Bueno… cómo pasa el tiempo.
En
2017 visité por primera vez el Distrito Cultural, en la isla de Saadiyat. Aquel
viaje tenía un propósito muy claro: conocer el recién inaugurado Louvre Abu
Dhabi. Recuerdo perfectamente la impresión que me causó. Fue uno de esos
lugares que se te quedan grabados, no solo por lo que ves, sino por lo que
sientes al estar allí.
Hoy he
vuelto. Esta vez para visitar el recién inaugurado Museo Nacional Zayed. Como
bien dices, hay que buscar un hueco e inventar una nueva profesión: además de
estar de visita por el mundo, de profesión… estrenar museos.
Y qué
museo.
Es una
pasada. De verdad. El edificio, los espacios, intentar imaginar cómo
construyeron estas maravillas en medio del desierto… La manera en la que
cuentan la historia de los Emiratos está pensada con una elegancia y una
ambición que impresionan. En menos de cien años, un cambio radical: de las
dunas al epicentro cultural mundial.
Y, sin
embargo, me he sorprendido pensando que hace casi diez años me impactó aún más
aquella primera visita. Quizá porque era la primera vez. Quizá porque todo
aquello era completamente nuevo. O quizá porque uno también cambia. Lo que más
gracia me ha hecho ha sido ver el todoterreno que usaba el emir por las dunas.
Al final, igual solo hace falta un buen motor para moverse por el desierto y
desinflar las ruedas.
Mientras
caminaba por el distrito, me he dado cuenta de que aún me queda mucho por
descubrir. El Museo de Historia Natural sigue pendiente. Y dentro de unos
meses, cuando el proyecto que he venido a visitar esta semana esté más
avanzado, seguramente también estará listo el Guggenheim Abu Dhabi. Será otra
excusa perfecta para volver.
Y en
tardes como la de hoy, caminando entre estos espacios de la zona rica de Abu
Dabi, pensando en el tiempo que ha pasado y en todo lo que está por venir, me
siento bien pagado…
Aunque
para cenar en “El Maté”, adonde me han llevado, no me llega.
Menudos
precios. La carne no costaba lo que ponía en la carta… costaba eso por cada
cien gramos. Y ni para eso me alcanzaban las dietas. Cuando el camarero me ha
dicho que la carne que había pedido se les había terminado y le he contestado
que me daba igual —que la había elegido porque era la más barata—, muy serio me
ha explicado que la que me ofrecía era más pequeña y, por lo tanto, más
económica. “Solo” seiscientos y pico dirhams. Unos 140 euros por menos de medio
kilo de carne.
Se
notaba nada más entrar que el restaurante era de lujo. Pero tiene precios para
el emérito. Y estaba lleno.
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