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viernes, 24 de abril de 2026

En Saltemo- hablando del clásico

 

Lo que empieza mal, a veces te da las sorpresas bonitas que no esperabas. Como esta pesadez de viaje.

Corrí por todo el aeropuerto, cambié de terminal, sufrí las restricciones en el tren que me robo más de diez minutos, hice el último sprint hasta que el cuerpo aguantó… pero las azafatas me cerraron la puerta en la cara. Y lo peor: estaba abierta. Todavía en el “finger” se las veía despidiendose. Un fastidio. Casi me da algo, se me salía el corazón por la boca. Cuando recupere el fuelle, la que quedo en la terminal, me escucho con un aire, de y a mi qué.  Dormí mal unas horas en Madrid para coger el vuelo de primera hora y luego, en Buenos Aires, otro hotel de aeropuerto. Patagonia no está en temporada alta, pocas conexiones y el viaje se empeñó en complicarse. Perdí dos noches por culpa del mal hacer de Iberia en Tierra.

 

Pero Argentina tiene cosas distintas. Nada más llegar, me sorprende ver en los jardines de las carreteras coches metidos hasta debajo de los árboles para pasar el “día de campo”… en plena ciudad, rodeado de más coches. Es curioso, al menos. Y vendedores de cometas, globos para niños y comida ambulante por todas partes. En mitad de una autovía …

Mi odisea de más de 40 horas me dejó, como regalo, presenciar en un bar un Superclásico: River contra Boca. Perder en casa de tu rival histórico, de penalti, con quejas al árbitro… todo un espectáculo. En el minuto 48 del segundo tiempo, un delantero cayó en el área tras un empujón por la espalda. Todo el mundo reclamó, pero el árbitro no sancionó nada. En el bar hubo más que palabras: unos decían que sí, otros que no. Hasta que preguntaron al imparcial.

—Para mí, penalti claro —dije—.

Se hizo el silencio. Ellos pensaban que era gringo y que no me enteraba.

—¡Lo ves! —gritó el de River, mirándome como si fuera un experto.

Los otros: “¿Qué sabrá el gallego? Si en España pitan todo”. Aquí lo raro es que no entrase el VAR.

 

Ya en el avión rumbo a Trelew, me tocó de compañera de asiento una fotógrafa. Me sonríe con un buen castellano a lo “Doña Clocleta”. Lleva una valija única, la vi en el “shuttle” del Marriott hacia el aeropuerto . Vicky, mayor, está retocando fotos de Kenia en el ordenador. Elefantes preciosos. Impresionante. Viaja sola, a su ritmo, siempre sacando fotos. Le han publicado en África Geographic y en muchas revistas, libros… muy maja. Ella va a fotografiar orcas en Trelew. Yo, nada. Otra vez en blanco, si no llego a perder la conexión, lo tenia organizado.  Me imagino que otra vez será.

 


Semana intensa, más de lo normal, para recuperar el percance de llegar tarde. Pero como siempre, después de la paliza, llegan momentos por los que merece la pena. Las últimas horas, por fin, para visitar algo más que el aeropuerto.

Dejé las maletas en la consigna de Ezeiza y cogí un Uber para seguir las recomendaciones de Álex. A mi bola, paseando por San Telmo. Me pedí un vino en un bar centenario, lleno de bufandas y escudos de medio mundo, donde me siguen preguntando si vi el clásico. Cuando digo lo del penalti, claro, salta uno: “¡Lo ves!”. Se quitan tensiones. El camarero, de River, sigue despotricando contra el árbitro… pero me saca unos cacahuetes.

 


En el mercado no es fácil elegir dónde comer. Mesas corridas. Me pareció ver a Álex de la Iglesia dando cuenta de una comida en un plato metálico, mientras observa la vida. Mira que si al final salimos reflejados en algún guion. Los turistas apoderándose de los barrios tranquilos…

En cuanto a la recomendación gastronómica está clara: Hierro Parrilla, San Telmo. Al final me decanté por la barra con mejor brasa y un reservorio de brasa al punto, importante.

El choripán de cerdo clásico XL: pan flauta casero, chorizo de cerdo casero de 200 gramos, chimichurri y salsa criolla. Qué maravilla de bocadillo. La carne —un bife de chorizo de medio kilo de novillo pampas o Black Angus— y las empanadas de cerdo ahumado están buenas, pero me sorprende más el choripán. Con el vino y el sifón. ¡Menudo arte!


