De regreso a Madrid, a las oficinas centrales. Las nuevas generaciones se ríen de mis tesoros al abrir la caja de la mudanza en mi pequeño despacho. Lo que no saben es que a "los dinosaurios" nos lanzaban a las obras con nuestras pequeñas libretas y nuestros diccionarios de bolsillo. Y, cuando no conseguíamos hacernos entender, tocaba recurrir a la mímica o, para los más avanzados, al famoso libro de imágenes que permitía señalar lo que queríamos decir.
Todavía me muero de risa al recordar aquella vez, en un frio restaurante
perdido en el extremo oriental de Rusia, en la que empezaron a llegar pedidos
repetidos sin parar. ¡No había manera de entendernos con las camareras! Cuando
reclamábamos nuestros pedidos porque no llegaban, ellas nos preguntaban si eran
adicionales y nosotros, ni cortos ni perezosos, nos poníamos a hacer gestos de
pollos y pinchos. 4 cervezas, 2 pollos y 4 pinchos de carne. Nos meábamos de la
risa, con las bandejas llenas de cervezas y pollos para todo el restaurante …y
ellas también cuando por fin se dieron cuenta de que, efectivamente, pensábamos
pagar todo aquello. Como para explicarlo ahora.
Madre mía, ¡cuánto nos han facilitado la vida internet, los teléfonos
inteligentes y los ordenadores portátiles! Aunque, al final, la tecnología nos
facilita la vida, pero son las anécdotas las que nos dejan buenos recuerdos.
La semana ha sido corta, pero intensa. Muchas reuniones y mucho trabajo;
al final, he acabado medio griposo por culpa del aire acondicionado. Pero, como
siempre, también ha habido tiempo para descubrir algo nuevo y, esta vez, en la
mejor compañía.
Una de las sorpresas ha sido la Real Basílica de San Francisco el
Grande, con su impresionante planta circular y sus pasillos interiores que
conducen a la sacristía, repletos de sillerías procedentes de otros monasterios
afectados por la desamortización. Las piezas se adaptaron al espacio disponible
y el resultado es de lo más curioso: ¡tantos asientos juntos que los monjes no
sabrían muy bien dónde poner sus santas posaderas!
Como bien dices, resulta curioso que, aunque sin seguir un orden
concreto, hayamos visitado ya los cuatro grandes cúpulas de iglesias: el Duomo
de Florencia, el Panteón de Roma, San Pedro del Vaticano y ahora esta basílica
madrileña. Recién reformada, está preciosa, y contar con un Goya en una de sus
capillas le da un punto extra a la visita.
Después, paseo por el centro y unos potes. Eso sí, impresionante que el
vino más barato costase cuatro euros y que la mayoría de las opciones
estuvieran por encima. ¡Un despropósito! A este paso, habrá que pensárselo dos
veces antes de levantar la copa.
Esta vez hemos probado un par de sitios para cenar, pero me quedo con el
primero: el Restaurante La Tierra, en la calle de Américo Castro, local 1. Allí
te recibe una frase que ya marca el espíritu del lugar: “A comer, bailar y
gozar, que el mundo se va a acabar”. Eso sí, ¡con un poco de moderación! Porque
la carta de vinos también incluye botellas de varios cientos de euros. Una cosa
es que el mundo se vaya a acabar y otra muy distinta es que nos toque pagarlo a
precio de oro.
Las raciones se quedaban algo pequeñas para nuestros hijos a todas luces
insuficientes, pero para nosotros bien, la comida estaba muy buena. El
tomatito, la ensaladilla (aunque a ti te pareciera lo más flojo), las croquetas
y el secreto, muy bien hecho. Una buena elección para terminar el día pronto
que al día siguiente tocaba trabajo.



Presumes de dinosaurio ante los txabales por haber pedido pollos por señas en Siberia, pero te da una ráfaga de aire acondicionado y un txato a cuatro euros en Madrid y te vienes abajo. Mucha basílica y mucha cúpula sagrada, pero al final la tragedia es que el plato de secreto se quede corto. Pura vanidad de veterano. ;-D
ResponderEliminarMas razón que un santo
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