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viernes, 26 de junio de 2026

Dammam - Calma tensa y descubrimientos gastronómicos

Semana movida en el Golfo, aunque los que de verdad os habéis achicharrado con la ola de calor habéis sido vosotros. En Bilbao los termómetros marcan incluso algún grado más y la humedad tampoco da tregua, pero las expectativas marcan la diferencia. En Dammam saben que el calor no ha hecho más que instalarse y que aún queda mucho verano por delante. En casa, en cambio, siempre esperamos que sea una excepción.


La situación sigue siendo de calma tensa. Como dicen por aquí, es un proceso frágil y lleno de matices. Cuando las negociaciones en Suiza se pararon y los iranies se levantaron de la mesa, aunque parezca mentira, aquí también se notó. Hubo bastante movimiento de cazas sobrevolando la zona y más de una mirada al cielo. Al menos no vivimos un susto como el de Doha, cuando las sirenas se activaron de madrugada, con todos los teléfonos sonando como sirenas.

En cuanto al turismo, nada de nada. Mucho trabajo, muchos kilómetros y poco margen para explorar. Aunque el hotel está bastante bien, he echado de menos la cercanía de la cama de un campamento.

La recomendación gastronómica de la semana me ha puesto en un serio aprieto, porque he tenido bastante suerte, estoy dudando entre el Shekhdar un iraquí y el Sahjarat Al-durr, un egipcio. Dos muy buenas opciones.  Pero si tengo que quedarme con uno, me quedo con la invitación del compañero egipcio, que me llevó a cenar con sus hijos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Más que una cena, fue una auténtica degustación guiada de algunos de los mejores platos de su gastronomía. Una de esas experiencias que solo ocurren cuando alguien te abre las puertas de su cultura con orgullo. 


Lo que más la “molokhya” y eso que era la segunda sopa. Al mover la cuchara parece que la sopa cobra vida, muy viscosa. Está elaborada con hojas de yute —que yo tampoco sabía lo que eran hasta ese momento— y su sabor me recordó a una mezcla de espinacas, caldo de carne y un toque de limón. Extraña al principio, pero no puedo dejar de comerla. 


Y luego llego probar, despues de una gran cantidad de platos y platillos,  los tarb. Imaginad un kebab llevado a otro nivel: carne especiada envuelta en una fina capa de grasa de cordero y cocinada a la brasa. Una auténtica barbaridad. ¿Cómo he podido vivir tantos años sin conocer esto?

viernes, 12 de junio de 2026

Doha, calma tensa y a la expectativa

Por fin me han mandado hacia el Este, y para decir verdad, pienso que no me había preguntado nunca tanta gente que tal.

Las noticias que llegan, parece que hablan de otra galaxia, con Irán, Israel y las portadas de la BBC, el mundo parece estar ardiendo. La verdad, es que, si te basa en las últimas noticias, después de tirar abajo un helicóptero Apache, se activaron los peores presagios. Y cuando a altas horas de la noche empiezan a llegar “advertencias especiales” a las aplicaciones corporativas… digamos que no es precisamente la mejor forma de conciliar el sueño ni de mantener a raya el cortisol , o como se llame eso que me dices.

 


Pero aquí, en Doha, realmente yo no noto nada. La gente está acostumbrada. La obra sigue a su ritmo, con lo normal de la tensión de los proyectos en fase de terminación. La tranquilidad te la dan los compañeros: los que llevan meses escuchando noticias y bravuconadas sin inmutarse, y que aguantaron cuando les cayeron encima los ataques a la planta. Vamos, que están que ni se inmutan. Me imagino que será como con la época de ETA, cuando los de la central no querían venir a vivir a Bilbao y preferían quedarse en un pueblo de Cantabria. Un sindios.

Yo he vuelto a toparme con mi enemigo particular: el puñetero aire acondicionado. Pasar del horno de la obra al frío invernal de las zonas con aire acondicionado a 19 grados, pues nunca lo he llevado muy bien. Me ha vuelto a poner enfermo. Constipado de novato, todo sudado, ponerte a trabajar con ese frío… Merecido por atontado, pero me ha lastrado el viaje. Cuando he soltado aquello de que quería volar las azoteas de los hoteles a cañonazos, un compañero me ha mirado con suficiencia:

—Estás mal informado. Aquí en Qatar ya van un paso por delante.

Y entonces me ha soltado el rollo técnico. Que si edificios torre de refrigeración que dan servicio al resto… Yo, con mocos y antialérgicos, he tenido que tragar y escuchar. Pero algo he aprendido sobre el “District Cooling”. En lugar de aires individuales, una planta central enfría agua cerca de 0°C y la distribuye por tuberías soterradas a los edificios. Algo de aerotermia y un intercambiador de calor usa esa agua helada para enfriar el aire. Silencioso, eficiente, sin máquinas en azoteas. Qatar va de eso.

 


Así que nada: medio enfermo —vale, enfermo entero—, pero bajo los efectos de paracetamoles y antialérgicos, me tocó hacer de Cicerone. A la carrera, porque al que le tocaba, el que realmente sabe por estar desplazado años, se le ha puesto la hija enferma. La visita: Museo Nacional de Qatar, para enseñarle la arquitectura diseñada como una flor del desierto. Luego el atrio del Museo Islámico viendo el atardecer. Impresionante, aunque no parece que se emocione como yo. Y para terminar, paseo por el zoco. Esto le gusta más, y hasta entra en el juego de comprar imanes. Por cierto, poco sitio le queda a Ama para colocar los imanes en la nevera. Espero que el compañero apreciara el esfuerzo, porque yo estaba muerto.

 


Recomendación gastronómica: vuelve a no fallar en Souq Waqif. Restaurante Layali Al Qahira, respirando el ambiente relajado —fuera no hay quien esté—. Lo mejor: los sándwiches de carne (Hawawshi, brutales), la carne a la brasa (Shish Kebab y Kofta) y el humus de berenjena (Babaghanouj) con el pan de pita.

El aeropuerto de Doha, vacío. Da un poco de cague. Y del puto aire acondicionado, mejor ni hablamos.