Codo con codo, en la barra, con Emiliano, el Peruzzo. Es el nieto de Marga, que tiene un bodegón con su nombre, de comida casera. Nos lo recomienda. Él corría de chico —tampoco ahora es muy alto; me doy cuenta cuando salta del taburete y le digo: “¡Pero si eres como Messi!”; los de la parrilla entera se troncha de risa—, cuando el mercado era un mercado con vida de barrio, con sus verduras, pastas, pollos… y no como ahora, un sitio de comida rápida. Lo dice con nostalgia. Al final la conversación tiró al tema de los países que van a robar los recursos de Argentina. Él dice que las petroleras internacionales están para robarles, pero yo lo dulcifico. No sé en qué momento se enteró de que trabajamos para el gremio. Igual alguien habla de más. Alegría a raudales. Pena la despedida.

Con otro brindis más, no me hubiera importado perder otro vuelo.

La cara de la tripulación de cabina en el avión al entrar… ahumados, no tiene desperdicio.

—¿Qué? ¿Hasta el último momento disfrutando de la carne argentina?

—Como lo sabrán…

Es lo que tiene comer junto a las brasas.

viernes, 17 de abril de 2026

Roma, al fin… aunque sea sin ti

 

Menuda escapada loca, a lo rico. Una noche sabe a mucho, con yincanas superando la locura de los coches de alquiler en la nueva zona del aeropuerto, los jaleos de los alojamientos, el tráfico… Pero siempre está la gozada que es volver a nuestros rincones y tradiciones… aunque sea sin ti. Ciertamente, ha sido una escapada más alegre de lo esperado. Yo iba con el corazón encogido, sabiendo que no debía llorar ni ponerme triste. Pero al final siempre, aunque sea de carabina, he vuelto a esta maravilla de ciudad. Roma, al fin. Si es que se me hace raro, raro, estar dentro del Panteón sin sacarte la foto.

 


Nuestra asignatura pendiente en Ostia Antica, truncada hace un par de años por el mal tiempo, ha quedado más que compensada. Pero, ay, para ver bien esa maravilla hace falta mucho más tiempo, así que, sufriendo un poco más, tendré que volver y hacerte de cicerone. Esta vez me ha parecido con poco guiri y muchos chavales de “excursión cultural” en Ostia Antica, cosa curiosa. Será porque es miércoles y, al igual que tú, la gente tiene el mal hábito de trabajar en mitad de la semana. Lo de poner la oreja en las clases al aire libre es toda una experiencia: explicaciones a “nivel bambino” que sorprenden con su curiosidad. Que si el sestercio valía más o no que su peso en oro… Y ver la cara de la profesora sin saber qué contestar no tiene precio.

 


Nuestro guía —Álvaro, experto como el que más— nos lleva a la carrera a ver los imprescindibles. Casas de cinco estrellas, eso sí. Se ha olvidado de que ya no estamos para este ritmo, ni María ni yo. Yo sigo con las agujetas después de tanto gimnasio. Paseíto por el puerto, donde Carlos se lleva un alegrón viendo que la flota plentziatarra está en mucho mejor estado de revista.



De regreso, en la Ciudad Eterna, una maravilla volver a disfrutar de los mismos restaurantes, pasear por las calles que tanto hemos recorrido juntos… aunque me falta medio cuerpo en Roma sin ti. Casi ni le digo nada a Susi para que me compre algo. Algún regateo en el Campo de Fiori, saludando a Mauro, y el bueno de su hermano Fabriccio me hace de trilero con el azafrán; comprarle el ramito de pimientos a Franca… En fin, aunque me digan que me llevan el producto a casa, hay que seguir viniendo y saludando para que sepamos que seguimos vivos. Por cierto, me parece que en Roma han vuelto a subir los precios. Tomar un pote: 8 € el vino tinto es un robo. Se ríen en Bilbao cuando comparto con los del Desberdin para que me suban los precios, pero ya nos llegará.

 


En Ostia volvemos a disfrutar de la pasta y de la tripa a la romana en el restaurante “Arianna al Borghetto”: trippa alla romana, abbacchio, carbonara… Todo como debe ser. En Roma, volvemos a la “Pizzeria del Baffetto”, la caprichosa de locos. Un lugar que no olvidaremos… para que me vuelvan a invitar en un 55 cumpleaños, aunque alguna borderia cae con el graciosillo del camarero y la pizza con cebolla.




 Pero la recomendación gastronómica, sorprendentemente, es en el aeropuerto. Un trato de lujo a la carta en la sala Plaza Premium First. La recepcionista, con una seguridad en el producto que tiene entre sus manos, me suelta:

—¿Ha estado usted en esta sala antes?

—Pues no lo sé, mezclo los aeropuertos.

—Si no se acuerda, es que no ha estado.

¡Joder con la italiana!




