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sábado, 23 de mayo de 2026

Izamal, Ek Balam - Como si la selva devolviera la memoria

 

Una semana espectacular en México. Mucho trabajo, muchísimo calor, comidas increíbles y, algunos de los lugares más impresionantes que he visto nunca. El cambio horario sigue ganándome la batalla: duermo tres horas al día con suerte, pero eso también tiene su lado bueno. Me da tiempo para pasear, pensar, adelantar trabajo desde el Mesón del Marqués donde me alojo… y perderme un poco por Yucatán.

Después de más de veinte horas de viaje y tres aviones desde Bilbao, llegué por fin a tierra mexicana. Todo perfecto en el aeropuerto - pese a la polémica reciente con cierta política madrileña - y nada más aterrizar escribí a Javier, el chófer que me lleva de Mérida a Valladolid:

“Como otras veces… ¿podríamos parar un par de horas en alguna ruina maya antes de volver?”

Y vaya si acertamos.

Esta vez tocó Izamal. Uno de esos días que te recuerdan la suerte que tienes. Turismo del bueno: sin aglomeraciones, con alguien de la zona enseñándote rincones auténticos y sin prisas. Además, con posibilidad de indulgencia plenaria por los 800 años de San Francisco de Asís. Nunca está de más ir sumando puntos por si acaso.


Izamal sorprende desde el primer minuto. Todas las casas pintadas del mismo amarillo ocre y blanco, según me cuentan, en honor al Vaticano tras la visita de Juan Pablo II. El conjunto es precioso. Paseamos por el convento de San Antonio de Padua, con su enorme atrio lleno de arcos, que dicen solo supera la Plaza de San Pedro. Entramos justo durante un bautizo y pudimos ver a la Virgen de Izamal, blanca impoluta.

Pero lo mejor vino después: los complejos mayas escondidos entre las casas. Pirámides que durante siglos fueron simplemente montículos cubiertos por la selva y el olvido. El propio convento franciscano está construido sobre estructuras mayas. Historia encima de historia. Precioso subir a Kinich Kakmo, el bonito sitio arqueológico de Itzamatul, aunque creo que me quedo con la zona Habur, que te da mas idea de como debió ser esta población en su época de apogeo,

Después tocó recompensa: cervezas tempraneras. En el bar me miraron raro porque para ellos aún era demasiado pronto. Pero claro, yo andaba con el horario bilbaíno en la cabeza, para mí ya había hasta pasado la hora del vermú y ellos sirviendo cafés. Me la bebí igualmente, por responsabilidad cultural.



Pasamos también por el mercado. Mangos espectaculares, cerdos descuartizados colgando, calor húmedo y vida por todas partes. México siempre tiene algo que te golpea los sentidos.

Y luego llegó otro sitio surrealista: el cenote Chihuán. Se accede bajando al sótano de una casa. Literalmente. Agua cristalina, silencio absoluto… y unos cables eléctricos cruzando el agua que no ayudaban demasiado a la tranquilidad. Dudé bastante sobre bañarme. Mucho. Al final ganó el sentido común, pero el lugar era increíble.

La semana siguió dura. Mucho trabajo, humedad aplastante y poco sueño. Pero también muchos paseos antes de que salga el sol y la sensación de estar aprovechando cada minuto.

Y justo cuando pensaba que el viaje ya estaba completo, llegó la recompensa final. Un par de horas a mi disposición, así que decidimos arriesgar un poco y con el tiempo pegado al cuello decidimos ir a la maravilla de Ek Balam. De milagro casi pierdo el vuelo a Ciudad de Mexico. Gracias infinitas por hacerme el check-in porque llegué con el embarque prácticamente cerrado. Pero mereció completamente la pena.

Ver llover sobre las ruinas mayas de Ek Balam fue uno de esos momentos difíciles de explicar. Escuchar la lluvia caer sobre piedras que llevan allí más de mil años. Imaginar a los arqueólogos cuando descubrieron en el año 2000 la tumba de Ukit Kan Lek Took’, perfectamente conservada después de más de doce siglos enterrada intencionadamente por los propios mayas para protegerla. Respiras. Escuchas. Y piensas cuánto tiempo ha pasado… y qué poco somos comparados con todo eso.  Por eso te preguntaba cuando fuimos de viaje de novios, que había arqueólogos si eran en estas pirámides..

Las vistas desde arriba son impresionantes. Y mientras miraba aquella inmensidad pensé en cómo debió sentirse quien descubrió algunas de estas estructuras ocultas por la vegetación hace apenas unas décadas. Como si la selva hubiera decidido devolver una parte de la memoria.

