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miércoles, 28 de octubre de 2026

Wine Run para otra ocasión

Nosotros hemos tenido la cabeza en otras cosas y, al final, no nos ha dado tiempo a participar en carreras organizadas. Pero bueno, queda pendiente para otro año, que seguro que habrá ocasión. Nos han contado que el Wine Run, con salida en Samaniego, ha estado este año mucho mejor organizado que el anterior y que, además, se podía entrar en las bodegas. Porque no va a ser todo deporte…


Lo que sí hemos disfrutado a la carrera ha sido del paisaje otoñal de Labastida, con sus viñedos llenos de colores contemplados desde la ermita (más bien fortaleza) del Santo Cristo. También nos hemos podido acercar a la abarrotada calle de la Herradura, en Haro, donde los bares no daban abasto con tanto guiri. Nada más entrar, ya te avisaban de que las raciones tardarían media hora. Y curioso también ver a los moteros veteranos haciendo cola tranquilamente para registrarse y recoger las llaves de sus habitaciones en el hotel de carretera.

En cuanto a la recomendación gastronómica: el restaurante Sabai, en Haro. Nos gustó mucho su apuesta por una cocina diferente y cuidada. De esos sitios donde los platos te sorprenden y en los que uno piensa que está disfrutando de una experiencia propia de un restaurante con estrella Michelin, pero sin que la cuenta se dispare. Y si, además, te atienden tan bien como Jennifer, la experiencia gana todavía más puntos


jueves, 22 de octubre de 2026

Kazajistán: llegar ya es toda una aventura

Agotado. Hacía tiempo que no estaba tan nervioso como ayer en Atyrau. Las horas pasaban sin noticias y la incertidumbre se hacía cada vez más difícil de soportar. Sé que no es la primera operación a la que falto, pero espero que sea la última.

Ahora, mientras escribo en la minúscula sala del aeropuerto de Kazajistán, me parece que ha pasado más de un mes, aunque todo empezó el sábado, durmiendo en la capital del reino…

 

El domingo por la mañana, cuando yo todavía estaba en el aeropuerto de Madrid, me preguntan desde Kazajistán dónde estoy, porque ya han salido todos del avión.

-Pues yo, tan tranquilo, en el aeropuerto de Madrid…

¡Se habían confundido de día! Mientras tanto, yo ya estaba pensando en todo lo que podía salir mal y, la verdad, confiaba poco en que después de eso, tuvieran organizada mi llegada. Tenía previsto aterrizar en Atyrau en la madrugada del domingo al lunes.

 

Y así empezó la travesía: más de 30 horas de viaje por delante y los billetes sin enlazar. Como no tengo visado para Azerbaiyán, sino únicamente para Kazajistán, me avisan de que viajo bajo mi propia responsabilidad y de que tengo que conseguir en Estambul la tarjeta de embarque para el siguiente vuelo. Por si me faltaba algo, un poco más de tensión.

 

En Turquía, después de intentarlo por todos los medios y de pasar por todas las oficinas de transfer, no me queda otra que pedirte ayuda. Menos mal que estás en la sombra. ¡Resulta que el código de reserva que me habían dado estaba mal! En fin, con la tarjeta de embarque electrónica que me envías al teléfono consigo pasar los controles en Bakú y subir a un clásico de la aviación.

Madre mía! Y yo preocupado porque me habías conseguido la fila 40H… Para mí que numeran las filas como les da la gana: por la izquierda empiezan en la 15 y, por el lado de al lado, en la 14. ¡Un auténtico sindiós! Pero, en fin, en ese momento solo pienso en que esta joya de museo consiga despegar, me lleve a mi destino y haya alguien esperándome a la llegada. Al final, como casi siempre, todo se va solucionando y consigo caer rendido en la cama del hotel.

 


Días cortos, viendo amanecer y atardecer desde el asiento trasero de un Toyota Prado. Por lo menos, el coche es amplio. Coche cama, podría decirse, el camino a la obra, una hora de ida y otra de vuelta atravesando la estepa kazaja. El traqueteo del coche te coloca todos los huesos en su sitio… Kilómetros y kilómetros de terreno sin un monte a la vista y el color marrón de la vegetación reseca tras el verano. Pero diciendo verdad, mirando por la ventanilla trasera, tiene su aquel. Solo hay que fijarse y poner atención. Al amanecer se ven manadas de caballos en semilibertad con sus potros y también camellos de dos jorobas, peludos sobre todo por el cuello, la cabeza y las patas. Me imagino que ya empiezan a prepararse para el invierno. Un paisaje muy distinto al nuestro. Aunque, en realidad, es una bucólica paliza. Después de más de diez horas en la obra, hay que sumar la hora de coche para ir y otra para volver. Vamos, que salgo de noche y regreso de noche. Esta vez no he visto nada.

 

En cuanto a la recomendación gastronómica, cruzando la acera (por la parte de atrás del hotel) el restaurante turco “HASAN USTA”. Por fuera, bastante deprimente; y la decoración, por decirlo de forma sencilla, austera. Pero, madre mía… Adana Kebap! Me recordó a mis tiempos de los inicios del blog, en Çayırlı.



 

Continuo escribiendo desde Bakú , para aguantar la primera conexión nocturna …cuatro horas, que sale el vuelo hacia Estambul a las dos y media de la mañana. Agotado.

 

viernes, 16 de octubre de 2026

Budapest, grata sorpresa

Budapest me ha gustado. 

No sé cuántas veces me he podido confundir con Bucarest, pero no ha sido intencionado. Es una ciudad muy agradable para pasear -y conseguir algún récord en «marcha» olímpica-, con edificios espectaculares, monumentos en cada esquina y rincones que invitan a detenerse un rato sin necesidad de entrar en todos los sitios. ¡Menudos edificios!