Pues una gozada acoplarme así a este viaje —siempre hace falta un violinista, aunque toque desafinado— para un cumpleaños con rima importante, aunque sea de carabina. Una que yo sé ya está planificando el siguiente viaje, que para eso es eterna, como la ciudad.


domingo, 22 de marzo de 2026

Primavera en la ría y los primeros verdeles.

 Salir de Bilbao al inicio de la primavera, sin prisa y sin más plan que salir de casa, y disfrutar de los amigos y unas risas, se convirtió en un día especial, a lo tonto, de los que tardas en olvidar y recordaré sin duda con cariño.

Comenzamos viendo a los artesanos de la madera, con mucha moral, intentando dar una segunda vida al “Urdin”, con todas las tablas al aire y la panza abierta. Trabajo paciente, poco a poco, pieza a pieza. Me acuerdo de lo que disfrutaría Javi con una tarea así, titánica, un objetivo para un par de primaveras. 



Un paseo por el muelle, con la marea más baja que he visto, tomar unos potes en el pueblo entre los efluvios de las pucheras te abren el apetito. Una cata de tortilla y, por esas casualidades de la vida, gracias al WhatsApp…

Salir a la mar en la preciosa y concurrida villa de Plentzia es una gozada. Con la bonita balsa motora, da gusto salir por la ría, pasear con calma desde el castillito, con sus restos de la bateria militar de la costa, hasta las calas de Barrika.

Tranquilidad, disfrutar del paisaje, cruzarse con los otros botes, muchas cañas, algunas señas y símbolos entre patronos con caras de resignación: parece que aún no han entrado los verdeles a la bahía. Nadie pesca, pero algunos tienen "primi". No será porque no le insisto  al patron que cuando me toca tirar el aparejo..

 


Al final, como siempre, haciendo caso al experto marinero, comenzamos a tirar la caña donde y como nos decía. Empezamos a sacar cabrillas que rápidamente se devolvían al mar para que no ocuparan el anzuelo. Luego comenzó a picar el makarel —que según nos dice nos servirá como carnaza para futuras salidas— y después llegó la alegría incontrolable de empezar a subir los verdeles. Los chicharritos, a pesar de mi cara, tampoco son bien recibidos y son devueltos a la bahia.

El cubo se empezó a llenar, mi ilusión era grande. Pero la cara del último grumete —yo ya me doy por avanzado— al subir de primeras cinco capturas, el primer día que usaba una caña, es inenarrable. Eso sí que es empezar con buena mano.


El día espectacular, impresionante la luz y la calma. Deberías haber venido: te tratan de lujo en estos barcos. Será que me ven muy vulnerable rodeado de tanta agua, pero disfruto muchísimo.

En cuanto a la recomendación gastronómica: la tortilla de patatas del Bibi, muy jugosa, y la pesca, digan lo que digan, abre el apetito.

 

 





 

Un poco de culturilla marina :

“La principal diferencia entre el verdel (Scomber scombrus) y la macarela o estornino (Scomber japonicus, a veces llamada "makarel" por influencia inglesa) radica en su aspecto fisico y anatomia. El verdel tiene rayas negras más definidas y dorso azul intenso, mientras que la macarela presenta manchas moteadas en la barriga y ojos más grandes.”

”Aunque ambos son pescados azules ricos en Omega-3, el verdel es muy valorado por su sabor intenso y carne más blanca en comparación con la macarela, que puede tener un sabor más fuerte y carne más oscura. “

 


jueves, 19 de marzo de 2026

Regreso a Hassi Messau

 En mi regreso a Argelia, no he podido evitar pensar en cuánto ha cambiado todo desde hace veinte años y de aquella vez en Hassi Messau de la que tantas veces nos hemos reído, cuando te contaba las cosas por correo, cartas largas y con más tiempo. También los viajes y las ausencias eran bastante más largas.



Aquella escena casi de película: un banco perdido en mitad de la nada, sacando dinero en bolsas de basura, el motor del coche en marcha, tensión en el ambiente… y aquella mujer espectacular, con vaqueros y camiseta amarilla ajustada, que parecía salida de un guion de cine. Todo tenía un aire caótico, improvisado…

Hoy, sin embargo, el paisaje humano es otro. Lo que veo no me gusta: más pobre, menos risas y mucho más velo; muchas menos mujeres vestidas “a la europea”. Me he estado fijando y se reconocía fácilmente a la que no era argelina. Se nota un cambio visual muy fuerte. Dicen que la influencia cultural ya no viene de Francia, de esa idea de modernidad occidental, sino también de los países del Golfo. Y se percibe. Mucho. La presión social, el “qué dirán”, pesa más que antes.

