalti, claro, salta uno: “¡Lo ves!”. Se quitan tensiones. El camarero, de River, sigue despotricando contra el árbitro… pero me saca unos cacahuetes.

 


En el mercado no es fácil elegir dónde comer. Mesas corridas. Me pareció ver a Álex de la Iglesia dando cuenta de una comida en un plato metálico, mientras observa la vida. Mira que si al final salimos reflejados en algún guion. Los turistas apoderándose de los barrios tranquilos…

En cuanto a la recomendación gastronómica está clara: Hierro Parrilla, San Telmo. Al final me decanté por la barra con mejor brasa y un reservorio de brasa al punto, importante.

El choripán de cerdo clásico XL: pan flauta casero, chorizo de cerdo casero de 200 gramos, chimichurri y salsa criolla. Qué maravilla de bocadillo. La carne —un bife de chorizo de medio kilo de novillo pampas o Black Angus— y las empanadas de cerdo ahumado están buenas, pero me sorprende más el choripán. Con el vino y el sifón. ¡Menudo arte!


Codo con codo, en la barra, con Emiliano, el Peruzzo. Es el nieto de Marga, que tiene un bodegón con su nombre, de comida casera. Nos lo recomienda. Él corría de chico —tampoco ahora es muy alto; me doy cuenta cuando salta del taburete y le digo: “¡Pero si eres como Messi!”; los de la parrilla entera se troncha de risa—, cuando el mercado era un mercado con vida de barrio, con sus verduras, pastas, pollos… y no como ahora, un sitio de comida rápida. Lo dice con nostalgia. Al final la conversación tiró al tema de los países que van a robar los recursos de Argentina. Él dice que las petroleras internacionales están para robarles, pero yo lo dulcifico. No sé en qué momento se enteró de que trabajamos para el gremio. Igual alguien habla de más. Alegría a raudales. Pena la despedida.

Con otro brindis más, no me hubiera importado perder otro vuelo.

La cara de la tripulación de cabina en el avión al entrar… ahumados, no tiene desperdicio.

—¿Qué? ¿Hasta el último momento disfrutando de la carne argentina?

—Como lo sabrán…

Es lo que tiene comer junto a las brasas.

viernes, 17 de abril de 2026

Roma, al fin… aunque sea sin ti

 

Menuda escapada loca, a lo rico. Una noche sabe a mucho, con yincanas superando la locura de los coches de alquiler en la nueva zona del aeropuerto, los jaleos de los alojamientos, el tráfico… Pero siempre está la gozada que es volver a nuestros rincones y tradiciones… aunque sea sin ti. Ciertamente, ha sido una escapada más alegre de lo esperado. Yo iba con el corazón encogido, sabiendo que no debía llorar ni ponerme triste. Pero al final siempre, aunque sea de carabina, he vuelto a esta maravilla de ciudad. Roma, al fin. Si es que se me hace raro, raro, estar dentro del Panteón sin sacarte la foto.

 


Nuestra asignatura pendiente en Ostia Antica, truncada hace un par de años por el mal tiempo, ha quedado más que compensada. Pero, ay, para ver bien esa maravilla hace falta mucho más tiempo, así que, sufriendo un poco más, tendré que volver y hacerte de cicerone. Esta vez me ha parecido con poco guiri y muchos chavales de “excursión cultural” en Ostia Antica, cosa curiosa. Será porque es miércoles y, al igual que tú, la gente tiene el mal hábito de trabajar en mitad de la semana. Lo de poner la oreja en las clases al aire libre es toda una experiencia: explicaciones a “nivel bambino” que sorprenden con su curiosidad. Que si el sestercio valía más o no que su peso en oro… Y ver la cara de la profesora sin saber qué contestar no tiene precio.

 


Nuestro guía —Álvaro, experto como el que más— nos lleva a la carrera a ver los imprescindibles. Casas de cinco estrellas, eso sí. Se ha olvidado de que ya no estamos para este ritmo, ni María ni yo. Yo sigo con las agujetas después de tanto gimnasio. Paseíto por el puerto, donde Carlos se lleva un alegrón viendo que la flota plentziatarra está en mucho mejor estado de revista.