La basílica de San Esteban fue el primero de los objetivos, a la carrera. Eso sí, conseguir las entradas tuvo su pequeña complicación, mejor pasar de internet y buscar la taquilla en un portal al otro lado de la iglesia, pero las vistas desde la cúpula son impresionantes. Después, un paseo siguiendo la orilla del Danubio, viendo los impresionantes puentes y el monumento de los zapatos, que recuerda a los judíos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial, el calzado podía revenderse. Nos hace pensar en la situación actual y terminamos sentados frente al Parlamento.

Y allí empezó también nuestra particular cata de vinos. En Budapest se puede pedir vino por decilitros: 10, 20 o 30. La recomendación es pedir el vino de la casa. También hubo tiempo para entrar en «Liquid Rock», una tasca de dos pisos con R&R donde yo no pintaba mucho.



Nos hemos alojado en Pest. Al otro lado del Danubio, Buda nos esperaba con el Palacio Real, el Bastión de los Pescadores, lo que más nos ha gustado del viaje, y la iglesia de Matías. Un “nuevo” conjunto monumental “medieval” con vistas a la otra orilla que merece la caminata.

También visitamos el Mercado Central, una buena oportunidad para curiosear entre productos locales, puestos de comida y demasiados puestos de recuerdos para turistas. Otra curiosidad de Budapest: abundan los turistas asiáticos, los establecimientos de masajes tailandeses y los fotomatones. No termino de entender por qué hay tantos. Supongo que cada ciudad tiene sus misterios…

 


La Gran Sinagoga de Budapest merece una visita. Mi primer gorrito judío que me pongo. En su jardín hay una fosa común con los restos de miles de víctimas del Holocausto, además de fotos de judíos famosos descendientes de húngaros.


Para terminar, otra vez a la carrera: buscar la estatua de la emperatriz Sisi y recorrer Gozsdu Udvar, un pasaje lleno de bares y restaurantes en pleno barrio judío. Y aquí llegan los famosos ruin bars. Visitamos “Szimpla Kert”, uno de los más conocidos. Son locales instalados en edificios antiguos, con muebles desparejados, decoración de todo tipo y una estética que parece decir que aquí no se tira nada. Aunque algo debí entender mal, porque éramos los únicos con vasos de plástico.


En cuanto a la recomendación gastronómica: bajar las expectativas y comer lo que no hicimos: la sopa (gulash), la pizza típica (lángos) y el postre en forma de chimenea (kürtőskalács). Hemos comido, por supuesto, pero, al salirnos de lo recomendado, no he conseguido encontrar nada reseñable. Ojo, no pedir caracoles:  tienen arenilla y cuando se lo decimos, parece que no les afecta. La mejor opción fue Mazel Tov, con su propuesta de cocina judía en un patio entre dos casas, aunque con poca cantidad y un precio elevado.



Creo que es la primera entrada del blog en la que solo recomiendo un bar: A Tilos a Tilos. El nombre ya prometía: algo así como «prohibido por partida doble».

Curioso lo de pedir el vino por decilitros; me parece una buena costumbre, de esas que se podrían exportar. Son precios a los que estamos cada vez más acostumbrados, pero, la verdad, me lo esperaba más barato.

 

Aun así, no nos importaría volver, esta vez con los deberes hechos y una lista de sitios donde comer los productos típicos.

viernes, 9 de octubre de 2026

En Madrid: cúpulas y recuerdos de dinosaurios




De regreso a Madrid, a las oficinas centrales. Las nuevas generaciones se ríen de mis tesoros al abrir la caja de la mudanza en mi pequeño despacho. Lo que no saben es que a "los dinosaurios" nos lanzaban a las obras con nuestras pequeñas libretas y nuestros diccionarios de bolsillo. Y, cuando no conseguíamos hacernos entender, tocaba recurrir a la mímica o, para los más avanzados, al famoso libro de imágenes que permitía señalar lo que queríamos decir.

Todavía me muero de risa al recordar aquella vez, en un frio restaurante perdido en el extremo oriental de Rusia, en la que empezaron a llegar pedidos repetidos sin parar. ¡No había manera de entendernos con las camareras! Cuando reclamábamos nuestros pedidos porque no llegaban, ellas nos preguntaban si eran adicionales y nosotros, ni cortos ni perezosos, nos poníamos a hacer gestos de pollos y pinchos. 4 cervezas, 2 pollos y 4 pinchos de carne. Nos meábamos de la risa, con las bandejas llenas de cervezas y pollos para todo el restaurante …y ellas también cuando por fin se dieron cuenta de que, efectivamente, pensábamos pagar todo aquello. Como para explicarlo ahora.

Madre mía, ¡cuánto nos han facilitado la vida internet, los teléfonos inteligentes y los ordenadores portátiles! Aunque, al final, la tecnología nos facilita la vida, pero son las anécdotas las que nos dejan buenos recuerdos.

La semana ha sido corta, pero intensa. Muchas reuniones y mucho trabajo; al final, he acabado medio griposo por culpa del aire acondicionado. Pero, como siempre, también ha habido tiempo para descubrir algo nuevo y, esta vez, en la mejor compañía.



Una de las sorpresas ha sido la Real Basílica de San Francisco el Grande, con su impresionante planta circular y sus pasillos interiores que conducen a la sacristía, repletos de sillerías procedentes de otros monasterios afectados por la desamortización. Las piezas se adaptaron al espacio disponible y el resultado es de lo más curioso: ¡tantos asientos juntos que los monjes no sabrían muy bien dónde poner sus santas posaderas!

Como bien dices, resulta curioso que, aunque sin seguir un orden concreto, hayamos visitado ya los cuatro grandes cúpulas de iglesias: el Duomo de Florencia, el Panteón de Roma, San Pedro del Vaticano y ahora esta basílica madrileña. Recién reformada, está preciosa, y contar con un Goya en una de sus capillas le da un punto extra a la visita.