Bueno, al grano: esta vez hemos llegado en pleno Ramadán, con un compañero poco curtido en estos lances. Empezamos con mal pie, comiendo el catering mientras el resto ayunaba, en un avión de hélice que parecía de los años setenta, lleno de moscas y medio roto… nosotros, prácticamente los únicos “infieles”. Fallo mío, no caí en la cuenta, pero menudos caretos nos estaban poniendo. Según me dicen, lo habían repartido para esperar, porque tocaba la hora de romper el ayuno antes del aterrizaje, pero… nosotros servir y comer. Ellos dándole al tasbih digital con saña y venga a mostrármelo. Yo pensando que sería el tamagochi que llevaban. Es la primera vez que me fijo; igual es típico de esta zona, como un rosario digital para avisar o contar las oraciones. 



Aquí, como bien sabes, hay reglas no escritas que pesan mucho. Si las miradas matasen… Aunque nadie te obligue a ayunar, comer o beber en público durante el día se percibe como una falta de respeto enorme.

La semana, cuesta arriba: mucha espera a la escolta, muchos kilómetros de carretera de la obra al hotel, a Hassi, porque aún no tenemos nuestro campamento; así que más agotado de lo normal, pero ya trabajo terminado.

El viaje de regreso me ha dado para otra lección. Con lo viajado que me creo, me han dado en todo lo alto. Esta vez, gracias a un compañero iraní: tras los ataques a la obra de Qatar, es el tema de conversación, junto con los partidos de la Champions League, en la que se han cargado a la mayoría de los ingleses. Yo, con mis referencias de siempre al conflicto, hablando de la “primavera árabe”… y zasca: “nosotros somos persas”. Y claro, tiene razón. Ni hablan árabe ni se identifican como tal. A veces simplificamos demasiado desde fuera. Me hablaba de su país, de lo que significa vivir bajo un sistema donde religión y Estado son lo mismo, donde las palabras “dictadura” o “totalitarismo” se quedan cortas. De los millones de iraníes que querrían volver si las cosas cambiaran y de los que siguen allí, aguantando. Y te das cuenta de lo complejo que es todo, de que no es blanco o negro, de que incluso una guerra, si llegara a perderse, no garantiza nada, que después puede que todo siga igual.

Argelia también refleja algo de eso. Aunque sobre el papel exista libertad religiosa, la identidad del país está profundamente ligada al islam. No es un Estado laico, y eso se nota en el día a día, en los gestos, en lo que se puede y no se puede hacer. Y, sin embargo, entre todo eso, sigo viendo lo mismo que vi hace veinte años: un país lleno de contradicciones, de gente que intenta vivir lo mejor que puede dentro de su realidad.

La recomendación gastronomica, al romper el ayuno el cordero - borrego grande- asado, con verduras, pura delicia del Euro Japan Ressidence, en Hassi. Se me saltan las lagrimas. Que arte!!!

Cuando vuelva, busco aquel correo. Creo que me va a hacer gracia releerlo ahora, con todo esto en perspectiva.

viernes, 27 de febrero de 2026

Shakira pasa por Mérida mientras el país aguanta la respiración

Otra vez, semana complicada. Dicen que México vive días de cambios. Y no precisamente de los que llegan con aire fresco.  Siempre que ha llovido, ha escampado ...


Hasta el tranquilo Caribe parece contener la respiración. Matan al jefe del cártel principal del país y, de repente, todo México entra en alerta máxima. Las noticias abren con tonos graves en casa; los mensajes cruzan el Atlántico cargados de preocupación y, desde el otro lado del charco, me imagino que nos imagináis como otras veces, con el miedo en el cuerpo, escuchando en el hotel las balaceras. Pero, sin embargo, aquí… no se nota nada. Bueno, casi nada. Tal vez menos turismo. Y eso, en esta zona, sí puede ser una señal. Y bastante más policía.

Menos mal que Shakira y yo decidimos no cambiar nuestros planes. A mí no me ha afectado en el trabajo. A la cantante colombiana… quién sabe. Nos cruzamos con los vehículos que la llevaban al estadio para su concierto. Aquello parecía más una caravana presidencial que una gira musical: motoristas abriendo paso, coches de policía escoltando y, cerrando el convoy, militares con pasamontañas, de pie en la parte trasera de las furgonetas, bien arriba, con el dedo en el gatillo de unas gigantes metralletas o lo que fueran —pistolas de agua para refrescarla no eran—. No sé si en su vida artística habrá tenido muchas entradas triunfales así, pero, desde luego, discretas no eran. Y por lo que he visto a la llegada, menudo chandal!!!



Y, mientras tanto, la vida real continua y yo no lo desaprovecho. Visitar el Mercado de San Benito, en Mérida, vuelve a ser un espectáculo para los sentidos. Colores que compiten entre sí, olores que se mezclan sin pedir permiso y un bullicio que te obliga a estar alerta.

