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jueves, 17 de septiembre de 2026

Abu Dabi, pero con chaqueta

Unos días raros. 

Cómo cambia el cuento cuando me toca venir al Golfo, pero a las oficinas, a reuniones y demás. Frase para el recuerdo: “No hay forma más sincera de admiración que la envidia”. Viaje distinto, con gente y hasta con chaqueta. Si es que hasta nos costó salirnos de la rutina de hacer la maleta de obra.

Coincidir con gente que me conoce desde hace años hace que las pequeñas pausas sean también un poco raras. Y ni te digo lo de volver a compartir mesa en esta parte del mundo, recordando historias de hace veinte años. Vamos a ser unos abuelos cebolletas.


Como casi siempre, en cada viaje hay algo que conocer y que merece la pena. Esta vez me dejo llevar, aunque sea en grupo. Pillamos un taxi para cinco. Multitud. Aunque el calor ya empieza a dar un poco de tregua, cuando salimos de trabajar todavía aprieta. Nos llevan a Qasr Al Hosn, el fuerte y hogar ancestral de la familia Al Nahyan. Es el edificio más antiguo de la isla de Abu Dabi. Curioso. No había caído hasta ahora, con tanto puente y tanta carretera, que Abu Dabi es una isla.

Fue sede del poder, fortaleza defensiva y hogar de “la familia”, con mayúsculas. Hoy es un lugar curioso para entender cómo ha cambiado el país. Las fotos de hace cincuenta años lo explican mejor que cualquier discurso: de pequeña comunidad costera a la ciudad que tenemos delante ahora.

La exposición tiene su aquel. Desde la puerta original de madera, con aquella pequeña abertura para controlar quién quería entrar fuera de horas, hasta una caja metálica de galletas de mantequilla. Historia de Abu Dabi en versión museo.

Eso sí, el calor fue demasiado para los no aclimatados y más de uno terminó saliendo de allí a la carrera, buscando el aire acondicionado. Me hubiera quedado a seguir leyendo alguna información más. Como bien sabes: cada uno tiene su ritmo y yo tengo el mío.


Para colmo, cuando intento hacer de Cicerón, llega la decepción. La Sheikh Zayed Grand Mosque ha cambiado. Algo es algo, pero nada parecido a mi recuerdo —seguramente idealizado— de cuando empezaban los primeros coletazos del turismo. 




Recuerdo una visita mucho más especial, sin gente, viendo un atardecer espectacular y con la sensación de estar entrando en un sitio realmente impresionante. Y viendo lo orgullosos que me la enseñaban.

Ahora parece que la mezquita viene con centro comercial incluido. Hay que pagar entrada, te llevan por un recorrido perfectamente organizado, ya no puedes pisar aquella impresionante alfombra mullida y, para rematar, ni siquiera hace falta descalzarse. Te habré contado cientos de veces que a las mujeres les dejaban unas abayas elegantes para cubrirse y entrar en la mezquita. Ahora directamente tienes un ejército de vendedores ofreciendo pañuelos, abayas y todo tipo de prendas para las turistas que necesiten taparse.

Como casi siempre, a la carrera. Se me ha echado el tiempo encima en el último momento. Me espera el driver para llevarme al aeropuerto desde el hotel, pero no quería irme sin volver a ver los cristales horteras de las lámparas del gran templo, pero…

 


Tres veces me llaman la atención. No hago más que equivocarme con una cuerda que ni siquiera veo. Cuánto les falta por aprender a estos sobre señalización de rutas de acceso. Empiezo a pensar que la cuerda es invisible para mí y perfectamente visible para el resto. Después del tercer aviso, decido que quizá lo mejor sea dejar de luchar contra los elementos y seguir al rebaño. Culpa mía. Tendría que haber dejado de trabajar antes, pero qué quieres… la costumbre.

Esta vez, la recomendación gastronómica es un restaurante iraquí cerca del fuerte: Kabab Erbil. Muy bueno el mix grill y también los Kubba Mosul, esos que yo describiría como una especie de sándwiches iraquíes. Pero lo que me hace perder el sentido es el postre. Seguramente lo tengo prohibido: Kahi & Kemer, كاهي. Hojaldre caliente y crema que se derrama en cada mordisco.

Aunque no lo noten, para hacerme feliz no hace falta mucho. ¡¡¡Madre mía!!! 


Disfrutando por la vida.

1 comentario:

  1. Cambiar la obra por la chaqueta y el templo por el bazar no es triunfo, es la misma miseria vestida de domingo.

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