Después, paseo por el centro y unos potes. Eso sí, impresionante que el vino más barato costase cuatro euros y que la mayoría de las opciones estuvieran por encima. ¡Un despropósito! A este paso, habrá que pensárselo dos veces antes de levantar la copa.

Esta vez hemos probado un par de sitios para cenar, pero me quedo con el primero: el Restaurante La Tierra, en la calle de Américo Castro, local 1. Allí te recibe una frase que ya marca el espíritu del lugar: “A comer, bailar y gozar, que el mundo se va a acabar”. Eso sí, ¡con un poco de moderación! Porque la carta de vinos también incluye botellas de varios cientos de euros. Una cosa es que el mundo se vaya a acabar y otra muy distinta es que nos toque pagarlo a precio de oro.

Las raciones se quedaban algo pequeñas para nuestros hijos a todas luces insuficientes, pero para nosotros bien, la comida estaba muy buena. El tomatito, la ensaladilla (aunque a ti te pareciera lo más flojo), las croquetas y el secreto, muy bien hecho. Una buena elección para terminar el día pronto que al día siguiente tocaba trabajo.

jueves, 1 de octubre de 2026

Qatar, a contra corriente y ROBOTAXIS

Venir de América y lanzarme sin red a un turno de noche sin aclimatazión en Qatar, lo tengo que poner ya en la lista de órdenes de alejamiento.

Noches interminablemente húmedas y largas. Me he pasado la semana sin saber si lo que estaba tomando de desayuno era la cena o al revés. Un sindiós. Ha sido una paliza. Otra vez. Como en julio, con turno de noche y otra vez sin saber muy bien qué hacer, porque el bueno de Caronte, también tiene que volver a trabajar para cruzar el río a la familia. Y así estaba yo, otra vez, en mitad de la nada, pensando que le digo al bueno de Jon, intentando encontrar las palabras adecuadas. Al final me decidí por un seco y cobarde WhatsApp. Pero es que no estaba para más.

 

Como siempre, en el último momento, escapada para ver algo. Aunque esta vez llegué tan tarde que los museos que quería visitar ya estaban cerrados. Tengo pendiente el Mohammed Bin Jassim House y las otras tres casas de esa zona. Otra vez será.

 


Aunque tengo que decir que esto de Qatar es sorprendente. Por mucho que venga.  Me han llevado a una de esas islas artificiales, Gewan Island, unida por un par de puentes a La Perla. Madre mía, qué derroche de energía. Grandes plazas abiertas… con aire acondicionado. Y eso que estamos hablando de una noche templada de 40 grados. Así que, por supuesto, toca sacar mi inseparable forrito. Bego, me sale a txikita la puesta.

 

Los suelos llenos de vidrieras con cristales de Swarovski, los paseos con árboles de vidrio soplado de colores… Todo espectacular. Pero yo solo puedo pensar cuánto duraría esto en casa.




Hay que disfrutar cada día. Como novedades he tenido la suerte de ver mi primer robotaxi. Lleva un cubo en el techo del coche que me imagino que será donde van todos los sensores y demás cacharrería tecnológica. De momento llevan un supervisor dentro, por aquello de que todavía están en pruebas, pero la sensación es que el coche sabe perfectamente lo que hace. Eso sí, hasta ahora los he visto únicamente por los barrios finos, con sus calles perfectamente señalizadas, tanto en horizontal como en vertical. Porque en cuanto desaparezca la señalización, me imagino que el robótito se volverá majareta y tirará por la calle del medio. Yo, de momento, bastante tengo con los sustos de los drivers de carne y hueso.

 


Después, visita al Place Vendom, el centro comercial más “chic” que he visto. Menuda tienda de Rimowa! Tiendas inmensas de lujo y qataríes tomando café en terrazas prohibitivas… en vasos desechables. Madre mía. Por lo menos, que usen vajilla. Por el precio, además de la reverenda te, deberían regalarte la taza con la factura.

 

La recomendación gastronómica. Mira que he pasado veces por delante del restaurante, pero como sale el de la tetera gigante en el vídeo promocional de Qatar, siempre me había dado pereza. Pues mira tú por dónde, hemos acabado en “Damasca One Restaurant “ y hemos estado muy a gusto.

 Muy rica la Shish Tawouk: unos tacos de pechuga muy jugosa, marinados con pimienta, ajo, yogur, especias y limón, ensartados y hechos a la parrilla y más pasta de ajo . A prueba de vampiros.  Y también estaban ricos los Chicken Shawarma Sandwich Arabic.

 

Y la anécdota del aeropuerto. Es la primera vez que se alegran de verme en la sala de Doha. O, por lo menos, disimula muy bien.

Pilsen, un profesional de la barra, se acuerda mejor que yo de la conversación de hace unas semanas. Por lo menos me ofrece, para empezar, un Dry Martini agitado, que rechazo porque estoy agotado, pero una hay que tomar para brindar por Aita. 

Eso sí, el bueno de Pilsen no deja que se me caliente la copita de champán. Parece que sabe que fue un gran padre .Se me debe ver agotado.Por dentro, roto.Por fuera, intentando parecer una persona normal. 

Un gran tipo. Hasta preocupado por mi hora de embarque. Si solo están llamado a misterlabarriga.

Pero ¿quién dice que no a un poquito de champán?





 

Y mañana, que Caronte siga trabajando, pero ya hemos cubierto el cupo por una larga temporada.

Yo ya he cruzado bastante por esta semana, aunque me da una pereza extrema pensar en la semana en Madrid. Madre mía , estoy de atar ...En Qatar.

