Hemos aguantado, tres años sin volantes, sin el albero, sin las casetas ni el alumbrado del Real de la Feria… Pero, por fin, el “grupo duro” de la cuadrilla flamenca desempolvó los trajes y tras una lección de sevillanas en Arceniega, allá que nos fuimos a Jerez de la Frontera.
Si es que nos atrapa el duende y nos gusta la chufla, más que a un tonto un lápiz. Yo ya estoy pensando en repetir la próxima en Carmona; aunque algunos dicen que es poca feria para nosotros. Espero que no tenga que pasar otro trienio.
En la feria, un poco de desilusión porque esperaba más caballos, lo
confieso. Pero lo que faltaba de colorido lo pusimos nosotros: “Los Monamoreños”,
dignas comparsas de la mismísima Lola Flores, o más. Un grupo de baile con
muchas ganas que, entre tanta luz y farolillo, y aunque ya no estemos para más
de un día de espectáculo, no dejó una sevillana sin bailar… ¡Pero qué juerga,
para tirar cohetes!
Duro el día después. El cuerpo avisa y comienzan los achaques. Terminamos cambiándonos el nombre artístico, pasando a ser “los Monamoyayos”, con dolores, molestias y un “¡qué pena!” que te salía del alma, mientras yo intentaba ponerme recto y me frotaba las lumbares.
Además de la fiesta, es muy bonito visitar Jerez en esta época del año.
Precioso ver el centro lleno de jacarandas… Muy colorida la flor, pero, como
dicen los lugareños: “para su padre”, porque tiñe los coches y resbala
muchísimo.
Visitamos la bodega de Cayetano del Pino, donde unos guías demasiado
internacionales nos enseñaron, a su manera, la esencia de los vinos: fino,
oloroso, amontillado, palo cortado, cream… Menuda chapa nos soltó la noruega
con su difícil traducción simultánea. Para mí, más que una bodega es un
almacén, porque lo que hacen es trasegar el vino de una barrica a otra. El
primer caldo lo traen de donde están las vides, y de eso aquí no hablan nada.
Lo mejor de todo fueron las etiquetas de las botellas antiguas, que parecían más propaganda de farmacia: “Alegría Mundial. Poderoso reconstituyente, Jerez. Sano estimulante de los grandes centros nerviosos.” El vinito que curaba la pena tras perder la última colonia y volver de Cuba: les daban al llegar el “quita penas” y a cantar. “San Cayetano. La providencia sobre la laringe. Vino preservativo de la difteria.” ¡Y el monaguillo que está con el santo, con la copa!
Uno de los mejores descubrimientos de esta escapada primaveral, para mí,
han sido los tabancos: bares con encanto y, si tienes suerte, un poco de cante.
¡Qué envidia me dan estas tascas! Fuimos a ver el espectáculo del Tabanco El
Pasaje (C/ Santa María, 8). Como una bodeguita, con sus “botas”, sus platitos
de chicharrones y el flamenco en directo. Según pone el cartel de la entrada,
todos los días a las 14:00, 19:30 y 21:30 h hay espectáculo “Flamenco de
Jerez”, con baile, cante y guitarra.
En cuanto a la recomendación gastronómica, aunque repetimos todo el rato lo
mismo, el restaurante no es de Cádiz, es cerca del aeropuerto de Sevilla, donde
también terminamos el viaje. Venta Campo Rico, El Arriero, un gran
descubrimiento: riquísima la presa y la pluma ibérica a la brasa, el jamón, las
patatas con gambas y, sin olvidarnos, la tarta de piñones. Y mucho mundo
taurino en las paredes…





Los Monamoreños triunfaron en su primera y única actuación. Les felicitaron desde el público. Y les sacaron algunas fotos... a petición del grupo. Eso sí, en plazas de 3ª no actuan Dignidad sobre todo.
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