De regreso, en la Ciudad Eterna, una maravilla volver a disfrutar de los mismos restaurantes, pasear por las calles que tanto hemos recorrido juntos… aunque me falta medio cuerpo en Roma sin ti. Casi ni le digo nada a Susi para que me compre algo. Algún regateo en el Campo de Fiori, saludando a Mauro, y el bueno de su hermano Fabriccio me hace de trilero con el azafrán; comprarle el ramito de pimientos a Franca… En fin, aunque me digan que me llevan el producto a casa, hay que seguir viniendo y saludando para que sepamos que seguimos vivos. Por cierto, me parece que en Roma han vuelto a subir los precios. Tomar un pote: 8 € el vino tinto es un robo. Se ríen en Bilbao cuando comparto con los del Desberdin para que me suban los precios, pero ya nos llegará.

 


En Ostia volvemos a disfrutar de la pasta y de la tripa a la romana en el restaurante “Arianna al Borghetto”: trippa alla romana, abbacchio, carbonara… Todo como debe ser. En Roma, volvemos a la “Pizzeria del Baffetto”, la caprichosa de locos. Un lugar que no olvidaremos… para que me vuelvan a invitar en un 55 cumpleaños, aunque alguna borderia cae con el graciosillo del camarero y la pizza con cebolla.




 Pero la recomendación gastronómica, sorprendentemente, es en el aeropuerto. Un trato de lujo a la carta en la sala Plaza Premium First. La recepcionista, con una seguridad en el producto que tiene entre sus manos, me suelta:

—¿Ha estado usted en esta sala antes?

—Pues no lo sé, mezclo los aeropuertos.

—Si no se acuerda, es que no ha estado.

¡Joder con la italiana!




Pues una gozada acoplarme así a este viaje —siempre hace falta un violinista, aunque toque desafinado— para un cumpleaños con rima importante, aunque sea de carabina. Una que yo sé ya está planificando el siguiente viaje, que para eso es eterna, como la ciudad.


domingo, 22 de marzo de 2026

Primavera en la ría y los primeros verdeles.

 Salir de Bilbao al inicio de la primavera, sin prisa y sin más plan que salir de casa, y disfrutar de los amigos y unas risas, se convirtió en un día especial, a lo tonto, de los que tardas en olvidar y recordaré sin duda con cariño.

Comenzamos viendo a los artesanos de la madera, con mucha moral, intentando dar una segunda vida al “Urdin”, con todas las tablas al aire y la panza abierta. Trabajo paciente, poco a poco, pieza a pieza. Me acuerdo de lo que disfrutaría Javi con una tarea así, titánica, un objetivo para un par de primaveras. 



Un paseo por el muelle, con la marea más baja que he visto, tomar unos potes en el pueblo entre los efluvios de las pucheras te abren el apetito. Una cata de tortilla y, por esas casualidades de la vida, gracias al WhatsApp…

Salir a la mar en la preciosa y concurrida villa de Plentzia es una gozada. Con la bonita balsa motora, da gusto salir por la ría, pasear con calma desde el castillito, con sus restos de la bateria militar de la costa, hasta las calas de Barrika.

Tranquilidad, disfrutar del paisaje, cruzarse con los otros botes, muchas cañas, algunas señas y símbolos entre patronos con caras de resignación: parece que aún no han entrado los verdeles a la bahía. Nadie pesca, pero algunos tienen "primi". No será porque no le insisto  al patron que cuando me toca tirar el aparejo..

 


Al final, como siempre, haciendo caso al experto marinero, comenzamos a tirar la caña donde y como nos decía. Empezamos a sacar cabrillas que rápidamente se devolvían al mar para que no ocuparan el anzuelo. Luego comenzó a picar el makarel —que según nos dice nos servirá como carnaza para futuras salidas— y después llegó la alegría incontrolable de empezar a subir los verdeles. Los chicharritos, a pesar de mi cara, tampoco son bien recibidos y son devueltos a la bahia.

El cubo se empezó a llenar, mi ilusión era grande. Pero la cara del último grumete —yo ya me doy por avanzado— al subir de primeras cinco capturas, el primer día que usaba una caña, es inenarrable. Eso sí que es empezar con buena mano.


El día espectacular, impresionante la luz y la calma. Deberías haber venido: te tratan de lujo en estos barcos. Será que me ven muy vulnerable rodeado de tanta agua, pero disfruto muchísimo.

En cuanto a la recomendación gastronómica: la tortilla de patatas del Bibi, muy jugosa, y la pesca, digan lo que digan, abre el apetito.