La fachada principal sigue siendo original, sin reconstrucciones artificiales ni decorados modernos. Solo conservación cuidadosa. Relieves y esculturas mayas auténticas sobreviviendo desde el siglo VIII. Es espectacular, segun dicen se parecen demasiado a las indias, por lo que sugieren que llegaron antes que los españoles.


Recomendación gastronómica , vuelvo al  restaurante AHAL, en Valladolid -“amanecer” o “despertar” en maya- . No perderse las enchiladas de camarón con mole, chocolate, cacahuete y queso, una mezcla rarísima sobre el papel, pero perfecta en la boca. Y detalle importante para los que ya habíamos estado antes: donde en 2024 servían cinco enchiladas, ahora sirven cuatro. La inflación - no recuerdo como decia Alex que llamaba a esto de darte menos al mismo precio-  también llega a los mayas.

 

martes, 12 de mayo de 2026

Vuelta al Real de la Feria- Jerez de La Frontera

Hemos aguantado, tres años sin volantes, sin el albero, sin las casetas ni el alumbrado del Real de la Feria… Pero, por fin, el “grupo duro” de la cuadrilla flamenca desempolvó los trajes y tras una lección de sevillanas en Arceniega, allá que nos fuimos a Jerez de la Frontera. 



Si es que nos atrapa el duende y nos gusta la chufla, más que a un tonto un lápiz. Yo ya estoy pensando en repetir la próxima en Carmona; aunque algunos dicen que es poca feria para nosotros. Espero que no tenga que pasar otro trienio.

En la feria, un poco de desilusión porque esperaba más caballos, lo confieso. Pero lo que faltaba de colorido lo pusimos nosotros: “Los Monamoreños”, dignas comparsas de la mismísima Lola Flores, o más. Un grupo de baile con muchas ganas que, entre tanta luz y farolillo, y aunque ya no estemos para más de un día de espectáculo, no dejó una sevillana sin bailar… ¡Pero qué juerga, para tirar cohetes!

Duro el día después. El cuerpo avisa y comienzan los achaques. Terminamos cambiándonos el nombre artístico, pasando a ser “los Monamoyayos”, con dolores, molestias y un “¡qué pena!” que te salía del alma, mientras yo intentaba ponerme recto y me frotaba las lumbares.

Además de la fiesta, es muy bonito visitar Jerez en esta época del año. Precioso ver el centro lleno de jacarandas… Muy colorida la flor, pero, como dicen los lugareños: “para su padre”, porque tiñe los coches y resbala muchísimo.


Visitamos la bodega de Cayetano del Pino, donde unos guías demasiado internacionales nos enseñaron, a su manera, la esencia de los vinos: fino, oloroso, amontillado, palo cortado, cream… Menuda chapa nos soltó la noruega con su difícil traducción simultánea. Para mí, más que una bodega es un almacén, porque lo que hacen es trasegar el vino de una barrica a otra. El primer caldo lo traen de donde están las vides, y de eso aquí no hablan nada.

Lo mejor de todo fueron las etiquetas de las botellas antiguas, que parecían más propaganda de farmacia:  “Alegría Mundial. Poderoso reconstituyente, Jerez. Sano estimulante de los grandes centros nerviosos.” El vinito que curaba la pena tras perder la última colonia y volver de Cuba: les daban al llegar el “quita penas” y a cantar. “San Cayetano. La providencia sobre la laringe. Vino preservativo de la difteria.” ¡Y el monaguillo que está con el santo, con la copa!



Uno de los mejores descubrimientos de esta escapada primaveral, para mí, han sido los tabancos: bares con encanto y, si tienes suerte, un poco de cante. ¡Qué envidia me dan estas tascas! Fuimos a ver el espectáculo del Tabanco El Pasaje (C/ Santa María, 8). Como una bodeguita, con sus “botas”, sus platitos de chicharrones y el flamenco en directo. Según pone el cartel de la entrada, todos los días a las 14:00, 19:30 y 21:30 h hay espectáculo “Flamenco de Jerez”, con baile, cante y guitarra.

En cuanto a la recomendación gastronómica, aunque repetimos todo el rato lo mismo, el restaurante no es de Cádiz, es cerca del aeropuerto de Sevilla, donde también terminamos el viaje. Venta Campo Rico, El Arriero, un gran descubrimiento: riquísima la presa y la pluma ibérica a la brasa, el jamón, las patatas con gambas y, sin olvidarnos, la tarta de piñones. Y mucho mundo taurino en las paredes…