Otra vez, semana complicada. Dicen que México vive días de cambios. Y no precisamente de los que llegan con aire fresco. Siempre que ha llovido, ha escampado ...
Menos mal que Shakira y yo decidimos no cambiar
nuestros planes. A mí no me ha afectado en el trabajo. A la cantante
colombiana… quién sabe. Nos cruzamos con los vehículos que la llevaban al
estadio para su concierto. Aquello parecía más una caravana presidencial que
una gira musical: motoristas abriendo paso, coches de policía escoltando y,
cerrando el convoy, militares con pasamontañas, de pie en la parte trasera de
las furgonetas, bien arriba, con el dedo en el gatillo de unas gigantes
metralletas o lo que fueran —pistolas de agua para refrescarla no eran—. No sé
si en su vida artística habrá tenido muchas entradas triunfales así, pero,
desde luego, discretas no eran. Y por lo que he visto a la llegada, menudo
chandal!!!
Y, mientras tanto, la vida real continua y yo
no lo desaprovecho. Visitar el Mercado de San Benito, en Mérida, vuelve a ser un
espectáculo para los sentidos. Colores que compiten entre sí, olores que se
mezclan sin pedir permiso y un bullicio que te obliga a estar alerta.
—¡Chaparrito, aparta!
Gritan, tronchándose de risa, los que avanzan
a toda velocidad con las carretillas cargadas hasta arriba para surtir los
puestos. Aunque el chaparro, le saca una cabeza o dos a la mayoría.
Después de pasearme por los puestos de carne
de res —con algún cartel que mejor no mirar dos veces—, las frutas, las
verduras y ese festival de colores imposibles, me concentro en lo importante:
los chiles. En todas sus versiones. Secos, frescos, ahumados, pequeños pero
letales. Una gozada. Estoy en mi salsa. Y, por cierto, ni rastro de gringos por
la zona.
En cuanto a las recomendaciones, hemos probado de todo. En “El Lucero”, con cada cerveza llegan tantas botanas que uno duda si ha venido a beber o a cenar sin querer. Sales rodando. En “Crabster - Paseo 60” ocurre lo contrario: pagas la comida y, entre semana, la cerveza es gratis; el compañero en cada ronda pregunta: «Esta es al mismo precio, ¿no?». Que aguante, parece no tener fin.
Pero esta vez, para la recomendación
gastronómica, me quedo con “La Brasa - Parrilla Uruguaya”. Un patio con una
pequeña piscina, cinco mesas y a disfrutar. Famosa por sus cócteles, pero su
parrilla, cumple con creces. Muy buena la picaña. Y ese caldo de hueso que te
sirven al principio, como cortesía, es la mejor carta de presentación.
Curioso el roce entre vecinos: el de arriba, regando, moja a una de las
mesas bajo un árbol frondoso de estos americanos, y el encargado llama a la
policía diciendo que la va a armar, que se va a enterar, que ya está bien. Al
final, cuatro coches de policía y uno de policía ambiental. Me parece un
despropósito. Igual es que luego cenan ellos también allí.
La vida —con escolta o sin ella— continúa. Y nosotros también, ya queda menos para el cabrito.





Mu bueno hermano! A por el chile na mas
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