Arranco el año con mi regalo de Reyes en la mochila: la etiqueta que dice “Kiss me before flight”, pero recibo los mismos que siempre, bueno, uno menos porque al mediano lo tenemos por “las Italias”. Ironías del destino, estos han sido vuelos transoceánicos con poco encanto: niños llorando, perros patada, turbulencias que sacuden el asiento…

Mi séptimo viaje a Mexicali, y solo ahora caigo en el origen de su nombre: México + California. Al otro lado de la frontera, en Estados Unidos, está Calexico —Cal(ifornia) + (M)exico—, un juego de espejos toponímicos que resume la esencia de la zona, en la que diariamente miles de personas cruzan de un lado a otro.
La semana de trabajo en Mexicali ha sido tranquila, productiva. Ni sirenas lejanas, ni tiros al aire. Parece que los malotes están en pausa. Pero el descanso no fue completo: una madrugada, entre el jet lag y la confusión, desperté sintiendo que la cama se elevaba en horizontal, como si alguien me levantara de golpe. Fue mi primer terremoto vertical, de esos que suben y bajan en lugar de mecerte de lado a lado. Entre el cambio de horario y el movimiento de placas, me han dado la semanita, así que agotado…

En Ciudad de México, las esperas se alargan. Con las obras del aeropuerto por el Mundial, solo una sala business sigue operativa de las tres que solían aliviarnos el tedio. Curiosidad: al dejar la propina al camarero, este me pregunta si soy del Madrid o del Barça. “Es que Xavi está aquí —me dice—, con algo de la sede de Monterrey para el Mundial”. Como bien me conoces, me acerqué con algo de “timidez” al grupo de viejas glorias, y ahí estaba el one-club man. Majete, se levantó sin dudar y se sacó la foto conmigo después de decirle que yo al Barça de ahora ni agua, y que era del Athletic. Al resto, les castigué con el látigo de mi indiferencia.
En cuanto a la recomendación gastronómica, esta vez me propuse una ruta de tacos. Tres noches, tres cocinas distintas. La ganadora claroa, la del restaurante “Cauce by Albaricoque”, un local nuevo y por eso igual vacío. Pedí sus tacos de cochinita pibil —cuatro por $275—, acompañados de cebolla encurtida y cilantro (este último, por suerte, fácil de apartar). La salsa, potente y "picosa", calentaba el labio.
Cuando un terremoto se siente con un movimiento vertical (hacia arriba y hacia abajo), se le conoce comúnmente como sismo trepidatorio.
ResponderEliminarXavi Hernández no es “one club man”
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