—¡Chaparrito, aparta!

Gritan, tronchándose de risa, los que avanzan a toda velocidad con las carretillas cargadas hasta arriba para surtir los puestos. Aunque el chaparro, le saca una cabeza o dos a la mayoría.

Después de pasearme por los puestos de carne de res —con algún cartel que mejor no mirar dos veces—, las frutas, las verduras y ese festival de colores imposibles, me concentro en lo importante: los chiles. En todas sus versiones. Secos, frescos, ahumados, pequeños pero letales. Una gozada. Estoy en mi salsa. Y, por cierto, ni rastro de gringos por la zona.


En cuanto a las recomendaciones, hemos probado de todo. En “El Lucero”, con cada cerveza llegan tantas botanas que uno duda si ha venido a beber o a cenar sin querer. Sales rodando. En “Crabster - Paseo 60” ocurre lo contrario: pagas la comida y, entre semana, la cerveza es gratis; el compañero en cada ronda pregunta: «Esta es al mismo precio, ¿no?». Que aguante, parece no tener fin.

Pero esta vez, para la recomendación gastronómica, me quedo con “La Brasa - Parrilla Uruguaya”. Un patio con una pequeña piscina, cinco mesas y a disfrutar. Famosa por sus cócteles, pero su parrilla, cumple con creces. Muy buena la picaña. Y ese caldo de hueso que te sirven al principio, como cortesía, es la mejor carta de presentación.

Curioso el roce entre vecinos: el de arriba, regando, moja a una de las mesas bajo un árbol frondoso de estos americanos, y el encargado llama a la policía diciendo que la va a armar, que se va a enterar, que ya está bien. Al final, cuatro coches de policía y uno de policía ambiental. Me parece un despropósito. Igual es que luego cenan ellos también allí.

La vida —con escolta o sin ella— continúa. Y nosotros también, ya queda menos para el cabrito.


lunes, 16 de febrero de 2026

Pamplona en Carnaval - Restaurante Europa

A veces los viajes no terminan cuando aterrizas, sino cuando, después de horas de vuelo y con el cuerpo pidiendo la cama a gritos, te sientas al volante. Reconozco que no fue lo más sensato del mundo. La poca visibilidad y el agua azotando el parabrisas hacían que cada kilómetro se hiciera eterno. Solo quería llegar. 

Pero el tradicional viaje anual “a por las estrellas Michelin” nunca defrauda. Todo medido, todo pensado. Bea y compañía lo organizan como nadie: guía de lujo, buenas mesas y ni rastro de friturres innecesarios. Ir con está cuadrilla es fácil y siempre suma. 

En Pamplona, el plan era sencillo y perfecto: unos potes con buen vino navarro y cena en La Bankada. Afuera la lluvia no daba tregua; dentro, calor de cuadrilla y una insonorización que invitaba a quedarse. Cuando el grupo es grande, decidir puede ser lo más complicado. Aquí se optó por la mejor solución: no elegir. Ponerse en manos de la casa. Servicio diligente, rápido y siempre con una sonrisa. Los “takones cercanos – txipirotakoak”, una tortilla de camarón con chipirones, casi justificaban el viaje por sí solos. Habrían sido recomendación gastronómica indiscutible de esta entrada, pero aquella noche jugaban con competencia seria. 

El cuerpo no daba para más. Y te lo agradezco. Una retirada a tiempo también es una victoria, aunque fue una sorpresa lo fácil que resulto. Quizá fue el agotamiento; quizá la mezcla exacta entre el silencio de la habitación y el eco de una cena redonda. Tocaba cura de sueño: casi diez horas seguidas —algo que no recordaba— en el céntrico Hotel Maisonnave, en la Calle Nueva. Todo un descubrimiento. 


El sábado amaneció con promesa. La visita comenzó en el histórico Café Iruña. Qué envidia dan estos locales grandes, con historia, con vida en las paredes. Después, recorrido cultural por la ciudad: el trazado del encierro —con fotos que lo atestiguan—, y como no, visita al mercado. Sorprendía la pescadería con la mar revuelta de esos días; quién sabe en qué caladeros faenan estos navarros. 



En plenos carnavales nos acercamos a la calle Navarrería, a la Fuente de la Navarrería. En San Fermín allí se lanzaban desde lo alto; hoy la fuente se desmonta en fiestas. En carnaval, sin embargo, es escenario central de la quema de “Mari Trapu”, la muñeca que representa a la malvada jefa de los francos que saqueó la ciudad y murió abrasada en su propia torre.