 

 





 

Un poco de culturilla marina :

“La principal diferencia entre el verdel (Scomber scombrus) y la macarela o estornino (Scomber japonicus, a veces llamada "makarel" por influencia inglesa) radica en su aspecto fisico y anatomia. El verdel tiene rayas negras más definidas y dorso azul intenso, mientras que la macarela presenta manchas moteadas en la barriga y ojos más grandes.”

”Aunque ambos son pescados azules ricos en Omega-3, el verdel es muy valorado por su sabor intenso y carne más blanca en comparación con la macarela, que puede tener un sabor más fuerte y carne más oscura. “

 


jueves, 19 de marzo de 2026

Regreso a Hassi Messau

 En mi regreso a Argelia, no he podido evitar pensar en cuánto ha cambiado todo desde hace veinte años y de aquella vez en Hassi Messau de la que tantas veces nos hemos reído, cuando te contaba las cosas por correo, cartas largas y con más tiempo. También los viajes y las ausencias eran bastante más largas.



Aquella escena casi de película: un banco perdido en mitad de la nada, sacando dinero en bolsas de basura, el motor del coche en marcha, tensión en el ambiente… y aquella mujer espectacular, con vaqueros y camiseta amarilla ajustada, que parecía salida de un guion de cine. Todo tenía un aire caótico, improvisado…

Hoy, sin embargo, el paisaje humano es otro. Lo que veo no me gusta: más pobre, menos risas y mucho más velo; muchas menos mujeres vestidas “a la europea”. Me he estado fijando y se reconocía fácilmente a la que no era argelina. Se nota un cambio visual muy fuerte. Dicen que la influencia cultural ya no viene de Francia, de esa idea de modernidad occidental, sino también de los países del Golfo. Y se percibe. Mucho. La presión social, el “qué dirán”, pesa más que antes.

Bueno, al grano: esta vez hemos llegado en pleno Ramadán, con un compañero poco curtido en estos lances. Empezamos con mal pie, comiendo el catering mientras el resto ayunaba, en un avión de hélice que parecía de los años setenta, lleno de moscas y medio roto… nosotros, prácticamente los únicos “infieles”. Fallo mío, no caí en la cuenta, pero menudos caretos nos estaban poniendo. Según me dicen, lo habían repartido para esperar, porque tocaba la hora de romper el ayuno antes del aterrizaje, pero… nosotros servir y comer. Ellos dándole al tasbih digital con saña y venga a mostrármelo. Yo pensando que sería el tamagochi que llevaban. Es la primera vez que me fijo; igual es típico de esta zona, como un rosario digital para avisar o contar las oraciones. 



Aquí, como bien sabes, hay reglas no escritas que pesan mucho. Si las miradas matasen… Aunque nadie te obligue a ayunar, comer o beber en público durante el día se percibe como una falta de respeto enorme.

La semana, cuesta arriba: mucha espera a la escolta, muchos kilómetros de carretera de la obra al hotel, a Hassi, porque aún no tenemos nuestro campamento; así que más agotado de lo normal, pero ya trabajo terminado.

El viaje de regreso me ha dado para otra lección. Con lo viajado que me creo, me han dado en todo lo alto. Esta vez, gracias a un compañero iraní: tras los ataques a la obra de Qatar, es el tema de conversación, junto con los partidos de la Champions League, en la que se han cargado a la mayoría de los ingleses. Yo, con mis referencias de siempre al conflicto, hablando de la “primavera árabe”… y zasca: “nosotros somos persas”. Y claro, tiene razón. Ni hablan árabe ni se identifican como tal. A veces simplificamos demasiado desde fuera. Me hablaba de su país, de lo que significa vivir bajo un sistema donde religión y Estado son lo mismo, donde las palabras “dictadura” o “totalitarismo” se quedan cortas. De los millones de iraníes que querrían volver si las cosas cambiaran y de los que siguen allí, aguantando. Y te das cuenta de lo complejo que es todo, de que no es blanco o negro, de que incluso una guerra, si llegara a perderse, no garantiza nada, que después puede que todo siga igual.

