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jueves, 20 de agosto de 2026

Donde todos los caminos conducen a Esparta. Peloponeso.

Otro verano de suerte, contigo, los tres mosqueteros , y con las ganas de disfrutar por bandera, nos lanzamos a descubrir el Peloponeso. Y de paso, celebrar un cumpleaños. Porque si algo tiene Grecia, es que hasta las piedras invitan a brindar.

 


Viajar en familia tiene sus trucos, y otra vez dimos en la tecla: catorce comidas —más bien jamadas— de despliegue gastronómico, a precios razonables, eso sí, no aptas para cuerpos débiles. Además, teniéndote camuflada con tu pronunciación perfecta de griego: kalimera, sasefarlsto y demás frases con las que no se nos resiste nadie sin sonreírnos. Alguno hasta le felicita a una de Leon, por su buen castellano.

 

Bastante carretera con listas de música de este siglo. El coche respondió bien a los caminos  sinuosos, y con varios conductores en el grupo, los kilómetros se hicieron cuesta abajo; hasta paramos a sacar la foto en Esparta.

 

Olimpia, la cuna de los Juegos Olímpicos, fue nuestra primera parada. Me la imaginaba un poco menos derruida, pero el espíritu competitivo pudo más y me lancé con los entrenamientos  de carreras improvisadas. Por la afición, claro.

 

Llegamos a Gerolimenas que teníamos el alojamiento con la terraza sobre el agua. Salir y al agua. Un pueblo tranquilo que te recuerda lo importante que es frenar, mirar y respirar. Bonito paseo, con un camino trampantojo y unas vistas espectaculares sobre la bahía.

 

En Gition la cosa se puso más rocosa: dormimos en una casa excavada en la piedra. Subir por sus callejuelas empinadas era como ascender por las favelas, eso sí, con vistas al faro y amaneceres de esos que te cambian el día. Y de paso, visitamos la playa de Valtaki, donde un mercante varado lleva casi medio siglo siendo parte del paisaje.

 


Playa de Mavrovouni: cinco kilómetros de arena y guijarros pequeños que me destrozaron los pies. Pero mereció la pena. A principios de verano las tortugas llegan a desovar, y en agosto nacen las crías; por eso vimos alguna que no lo logró, turrada por el sol.

 


El broche de oro: Monemvasia. Su nombre lo dice todo: "moni emvasi", una sola entrada. Un puente —hoy moderno, pero en su día con puente levadizo— une la roca con la costa de Laconia. Subir a lo alto del peñasco y descubrir toda la ciudad medieval es impresionante. 

 


 Y si te fijas en su sistema de canales excavados en la roca , con sus cisternas para recoger agua de lluvia, …te das cuenta de lo importante que debió ser aguantar en los asedios, cuando te atacan no puedes bajar a por suministros. Con semejante obra de arquitectura defensiva, está claro que a los de abajo les debían atacar asiduamente.

 

Janis, el cocinero del Mateo’s Restaurant, que había trabajado por Navarra, terminó sentándose a nuestra mesa y contó con gracia anécdotas sobre la ikurriña y cómo se negaba a servir a quienes le pedían que la quitara. Nos invitó al primer ouzo, y después de unas cuantas historias, cuando ya se acercaba la hora de irnos a descansar, nos soltó un: «Mujer, tranquila, que estás de vacaciones».

 

Y entonces llegó conocer Simos. Para llegar, dificultades en el tetris del ferry - nunca ha sido lo mío la marcha atrás -a la isla de Elafonisos (10 minutos desde Pounta) pero mereció la pena: dunas naturales, chiringuito y un agua turquesa que parece sacada de un sueño. 




Los extremos, junto a la carretera, están masificados, con auténticos parapetos para aguantar el día al sol, pero si caminas hacia la zona donde se une la isla, encuentras la soledad perfecta.  Simos es en realidad dos bahías, y las dos son un paraíso.

 

De regreso a Atenas, esta vez me parece llena de gente y de tiendas de recuerdos. Menos mal que encontramos un bar y seguimos las recomendaciones del anterior viaje.

 

En cuanto a la recomendación gastronómica, el Anesis Grill Tavern [Ψητοπωλείο Ζούνης] en Olimpia: muy buena comida, sobre todo los souvlakis, las salchichas caseras y los gyros enrollados en pita. En Monemvasia, tardaré en olvidar la cena de mi cumpleaños en el "Hayema and Aptyma Seafood Restaurant", terminando con las copas y los "monte cristos", sintiéndome Sean Connery en Los Intocables.

 


Viaje familiar, historia y playas de ensueño. El Peloponeso no es solo el camino a Esparta: es el camino de vuelta a convivir en familia, con la sensación de haber vivido algo único.