 


viernes, 25 de septiembre de 2026

Sonora y las mascarillas a diez mil pies

Poco tiempo, pero el clima no se ha portado mal con nosotros en el desierto de Sonora. Y el otro clima, pues también bastante tranquilo: solo escuché algún trueno - de los que no vienen del cielo- la primera noche, y alguna que otra sirena. Pero bien. Ni huracanes, como había dicho Ama, ni temblores ni nada. Todo tranquilo y normal.

Esta vez, todas las tardes hemos hecho recorrido gastronómico. Sin perdernos una merienda-cena, porque, como Cenicienta, antes de que se pusiera el sol ya estaba en el hotel, roto, y a las ocho de la tarde había caído como un tronco. Así tendré, o eso espero, menos cambios horarios cuando te vea.

Hemos tenido cicerone local : “Tienes que probar esto, que está perrísimo”. “Y los… que están más picosos”. Un espectáculo. “No te puedes ir sin probar los…”.

Siempre había algún platillo que no podía dejar de probar.Menos mal que me ha echado la gordóloga, porque, si no, me daría una buena reprimenda.

Lo divertido del viaje. Este país de contrastes…Primera vez que veo en un avión a cuatro mujeres con algo negro tapando la cara.

¿Qué es lo que llevan? pregunto a las azafatas.

Y, con un poco de sorna, me explican que no son luchadoras mexicanas, sino mascarillas hidratantes, porque, en teoría, en el avión te deshidratas.

¡Lo que me faltaba por ver! Y yo sin mascarilla negra. Culo veo, culo quiero.



Empiezan a sacar espejos y demás para completar el tratamiento. Hablando para todo el avión. Menudas cuatro de blanco luminoso. Yo esto no lo había visto en mi vida, y mira que he volado: un salón de maquillaje a diez mil pies.

Cuántos cachivaches pueden llevar en la maleta de cabina… Dejamos para la imaginación lo que llevarán en bodega.


En cuanto a la recomendación gastronómica, difícil. 

Más de una vez se me ha escapado un ¡Qué rico, madre mía!. Sobre todo en el Asadero “Los Poblanos”: ¡qué locura de tacos! Los mejores que recuerdo. Tortillas de maíz recién hechas y viendo cómo cortan la carne, sin trucos.

Pero me quedo para recomendar de este viaje, y con ganas de repetir, el restaurante Angulo, donde, por cierto, no sirven pollo. Pobre Cris. Comienzas con un caldito para la «crudita» según el mesero, con un par de langostinos. Debe ser reconstituyente; nos habrá venido bien para recuperar sales después de las sudadas en obra. Y estaba riquísimo.

Y luego, el chicharrón de atún: medallón de atún en cubos, frito sobre una base de guacamole y bañado en salsa macha. Una barbaridad.



jueves, 17 de septiembre de 2026

Abu Dabi, pero con chaqueta

Unos días raros. 

Cómo cambia el cuento cuando me toca venir al Golfo, pero a las oficinas, a reuniones y demás. Frase para el recuerdo: “No hay forma más sincera de admiración que la envidia”. Viaje distinto, con gente y hasta con chaqueta. Si es que hasta nos costó salirnos de la rutina de hacer la maleta de obra.

Coincidir con gente que me conoce desde hace años hace que las pequeñas pausas sean también un poco raras. Y ni te digo lo de volver a compartir mesa en esta parte del mundo, recordando historias de hace veinte años. Vamos a ser unos abuelos cebolletas.


Como casi siempre, en cada viaje hay algo que conocer y que merece la pena. Esta vez me dejo llevar, aunque sea en grupo. Pillamos un taxi para cinco. Multitud. Aunque el calor ya empieza a dar un poco de tregua, cuando salimos de trabajar todavía aprieta. Nos llevan a Qasr Al Hosn, el fuerte y hogar ancestral de la familia Al Nahyan. Es el edificio más antiguo de la isla de Abu Dabi. Curioso. No había caído hasta ahora, con tanto puente y tanta carretera, que Abu Dabi es una isla.

Fue sede del poder, fortaleza defensiva y hogar de “la familia”, con mayúsculas. Hoy es un lugar curioso para entender cómo ha cambiado el país. Las fotos de hace cincuenta años lo explican mejor que cualquier discurso: de pequeña comunidad costera a la ciudad que tenemos delante ahora.

La exposición tiene su aquel. Desde la puerta original de madera, con aquella pequeña abertura para controlar quién quería entrar fuera de horas, hasta una caja metálica de galletas de mantequilla. Historia de Abu Dabi en versión museo.

Eso sí, el calor fue demasiado para los no aclimatados y más de uno terminó saliendo de allí a la carrera, buscando el aire acondicionado. Me hubiera quedado a seguir leyendo alguna información más. Como bien sabes: cada uno tiene su ritmo y yo tengo el mío.


Para colmo, cuando intento hacer de Cicerón, llega la decepción. La Sheikh Zayed Grand Mosque ha cambiado. Algo es algo, pero nada parecido a mi recuerdo —seguramente idealizado— de cuando empezaban los primeros coletazos del turismo. 




Recuerdo una visita mucho más especial, sin gente, viendo un atardecer espectacular y con la sensación de estar entrando en un sitio realmente impresionante. Y viendo lo orgullosos que me la enseñaban.

Ahora parece que la mezquita viene con centro comercial incluido. Hay que pagar entrada, te llevan por un recorrido perfectamente organizado, ya no puedes pisar aquella impresionante alfombra mullida y, para rematar, ni siquiera hace falta descalzarse. Te habré contado cientos de veces que a las mujeres les dejaban unas abayas elegantes para cubrirse y entrar en la mezquita. Ahora directamente tienes un ejército de vendedores ofreciendo pañuelos, abayas y todo tipo de prendas para las turistas que necesiten taparse.