Argelia también refleja algo de eso. Aunque sobre el papel exista libertad religiosa, la identidad del país está profundamente ligada al islam. No es un Estado laico, y eso se nota en el día a día, en los gestos, en lo que se puede y no se puede hacer. Y, sin embargo, entre todo eso, sigo viendo lo mismo que vi hace veinte años: un país lleno de contradicciones, de gente que intenta vivir lo mejor que puede dentro de su realidad.

La recomendación gastronomica, al romper el ayuno el cordero - borrego grande- asado, con verduras, pura delicia del Euro Japan Ressidence, en Hassi. Se me saltan las lagrimas. Que arte!!!

Cuando vuelva, busco aquel correo. Creo que me va a hacer gracia releerlo ahora, con todo esto en perspectiva.

viernes, 27 de febrero de 2026

Shakira pasa por Mérida mientras el país aguanta la respiración

Otra vez, semana complicada. Dicen que México vive días de cambios. Y no precisamente de los que llegan con aire fresco.  Siempre que ha llovido, ha escampado ...


Hasta el tranquilo Caribe parece contener la respiración. Matan al jefe del cártel principal del país y, de repente, todo México entra en alerta máxima. Las noticias abren con tonos graves en casa; los mensajes cruzan el Atlántico cargados de preocupación y, desde el otro lado del charco, me imagino que nos imagináis como otras veces, con el miedo en el cuerpo, escuchando en el hotel las balaceras. Pero, sin embargo, aquí… no se nota nada. Bueno, casi nada. Tal vez menos turismo. Y eso, en esta zona, sí puede ser una señal. Y bastante más policía.

Menos mal que Shakira y yo decidimos no cambiar nuestros planes. A mí no me ha afectado en el trabajo. A la cantante colombiana… quién sabe. Nos cruzamos con los vehículos que la llevaban al estadio para su concierto. Aquello parecía más una caravana presidencial que una gira musical: motoristas abriendo paso, coches de policía escoltando y, cerrando el convoy, militares con pasamontañas, de pie en la parte trasera de las furgonetas, bien arriba, con el dedo en el gatillo de unas gigantes metralletas o lo que fueran —pistolas de agua para refrescarla no eran—. No sé si en su vida artística habrá tenido muchas entradas triunfales así, pero, desde luego, discretas no eran. Y por lo que he visto a la llegada, menudo chandal!!!



Y, mientras tanto, la vida real continua y yo no lo desaprovecho. Visitar el Mercado de San Benito, en Mérida, vuelve a ser un espectáculo para los sentidos. Colores que compiten entre sí, olores que se mezclan sin pedir permiso y un bullicio que te obliga a estar alerta.

—¡Chaparrito, aparta!

Gritan, tronchándose de risa, los que avanzan a toda velocidad con las carretillas cargadas hasta arriba para surtir los puestos. Aunque el chaparro, le saca una cabeza o dos a la mayoría.

Después de pasearme por los puestos de carne de res —con algún cartel que mejor no mirar dos veces—, las frutas, las verduras y ese festival de colores imposibles, me concentro en lo importante: los chiles. En todas sus versiones. Secos, frescos, ahumados, pequeños pero letales. Una gozada. Estoy en mi salsa. Y, por cierto, ni rastro de gringos por la zona.


En cuanto a las recomendaciones, hemos probado de todo. En “El Lucero”, con cada cerveza llegan tantas botanas que uno duda si ha venido a beber o a cenar sin querer. Sales rodando. En “Crabster - Paseo 60” ocurre lo contrario: pagas la comida y, entre semana, la cerveza es gratis; el compañero en cada ronda pregunta: «Esta es al mismo precio, ¿no?». Que aguante, parece no tener fin.

Pero esta vez, para la recomendación gastronómica, me quedo con “La Brasa - Parrilla Uruguaya”. Un patio con una pequeña piscina, cinco mesas y a disfrutar. Famosa por sus cócteles, pero su parrilla, cumple con creces. Muy buena la picaña. Y ese caldo de hueso que te sirven al principio, como cortesía, es la mejor carta de presentación.

Curioso el roce entre vecinos: el de arriba, regando, moja a una de las mesas bajo un árbol frondoso de estos americanos, y el encargado llama a la policía diciendo que la va a armar, que se va a enterar, que ya está bien. Al final, cuatro coches de policía y uno de policía ambiental. Me parece un despropósito. Igual es que luego cenan ellos también allí.

La vida —con escolta o sin ella— continúa. Y nosotros también, ya queda menos para el cabrito.