Uno de los paseos más bonitos fue por la Calle Redín, detenida en el tiempo, con su aire medieval intacto. Casonas de piedra, un pasadizo elevado que permitía a las monjas cruzar sin romper la clausura… parece un decorado, pero es real. Desde la muralla, en el Baluarte de Redín, las vistas de la cuenca son espectaculares. Y algún cartel curioso recuerda que allí no estuvo el bueno de Hemingway. 


En cuanto a la recomendación gastronómica, llegó de la mano de las hermanas Idoate en el Restaurante Europa: raíces, identidad y cultura. Mari Carmen en el comedor nos guió desde el principio; Laura siempre atenta y Javier, con el vino, afinando cada elección. La perfección asomó en la “Croqueta de Pilar de jamón ibérico” —probablemente la mejor croqueta de jamón que he probado y algo por lo que deberíamos traerle al pequeño de la casa—. El “cochinillo de Segovia a baja temperatura con puré de calabaza asada y cítricos”, memorable. Pero el plato que tardaré en olvidar es ese que terminan ante ti: el “pichón de Araiz, pechuga asada y muslito guisado al estilo tradicional”. 




Escapada de diez, porque son gente con estrella. Se lo merecen todo. Hay que disfrutar de ellos, mientras se pueda.

viernes, 13 de febrero de 2026

Visita al Zayed National Museum – de profesión estrena museos

 Bueno… cómo pasa el tiempo.

En 2017 visité por primera vez el Distrito Cultural, en la isla de Saadiyat. Aquel viaje tenía un propósito muy claro: conocer el recién inaugurado Louvre Abu Dhabi. Recuerdo perfectamente la impresión que me causó. Fue uno de esos lugares que se te quedan grabados, no solo por lo que ves, sino por lo que sientes al estar allí.

Hoy he vuelto. Esta vez para visitar el recién inaugurado Museo Nacional Zayed. Como bien dices, hay que buscar un hueco e inventar una nueva profesión: además de estar de visita por el mundo, de profesión… estrenar museos.

Y qué museo.

Es una pasada. De verdad. El edificio, los espacios, intentar imaginar cómo construyeron estas maravillas en medio del desierto… La manera en la que cuentan la historia de los Emiratos está pensada con una elegancia y una ambición que impresionan. En menos de cien años, un cambio radical: de las dunas al epicentro cultural mundial.

Y, sin embargo, me he sorprendido pensando que hace casi diez años me impactó aún más aquella primera visita. Quizá porque era la primera vez. Quizá porque todo aquello era completamente nuevo. O quizá porque uno también cambia. Lo que más gracia me ha hecho ha sido ver el todoterreno que usaba el emir por las dunas. Al final, igual solo hace falta un buen motor para moverse por el desierto y desinflar las ruedas.

Mientras caminaba por el distrito, me he dado cuenta de que aún me queda mucho por descubrir. El Museo de Historia Natural sigue pendiente. Y dentro de unos meses, cuando el proyecto que he venido a visitar esta semana esté más avanzado, seguramente también estará listo el Guggenheim Abu Dhabi. Será otra excusa perfecta para volver.

Y en tardes como la de hoy, caminando entre estos espacios de la zona rica de Abu Dabi, pensando en el tiempo que ha pasado y en todo lo que está por venir, me siento bien pagado…

Aunque para cenar en “El Maté”, adonde me han llevado, no me llega.

Menudos precios. La carne no costaba lo que ponía en la carta… costaba eso por cada cien gramos. Y ni para eso me alcanzaban las dietas. Cuando el camarero me ha dicho que la carne que había pedido se les había terminado y le he contestado que me daba igual —que la había elegido porque era la más barata—, muy serio me ha explicado que la que me ofrecía era más pequeña y, por lo tanto, más económica. “Solo” seiscientos y pico dirhams. Unos 140 euros por menos de medio kilo de carne.

Se notaba nada más entrar que el restaurante era de lujo. Pero tiene precios para el emérito. Y estaba lleno.

Así que sí. La recomendación gastronómica vuelve a ser el Silk & Spice del hotel Sofitel, una maravilla de comida tailandesa. Esta vez he probado el Gai Phad Med Mamuang (especialidad del chef), pollo salteado al wok con anacardos, y a “solo” 85 dirhams —ahora 

viernes, 6 de febrero de 2026

San Luis Río Colorado, o cómo me inicié en la costra de asado

Los planes cambian sobre la marcha y toca adaptarse con una sonrisa, aunque sea medio torcida. La fiesta del viernes por la Constitución, de repente, se adelanta al lunes. Ni idea del porqué, pero nos descoloca los planes y comenzamos trabajando desde el hotel. Está claro que en todas partes se trabaja más los lunes que los viernes. Al final tocó apretar, sacar el trabajo adelante y robarle horas al sueño. Resultado: agotados.