Como casi siempre, a la carrera. Se me ha echado el tiempo encima en el último momento. Me espera el driver para llevarme al aeropuerto desde el hotel, pero no quería irme sin volver a ver los cristales horteras de las lámparas del gran templo, pero…

 


Tres veces me llaman la atención. No hago más que equivocarme con una cuerda que ni siquiera veo. Cuánto les falta por aprender a estos sobre señalización de rutas de acceso. Empiezo a pensar que la cuerda es invisible para mí y perfectamente visible para el resto. Después del tercer aviso, decido que quizá lo mejor sea dejar de luchar contra los elementos y seguir al rebaño. Culpa mía. Tendría que haber dejado de trabajar antes, pero qué quieres… la costumbre.

Esta vez, la recomendación gastronómica es un restaurante iraquí cerca del fuerte: Kabab Erbil. Muy bueno el mix grill y también los Kubba Mosul, esos que yo describiría como una especie de sándwiches iraquíes. Pero lo que me hace perder el sentido es el postre. Seguramente lo tengo prohibido: Kahi & Kemer, كاهي. Hojaldre caliente y crema que se derrama en cada mordisco.

Aunque no lo noten, para hacerme feliz no hace falta mucho. ¡¡¡Madre mía!!! 


Disfrutando por la vida.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Al Khobar: vuelta al tajo y arqueología.

Comenzamos el movimiento después del descanso estival. La falta de costumbre… y eso que han sido solo cuarenta días sin viajar. Parece una eternidad. Aunque, curiosamente, el verano ha pasado en un suspiro. Poco a poco toca volver a la realidad.

Se nota la falta de aclimatación. El tiempo en Saudi no perdona. Durante las visitas en campo parezco un surtidor. Estoy empapando las notas que intento escribir y mojando la documentación que me pasan para revisar. Solo puedo pedir disculpas.

 


Como siempre en los viajes, esta vez no iba a ser diferente, hay algo bueno, aunque la situación en el país esté caliente. Los paseos mañaneros para ver el amanecer, después de cansarme de dar vueltas en la cama. Esta vez, además, en uno de esos hoteles buenos. De los buenos de verdad. De los que, como diría Asier: "No me recuerdes las sábanas, que me pongo a llorar". Así que, por lo menos, amaneceres de lujo.

Los días, eso sí, se me han hecho muy largos. Mucho trabajo, poca colaboración y esa maravillosa sensación de que, mientras uno intenta sacar las cosas adelante, algunos parecen estar esperando tranquilamente a que te salgan mal. Pero bueno, poco a poco.

De regreso, como siempre, me he escapado un rato y he aprovechado para hacer un poco de turismo. He acabado visitando la Al Tawi Archaeological Tower.

Al llegar y leer el cartel, me troncho. ¿Arqueológica? ¡Qué mamones!

En Bilbao hay abuelas más viejas y en mejor estado. Una torre de adobe y cañas de 1928 que, según pone, se hizo para proteger un pozo. Está que se cae y el pozo… seco. Pero la curiosidad mató al gato. O como se diga.

El pobre driver, cuando me ve entrar en la "fortaleza" y comenzar a subir al primer piso…

- Sir, maybe it’s not safe.

Seguro que estaba pensando: "Como este siga subiendo y con su peso se termine de caer la torre, ¿cómo explico yo a las autoridades que ha sido él?". Porque una cosa es llevar al plasta del expatriado a ver una torre arqueológica y otra muy distinta tener que explicar que el bilbaíno se ha cargado el emblema arqueológico de la provincia y ha terminado entre los escombros.

Al ver el techo caído sobre la entreplanta, aunque por un momento me lo he pensado, decidí no seguir defendiendo el pozo. Ni terminar de destruir la torre.

Y después de tanta “arqueología” de menos de cien años, la recomendación gastronómica. En el Al Diwan, que es el restaurante libanés del Hotel Intercontinental de Al Jubail, se come bien y con amplia carta, pero caro. Por eso me quedo con un restaurante en Dammam. Hemos acabado en “The Heritage Village”, que ya te he escrito alguna vez, un sitio con museo con todo tipo de cosas “arqueológicas” de los cincuenta, coches antiguos y restaurante.


Nosotros hemos pasado directamente de los coches y del museo, que uno puede tener interés por la historia, pero tampoco hay que exagerar.

Nota: Al final he tenido suerte y se han apiadado de mí al perder la conexión. Llego para comer tarde a casa… Menos mal, porque estoy muerto, matado.

jueves, 20 de agosto de 2026

Donde todos los caminos conducen a Esparta. Peloponeso.

Otro verano de suerte, contigo, los tres mosqueteros , y con las ganas de disfrutar por bandera, nos lanzamos a descubrir el Peloponeso. Y de paso, celebrar un cumpleaños. Porque si algo tiene Grecia, es que hasta las piedras invitan a brindar.

 


Viajar en familia tiene sus trucos, y otra vez dimos en la tecla: catorce comidas —más bien jamadas— de despliegue gastronómico, a precios razonables, eso sí, no aptas para cuerpos débiles. Además, teniéndote camuflada con tu pronunciación perfecta de griego: kalimera, sasefarlsto y demás frases con las que no se nos resiste nadie sin sonreírnos. Alguno hasta le felicita a una de Leon, por su buen castellano.

 

Bastante carretera con listas de música de este siglo. El coche respondió bien a los caminos  sinuosos, y con varios conductores en el grupo, los kilómetros se hicieron cuesta abajo; hasta paramos a sacar la foto en Esparta.

 

Olimpia, la cuna de los Juegos Olímpicos, fue nuestra primera parada. Me la imaginaba un poco menos derruida, pero el espíritu competitivo pudo más y me lancé con los entrenamientos  de carreras improvisadas. Por la afición, claro.

 

Llegamos a Gerolimenas que teníamos el alojamiento con la terraza sobre el agua. Salir y al agua. Un pueblo tranquilo que te recuerda lo importante que es frenar, mirar y respirar. Bonito paseo, con un camino trampantojo y unas vistas espectaculares sobre la bahía.

