Otro verano de suerte, contigo, los tres mosqueteros , y con las ganas de disfrutar por bandera, nos lanzamos a descubrir el Peloponeso. Y de paso, celebrar un cumpleaños. Porque si algo tiene Grecia, es que hasta las piedras invitan a brindar.
Viajar en
familia tiene sus trucos, y otra vez dimos en la tecla: catorce comidas —más
bien jamadas— de despliegue gastronómico, a precios razonables, eso sí, no
aptas para cuerpos débiles. Además, teniéndote camuflada con tu pronunciación
perfecta de griego: kalimera, sasefarlsto y demás frases con las que no se nos
resiste nadie sin sonreírnos. Alguno hasta le felicita a una de Leon, por su
buen castellano.
Bastante
carretera con listas de música de este siglo. El coche respondió bien a los
caminos sinuosos, y con varios conductores en el grupo, los
kilómetros se hicieron cuesta abajo; hasta paramos a sacar la foto en Esparta.
Olimpia, la
cuna de los Juegos Olímpicos, fue nuestra primera parada. Me la imaginaba un
poco menos derruida, pero el espíritu competitivo pudo más y me lancé con los
entrenamientos de carreras improvisadas. Por la afición, claro.
Llegamos a
Gerolimenas que teníamos el alojamiento con la terraza sobre el agua. Salir y
al agua. Un pueblo tranquilo que te recuerda lo importante que es frenar, mirar
y respirar. Bonito paseo, con un camino trampantojo y unas vistas
espectaculares sobre la bahía.
En Gition la
cosa se puso más rocosa: dormimos en una casa excavada en la piedra. Subir por
sus callejuelas empinadas era como ascender por las favelas, eso sí, con vistas
al faro y amaneceres de esos que te cambian el día. Y de paso, visitamos la
playa de Valtaki, donde un mercante varado lleva casi medio siglo siendo
parte del paisaje.
Playa de
Mavrovouni: cinco kilómetros de arena y guijarros pequeños que me destrozaron
los pies. Pero mereció la pena. A principios de verano las tortugas llegan a
desovar, y en agosto nacen las crías; por eso vimos alguna que no lo logró,
turrada por el sol.
El broche de
oro: Monemvasia. Su nombre lo dice todo: "moni emvasi", una sola
entrada. Un puente —hoy moderno, pero en su día con puente levadizo— une la
roca con la costa de Laconia. Subir a lo alto del peñasco y descubrir toda la
ciudad medieval es impresionante.
Y si te
fijas en su sistema de canales excavados en la roca , con sus cisternas para
recoger agua de lluvia, …te das cuenta de lo importante que debió ser aguantar
en los asedios, cuando te atacan no puedes bajar a por suministros. Con
semejante obra de arquitectura defensiva, está claro que a los de abajo les
debían atacar asiduamente.
Janis, el
cocinero del Mateo’s Restaurant, que había trabajado por Navarra, terminó
sentándose a nuestra mesa y contó con gracia anécdotas sobre la ikurriña y cómo
se negaba a servir a quienes le pedían que la quitara. Nos invitó al primer
ouzo, y después de unas cuantas historias, cuando ya se acercaba la hora de
irnos a descansar, nos soltó un: «Mujer, tranquila, que estás de vacaciones».
Y entonces llegó conocer Simos. Para llegar, dificultades en el tetris del ferry - nunca ha sido lo mío la marcha atrás -a la isla de Elafonisos (10 minutos desde Pounta) pero mereció la pena: dunas naturales, chiringuito y un agua turquesa que parece sacada de un sueño.
Los extremos, junto a la carretera, están masificados, con auténticos parapetos para aguantar el día al sol, pero si caminas hacia la zona donde se une la isla, encuentras la soledad perfecta. Simos es en realidad dos bahías, y las dos son un paraíso.
De regreso a
Atenas, esta vez me parece llena de gente y de tiendas de recuerdos. Menos mal
que encontramos un bar y seguimos las recomendaciones del anterior viaje.
En cuanto a
la recomendación gastronómica, el Anesis Grill Tavern [Ψητοπωλείο Ζούνης] en Olimpia:
muy buena comida, sobre todo los souvlakis, las salchichas caseras y los gyros
enrollados en pita. En Monemvasia, tardaré en olvidar la cena de mi cumpleaños
en el "Hayema and Aptyma Seafood Restaurant", terminando con las
copas y los "monte cristos", sintiéndome Sean Connery en Los
Intocables.
Viaje
familiar, historia y playas de ensueño. El Peloponeso no es solo el camino a
Esparta: es el camino de vuelta a convivir en familia, con la sensación de
haber vivido algo único.