Paso Frontera

La semana, según los locales, “tranquila”. Aunque desde la habitación del hotel el ruido constante de sirenas y helicópteros americanos en la frontera contaba una historia algo distinta. En fin, la vida en este lado del mundo no vale lo mismo, y si eres mujer, pues casi nada.

Algodón

De regreso, curioso el trayecto entre San Luis Río Colorado, donde el tiempo y las agujas del reloj parecen confirmar a Einstein: sales a las ocho y, tras una hora de trayecto, llegas… a las ocho. Todo es relativo. Gracias a tu ayuda consigo entrar a la sala. La invitación cuesta treinta euros y no estamos dispuestos a pagarlos, así que me dedico a salir de vez en cuando para sacar botellines de agua al compañero, para que se hidrate: con los desayunos copiosos de México, en las dos horas siguientes necesitas una fuente cerca.

Empezamos el viaje viendo cómo suben a un preso a nuestro avión. Escena de película de narcos: lo embarcan por la puerta trasera, antes que nosotros, bien esposado y rodeado de gente con pasamontañas y armados hasta los dientes. Y a mí solo se me ocurre pensar en la típica peli en la que los colegas secuestran el avión y lo desvían a la sierra boliviana. En la fila de embarque, un poco acojonados y entre risas, vamos mirando quién tiene pinta de malo capaz de salvar a su amigo… pero por las pintas, podrían ser un ejército. Te escribo estas líneas desde Ciudad de México, así que todo bien: la película solo estuvo en nuestras cabezas.

Recomendación gastronómica: tras terminar el trabajo nos llevaron ayer a la Taquería Chipillón. Un local que parece de comida rápida de los ochenta, pero donde sirven auténtica carne sonorense, sabrosa y perfectamente troceada, no picada, parece que ese es el punto. Pero el arte del Chipillón va más allá de la carne. El local es de película: mesas corridas, platos de plástico, papel de aluminio y servilletas de papel. Los camareros, muy amables, colocan en cada mesa una bandeja compartida volante con salsas y complementos, invitándote a personalizar cada bocado. Me recuerda a la bandeja de los turrones que daba vueltas en casa en las cenas de Navidad. Y la cebolla asada que nos ponen, sencillamente, impresionante.

 


Sus tacos son distintos, cada uno con personalidad propia. Me dejo aconsejar y empiezo con:

·       Taco de Chipillón (pastor en tortilla de harina): combinación ganadora. Pastor, chile de California y queso . Que sabor!!!

·       Taco de cabeza (en tortilla de maíz): como nuestra carrillera, impresionante.

·       Taco de tripa (en tortilla de harina): hay que pedirla “más hecha” para lograr ese punto crujiente por fuera y carnoso por dentro. Una delicia para valientes, aunque no creo que te gustara eso de comer intestinos rellenos.


Con tres tacos sales más que satisfecho, física y anímicamente. Pero la tentación de uno más —¿cómo resistirse a esa costra de queso?— es enorme y, seamos sinceros, casi siempre caemos, como con la espuela en García Rivero.


La costra de asado no es un taco, es una declaración de intenciones. Yo no la conocía, pero tú ya sabías que era keto. Yo no había oído hablar de ella, pero ya sabes: “cuando yo voy, tú vuelves de allí”. Queso planchado hasta quedar crujiente, relleno de jugosa carne asada.

El trato es excelente, y eso termina de redondear la experiencia. Volveré, si me dejan…

 

 


viernes, 23 de enero de 2026

Pasando fresco en el desierto de Al Udayd:

Aquí, escribiéndote, por un pelo no consigo adelantar la llegada a casa. He perdido el vuelo por culpa de unos inexpertos en el control de seguridad de la T4. No siempre se puede… 

En el control de seguridad han dejado pasar a un grupo entero de personas que perdían su vuelo a Bolivia. Perdían el vuelo y, con lo que han tardado, me imagino que ahora estarán dando vueltas por la T1. ¡Qué desastres! Lo de sacar lo electrónico para pasar por el escáner no era un término válido ni entendible para ellos. Botes de gel y chocolates han sacado bastantes, pero no sé qué no entendían de “sacar todo lo electrónico” para el control. Pero bueno… vuelta para atrás una y otra vez por no sacar teléfonos y maquinitas. Un cuarto de hora perdido… y unas horas de trabajo ganadas por la empresa en Madrid.



Volver al trabajo es volver a viajar, y en esta ocasión menuda diferencia. No solo son las once horas de huso horario entre Dammam y Mexicali, sino la aerolínea: Qatar Airways sabe cómo mimar a la gente.