 

En Gition la cosa se puso más rocosa: dormimos en una casa excavada en la piedra. Subir por sus callejuelas empinadas era como ascender por las favelas, eso sí, con vistas al faro y amaneceres de esos que te cambian el día. Y de paso, visitamos la playa de Valtaki, donde un mercante varado lleva casi medio siglo siendo parte del paisaje.

 


Playa de Mavrovouni: cinco kilómetros de arena y guijarros pequeños que me destrozaron los pies. Pero mereció la pena. A principios de verano las tortugas llegan a desovar, y en agosto nacen las crías; por eso vimos alguna que no lo logró, turrada por el sol.

 


El broche de oro: Monemvasia. Su nombre lo dice todo: "moni emvasi", una sola entrada. Un puente —hoy moderno, pero en su día con puente levadizo— une la roca con la costa de Laconia. Subir a lo alto del peñasco y descubrir toda la ciudad medieval es impresionante. 

 


 Y si te fijas en su sistema de canales excavados en la roca , con sus cisternas para recoger agua de lluvia, …te das cuenta de lo importante que debió ser aguantar en los asedios, cuando te atacan no puedes bajar a por suministros. Con semejante obra de arquitectura defensiva, está claro que a los de abajo les debían atacar asiduamente.

 

Janis, el cocinero del Mateo’s Restaurant, que había trabajado por Navarra, terminó sentándose a nuestra mesa y contó con gracia anécdotas sobre la ikurriña y cómo se negaba a servir a quienes le pedían que la quitara. Nos invitó al primer ouzo, y después de unas cuantas historias, cuando ya se acercaba la hora de irnos a descansar, nos soltó un: «Mujer, tranquila, que estás de vacaciones».

 

Y entonces llegó conocer Simos. Para llegar, dificultades en el tetris del ferry - nunca ha sido lo mío la marcha atrás -a la isla de Elafonisos (10 minutos desde Pounta) pero mereció la pena: dunas naturales, chiringuito y un agua turquesa que parece sacada de un sueño. 




Los extremos, junto a la carretera, están masificados, con auténticos parapetos para aguantar el día al sol, pero si caminas hacia la zona donde se une la isla, encuentras la soledad perfecta.  Simos es en realidad dos bahías, y las dos son un paraíso.

 

De regreso a Atenas, esta vez me parece llena de gente y de tiendas de recuerdos. Menos mal que encontramos un bar y seguimos las recomendaciones del anterior viaje.

 

En cuanto a la recomendación gastronómica, el Anesis Grill Tavern [Ψητοπωλείο Ζούνης] en Olimpia: muy buena comida, sobre todo los souvlakis, las salchichas caseras y los gyros enrollados en pita. En Monemvasia, tardaré en olvidar la cena de mi cumpleaños en el "Hayema and Aptyma Seafood Restaurant", terminando con las copas y los "monte cristos", sintiéndome Sean Connery en Los Intocables.

 


Viaje familiar, historia y playas de ensueño. El Peloponeso no es solo el camino a Esparta: es el camino de vuelta a convivir en familia, con la sensación de haber vivido algo único.

jueves, 9 de julio de 2026

Kilómetros de despedidas - Eastern Province - Al-Ahsa

Ya no me acordaba de lo duro que es trabajar en turno de noche sin tiempo para aclimatarse. A las tres de la mañana mi mente deja de ser operativa y solo soy capaz de hacer esas tareas que uno tiene memorizadas desde niño, casi por inercia.

El calor tampoco ayuda. El horario ha sido infernal, de ocho de la tarde a siete de la mañana, y ninguno de los días he conseguido terminar la jornada cuando tocaba, aunque al final, de una manera u otra, siempre se acaba sacando el trabajo adelante. No sé cuantos kilómetros habremos recorrido estas noches, persiguiendo las tres localizaciones del proyecto.

Entre auditoría y auditoría llegó una de esas llamadas que nunca apetece recibir. Desde Bilbao, una mala noticia que, aunque esperada desde hacía tiempo, no deja de doler cuando finalmente llega. Hay viajes para los que nadie está preparado y tener que pagar al bueno de Caronte para cruzar el río nunca resulta agradable, por mucho que supieras que el momento se acercaba. Allí estaba yo, en mitad de la nada, con un grupo de auditados esperando, intentando encontrar las palabras adecuadas, y solo me salió decir lo único que realmente importa en esos momentos: mucho ánimo y fuerza.




Al final todo termina, como siempre, con mucho esfuerzo y aún nos quedó tiempo para una visita relámpago a la biblioteca de Ithra, el Centro Rey Abdulaziz para la Cultura Mundial. Esta vez con el GPS del teléfono proyectado en la gran pantalla del coche. Para eso viajamos con juventud, que sabe conectar estas cosas en un momento. Un cambio enorme en seguridad, porque las veces anteriores no hacía el bueno de Jesus más que bajar la vista para mirar la pantalla del móvil mientras conducía.

Dedos cruzados, porque han vuelto a comenzar las alarmas ya que se ha vuelto a romper la fina tregua en el golfo. La gente de obra, ni se inmuta. Hoy viendo los cazas volando por encima nuestro, solo puedo pensar que es que nos acostumbramos a todo, bueno a casi todo.



En cuanto a la recomendación gastronómica, el restaurante iraquí Shekdar. Riquísimos los entrantes, acompañados de ese enorme y finísimo pan recién hecho, perfecto para mojar en el hummus y el baba ghanoush. También espectaculares las berenjenas rellenas al estilo iraquí y el kibbeh. Todo lo que lleva "iraquí" por delante y hemos probado hasta ahora está realmente bueno.

