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lunes, 16 de febrero de 2026

Pamplona en Carnaval - Restaurante Europa

A veces los viajes no terminan cuando aterrizas, sino cuando, después de horas de vuelo y con el cuerpo pidiendo la cama a gritos, te sientas al volante. Reconozco que no fue lo más sensato del mundo. La poca visibilidad y el agua azotando el parabrisas hacían que cada kilómetro se hiciera eterno. Solo quería llegar. 

Pero el tradicional viaje anual “a por las estrellas Michelin” nunca defrauda. Todo medido, todo pensado. Bea y compañía lo organizan como nadie: guía de lujo, buenas mesas y ni rastro de friturres innecesarios. Ir con está cuadrilla es fácil y siempre suma. 

En Pamplona, el plan era sencillo y perfecto: unos potes con buen vino navarro y cena en La Batada. Afuera la lluvia no daba tregua; dentro, calor de cuadrilla y una insonorización que invitaba a quedarse. Cuando el grupo es grande, decidir puede ser lo más complicado. Aquí se optó por la mejor solución: no elegir. Ponerse en manos de la casa. Servicio diligente, rápido y siempre con una sonrisa. Los “takones cercanos – txipirotakoak”, una tortilla de camarón con chipirones, casi justificaban el viaje por sí solos. Habrían sido recomendación gastronómica indiscutible de esta entrada, pero aquella noche jugaban con competencia seria. 

El cuerpo no daba para más. Y te lo agradezco. Una retirada a tiempo también es una victoria, aunque fue una sorpresa lo fácil que resulto. Quizá fue el agotamiento; quizá la mezcla exacta entre el silencio de la habitación y el eco de una cena redonda. Tocaba cura de sueño: casi diez horas seguidas —algo que no recordaba— en el céntrico Hotel Maisonnave, en la Calle Nueva. Todo un descubrimiento. 


El sábado amaneció con promesa. La visita comenzó en el histórico Café Iruña. Qué envidia dan estos locales grandes, con historia, con vida en las paredes. Después, recorrido cultural por la ciudad: el trazado del encierro —con fotos que lo atestiguan—, y como no, visita al mercado. Sorprendía la pescadería con la mar revuelta de esos días; quién sabe en qué caladeros faenan estos navarros. 



En plenos carnavales nos acercamos a la calle Navarrería, a la Fuente de la Navarrería. En San Fermín allí se lanzaban desde lo alto; hoy la fuente se desmonta en fiestas. En carnaval, sin embargo, es escenario central de la quema de “Mari Trapu”, la muñeca que representa a la malvada jefa de los francos que saqueó la ciudad y murió abrasada en su propia torre.




Uno de los paseos más bonitos fue por la Calle Redín, detenida en el tiempo, con su aire medieval intacto. Casonas de piedra, un pasadizo elevado que permitía a las monjas cruzar sin romper la clausura… parece un decorado, pero es real. Desde la muralla, en el Baluarte de Redín, las vistas de la cuenca son espectaculares. Y algún cartel curioso recuerda que allí no estuvo el bueno de Hemingway. 


En cuanto a la recomendación gastronómica, llegó de la mano de las hermanas Idoate en el Restaurante Europa: raíces, identidad y cultura. Mari Carmen en el comedor nos guió desde el principio; Laura siempre atenta y Javier, con el vino, afinando cada elección. La perfección asomó en la “Croqueta de Pilar de jamón ibérico” —probablemente la mejor croqueta de jamón que he probado y algo por lo que deberíamos traerle al pequeño de la casa—. El “cochinillo de Segovia a baja temperatura con puré de calabaza asada y cítricos”, memorable. Pero el plato que tardaré en olvidar es ese que terminan ante ti: el “pichón de Araiz, pechuga asada y muslito guisado al estilo tradicional”. 




Escapada de diez, porque son gente con estrella. Se lo merecen todo. Hay que disfrutar de ellos, mientras se pueda.

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