Ha sido una semana intensa. Durmiendo a ratos, como se puede. Me han preguntado dos veces cómo aguanto este ritmo: tantos vuelos, tantos continentes. La respuesta es sencilla: esto engancha. El trajín te obliga a soltar lastres y a romper una y otra vez con la rutina. Incluso mis viajes pueden volverse previsibles, pero siempre busco algo nuevo que aprender, aunque en este, mas que nada, aprender a tener paciencia. Este proyecto es multicultural donde los haya —parece la ONU—, y como diría Santi: “La madre de los tontos está siempre pariendo…”. Me siento como un visitante permanente, y no me disgusta. Y por si se me olvida… ¿te has fijado cuántas veces me preguntan en Bilbao, nada más llegar, cuándo me vuelvo a ir? La verdad es que en ningún sitio me siento del todo fuera.

Según lo hablado, hemos librado, parece que no tocaba jugar al Risk. Esta vez, invierno saudí y un campamento a medio montar, encajado con calzador en la inmensidad del desierto. Las mañanas son un golpe de realidad: seis grados en una habitación helada donde eliges entre el “runrún” del aire acondicionado o el silencio gélido. Suelo quedarme con el frío. Afuera, el teléfono marca -3 °C de sensación térmica, el viento con la arena hace de exfoliante implacable, ya verás que cutis. Aquí la gomina es innecesaria; al caer la noche, el pelo queda rígido por el polvo acumulado.



Arrastro cansancio y falta de sueño. Anoche, haciendo un verdadero esfuerzo, me quedé a ver al Athletic hasta el descanso. Me dormí cuando íbamos perdiendo 1-0 y desperté de golpe: ¡1-3 y ganando! La adrenalina me invadió y no pude pegar ojo el resto de la noche. Terminamos con un 2-3 que confirmó la victoria. ¡Qué alegría! Soy fácil de influenciar: todo se ve con otro color cuando gana el Athletic. El mundo parece más amable, menos malo ( o como diga la canción), los retos más pequeños y hasta sacas energía de la nada para seguir tirando.

Bueno, esta vez sin recomendación gastronómica. Me he alimentado a base de curries, sabzi (verduras picantes cocidas), pollos y chapatis. Al no haber cocina aún funcionando en el campamento, la comida te llega fría y apelmazada en una bandeja blanca de poliestireno. Así que la recomendación es la cena del avión… Prawn and mango curry with spiced crispy okra, jeera rice and green salad.

viernes, 16 de enero de 2026

Kiss me before flight: de Bilbao a Mexicali

Arranco el año con mi regalo de Reyes en la mochila: la etiqueta que dice “Kiss me before flight”, pero recibo los mismos que siempre, bueno, uno menos porque al mediano lo tenemos por “las Italias”. Ironías del destino, estos han sido vuelos transoceánicos con poco encanto: niños llorando, perros patada, turbulencias que sacuden el asiento…

Mi séptimo viaje a Mexicali, y solo ahora caigo en el origen de su nombre: México + California. Al otro lado de la frontera, en Estados Unidos, está Calexico —Cal(ifornia) + (M)exico—, un juego de espejos toponímicos que resume la esencia de la zona, en la que diariamente miles de personas cruzan de un lado a otro.

La semana de trabajo en Mexicali ha sido tranquila, productiva. Ni sirenas lejanas, ni tiros al aire. Parece que los malotes están en pausa. Pero el descanso no fue completo: una madrugada, entre el jet lag y la confusión, desperté sintiendo que la cama se elevaba en horizontal, como si alguien me levantara de golpe. Fue mi primer terremoto vertical, de esos que suben y bajan en lugar de mecerte de lado a lado. Entre el cambio de horario y el movimiento de placas, me han dado la semanita, así que agotado…


En Ciudad de México, las esperas se alargan. Con las obras del aeropuerto por el Mundial, solo una sala business sigue operativa de las tres que solían aliviarnos el tedio. Curiosidad: al dejar la propina al camarero, este me pregunta si soy del Madrid o del Barça. “Es que Xavi está aquí —me dice—, con algo de la sede de Monterrey para el Mundial”. Como bien me conoces, me acerqué con algo de “timidez” al grupo de viejas glorias, y ahí estaba el one-club man. Majete, se levantó sin dudar y se sacó la foto conmigo después de decirle que yo al Barça de ahora ni agua, y que era del Athletic. Al resto, les castigué con el látigo de mi indiferencia.

En cuanto a la recomendación gastronómica, esta vez me propuse una ruta de tacos. Tres noches, tres cocinas distintas. La ganadora claroa, la del restaurante “Cauce by Albaricoque”, un local nuevo y por eso igual vacío. Pedí sus tacos de cochinita pibil —cuatro por $275—, acompañados de cebolla encurtida y cilantro (este último, por suerte, fácil de apartar). La salsa, potente y "picosa", calentaba el labio.