Bueno chavala, agotado, pero con ganas de verte. Yo en el aeropuerto escribiendo mientras tú y toda la cuadrilla en la catedral, y esta vez no es para ver goles. Agotado

 

Goian Bego

viernes, 26 de junio de 2026

Dammam - Calma tensa y descubrimientos gastronómicos

Semana movida en el Golfo, aunque los que de verdad os habéis achicharrado con la ola de calor habéis sido vosotros. En Bilbao los termómetros marcan incluso algún grado más y la humedad tampoco da tregua, pero las expectativas marcan la diferencia. En Dammam saben que el calor no ha hecho más que instalarse y que aún queda mucho verano por delante. En casa, en cambio, siempre esperamos que sea una excepción.


La situación sigue siendo de calma tensa. Como dicen por aquí, es un proceso frágil y lleno de matices. Cuando las negociaciones en Suiza se pararon y los iranies se levantaron de la mesa, aunque parezca mentira, aquí también se notó. Hubo bastante movimiento de cazas sobrevolando la zona y más de una mirada al cielo. Al menos no vivimos un susto como el de Doha, cuando las sirenas se activaron de madrugada, con todos los teléfonos sonando como sirenas.

En cuanto al turismo, nada de nada. Mucho trabajo, muchos kilómetros y poco margen para explorar. Aunque el hotel está bastante bien, he echado de menos la cercanía de la cama de un campamento.

La recomendación gastronómica de la semana me ha puesto en un serio aprieto, porque he tenido bastante suerte, estoy dudando entre el Shekhdar un iraquí y el Sahjarat Al-durr, un egipcio. Dos muy buenas opciones.  Pero si tengo que quedarme con uno, me quedo con la invitación del compañero egipcio, que me llevó a cenar con sus hijos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Más que una cena, fue una auténtica degustación guiada de algunos de los mejores platos de su gastronomía. Una de esas experiencias que solo ocurren cuando alguien te abre las puertas de su cultura con orgullo. 


Lo que más la “molokhya” y eso que era la segunda sopa. Al mover la cuchara parece que la sopa cobra vida, muy viscosa. Está elaborada con hojas de yute —que yo tampoco sabía lo que eran hasta ese momento— y su sabor me recordó a una mezcla de espinacas, caldo de carne y un toque de limón. Extraña al principio, pero no puedo dejar de comerla. 


Y luego llego probar, despues de una gran cantidad de platos y platillos,  los tarb. Imaginad un kebab llevado a otro nivel: carne especiada envuelta en una fina capa de grasa de cordero y cocinada a la brasa. Una auténtica barbaridad. ¿Cómo he podido vivir tantos años sin conocer esto?

viernes, 12 de junio de 2026

Doha, calma tensa y a la expectativa

Por fin me han mandado hacia el Este, y para decir verdad, pienso que no me había preguntado nunca tanta gente que tal.

Las noticias que llegan, parece que hablan de otra galaxia, con Irán, Israel y las portadas de la BBC, el mundo parece estar ardiendo. La verdad, es que, si te basa en las últimas noticias, después de tirar abajo un helicóptero Apache, se activaron los peores presagios. Y cuando a altas horas de la noche empiezan a llegar “advertencias especiales” a las aplicaciones corporativas… digamos que no es precisamente la mejor forma de conciliar el sueño ni de mantener a raya el cortisol , o como se llame eso que me dices.

 


Pero aquí, en Doha, realmente yo no noto nada. La gente está acostumbrada. La obra sigue a su ritmo, con lo normal de la tensión de los proyectos en fase de terminación. La tranquilidad te la dan los compañeros: los que llevan meses escuchando noticias y bravuconadas sin inmutarse, y que aguantaron cuando les cayeron encima los ataques a la planta. Vamos, que están que ni se inmutan. Me imagino que será como con la época de ETA, cuando los de la central no querían venir a vivir a Bilbao y preferían quedarse en un pueblo de Cantabria. Un sindios.

Yo he vuelto a toparme con mi enemigo particular: el puñetero aire acondicionado. Pasar del horno de la obra al frío invernal de las zonas con aire acondicionado a 19 grados, pues nunca lo he llevado muy bien. Me ha vuelto a poner enfermo. Constipado de novato, todo sudado, ponerte a trabajar con ese frío… Merecido por atontado, pero me ha lastrado el viaje. Cuando he soltado aquello de que quería volar las azoteas de los hoteles a cañonazos, un compañero me ha mirado con suficiencia:

—Estás mal informado. Aquí en Qatar ya van un paso por delante.

Y entonces me ha soltado el rollo técnico. Que si edificios torre de refrigeración que dan servicio al resto… Yo, con mocos y antialérgicos, he tenido que tragar y escuchar. Pero algo he aprendido sobre el “District Cooling”. En lugar de aires individuales, una planta central enfría agua cerca de 0°C y la distribuye por tuberías soterradas a los edificios. Algo de aerotermia y un intercambiador de calor usa esa agua helada para enfriar el aire. Silencioso, eficiente, sin máquinas en azoteas. Qatar va de eso.

 


Así que nada: medio enfermo —vale, enfermo entero—, pero bajo los efectos de paracetamoles y antialérgicos, me tocó hacer de Cicerone. A la carrera, porque al que le tocaba, el que realmente sabe por estar desplazado años, se le ha puesto la hija enferma. La visita: Museo Nacional de Qatar, para enseñarle la arquitectura diseñada como una flor del desierto. Luego el atrio del Museo Islámico viendo el atardecer. Impresionante, aunque no parece que se emocione como yo. Y para terminar, paseo por el zoco. Esto le gusta más, y hasta entra en el juego de comprar imanes. Por cierto, poco sitio le queda a Ama para colocar los imanes en la nevera. Espero que el compañero apreciara el esfuerzo, porque yo estaba muerto.

 


Recomendación gastronómica: vuelve a no fallar en Souq Waqif. Restaurante Layali Al Qahira, respirando el ambiente relajado —fuera no hay quien esté—. Lo mejor: los sándwiches de carne (Hawawshi, brutales), la carne a la brasa (Shish Kebab y Kofta) y el humus de berenjena (Babaghanouj) con el pan de pita.

El aeropuerto de Doha, vacío. Da un poco de cague. Y del puto aire acondicionado, mejor ni hablamos.

sábado, 23 de mayo de 2026

Izamal, Ek Balam - Como si la selva devolviera la memoria

 

Una semana espectacular en México. Mucho trabajo, muchísimo calor, comidas increíbles y, algunos de los lugares más impresionantes que he visto nunca. El cambio horario sigue ganándome la batalla: duermo tres horas al día con suerte, pero eso también tiene su lado bueno. Me da tiempo para pasear, pensar, adelantar trabajo desde el Mesón del Marqués donde me alojo… y perderme un poco por Yucatán.

Después de más de veinte horas de viaje y tres aviones desde Bilbao, llegué por fin a tierra mexicana. Todo perfecto en el aeropuerto - pese a la polémica reciente con cierta política madrileña - y nada más aterrizar escribí a Javier, el chófer que me lleva de Mérida a Valladolid:

“Como otras veces… ¿podríamos parar un par de horas en alguna ruina maya antes de volver?”

Y vaya si acertamos.

Esta vez tocó Izamal. Uno de esos días que te recuerdan la suerte que tienes. Turismo del bueno: sin aglomeraciones, con alguien de la zona enseñándote rincones auténticos y sin prisas. Además, con posibilidad de indulgencia plenaria por los 800 años de San Francisco de Asís. Nunca está de más ir sumando puntos por si acaso.


Izamal sorprende desde el primer minuto. Todas las casas pintadas del mismo amarillo ocre y blanco, según me cuentan, en honor al Vaticano tras la visita de Juan Pablo II. El conjunto es precioso. Paseamos por el convento de San Antonio de Padua, con su enorme atrio lleno de arcos, que dicen solo supera la Plaza de San Pedro. Entramos justo durante un bautizo y pudimos ver a la Virgen de Izamal, blanca impoluta.

Pero lo mejor vino después: los complejos mayas escondidos entre las casas. Pirámides que durante siglos fueron simplemente montículos cubiertos por la selva y el olvido. El propio convento franciscano está construido sobre estructuras mayas. Historia encima de historia. Precioso subir a Kinich Kakmo, el bonito sitio arqueológico de Itzamatul, aunque creo que me quedo con la zona Habur, que te da mas idea de como debió ser esta población en su época de apogeo,

Después tocó recompensa: cervezas tempraneras. En el bar me miraron raro porque para ellos aún era demasiado pronto. Pero claro, yo andaba con el horario bilbaíno en la cabeza, para mí ya había hasta pasado la hora del vermú y ellos sirviendo cafés. Me la bebí igualmente, por responsabilidad cultural.



Pasamos también por el mercado. Mangos espectaculares, cerdos descuartizados colgando, calor húmedo y vida por todas partes. México siempre tiene algo que te golpea los sentidos.

Y luego llegó otro sitio surrealista: el cenote Chihuán. Se accede bajando al sótano de una casa. Literalmente. Agua cristalina, silencio absoluto… y unos cables eléctricos cruzando el agua que no ayudaban demasiado a la tranquilidad. Dudé bastante sobre bañarme. Mucho. Al final ganó el sentido común, pero el lugar era increíble.

La semana siguió dura. Mucho trabajo, humedad aplastante y poco sueño. Pero también muchos paseos antes de que salga el sol y la sensación de estar aprovechando cada minuto.

Y justo cuando pensaba que el viaje ya estaba completo, llegó la recompensa final. Un par de horas a mi disposición, así que decidimos arriesgar un poco y con el tiempo pegado al cuello decidimos ir a la maravilla de Ek Balam. De milagro casi pierdo el vuelo a Ciudad de Mexico. Gracias infinitas por hacerme el check-in porque llegué con el embarque prácticamente cerrado. Pero mereció completamente la pena.

Ver llover sobre las ruinas mayas de Ek Balam fue uno de esos momentos difíciles de explicar. Escuchar la lluvia caer sobre piedras que llevan allí más de mil años. Imaginar a los arqueólogos cuando descubrieron en el año 2000 la tumba de Ukit Kan Lek Took’, perfectamente conservada después de más de doce siglos enterrada intencionadamente por los propios mayas para protegerla. Respiras. Escuchas. Y piensas cuánto tiempo ha pasado… y qué poco somos comparados con todo eso.  Por eso te preguntaba cuando fuimos de viaje de novios, que había arqueólogos si eran en estas pirámides..

Las vistas desde arriba son impresionantes. Y mientras miraba aquella inmensidad pensé en cómo debió sentirse quien descubrió algunas de estas estructuras ocultas por la vegetación hace apenas unas décadas. Como si la selva hubiera decidido devolver una parte de la memoria.

La fachada principal sigue siendo original, sin reconstrucciones artificiales ni decorados modernos. Solo conservación cuidadosa. Relieves y esculturas mayas auténticas sobreviviendo desde el siglo VIII. Es espectacular, segun dicen se parecen demasiado a las indias, por lo que sugieren que llegaron antes que los españoles.


Recomendación gastronómica , vuelvo al  restaurante AHAL, en Valladolid -“amanecer” o “despertar” en maya- . No perderse las enchiladas de camarón con mole, chocolate, cacahuete y queso, una mezcla rarísima sobre el papel, pero perfecta en la boca. Y detalle importante para los que ya habíamos estado antes: donde en 2024 servían cinco enchiladas, ahora sirven cuatro. La inflación - no recuerdo como decia Alex que llamaba a esto de darte menos al mismo precio-  también llega a los mayas.