Unos días raros.
Cómo cambia el cuento cuando me toca venir al Golfo, pero a las oficinas, a reuniones y demás. Frase para el recuerdo: “No hay forma más sincera de admiración que la envidia”. Viaje distinto, con gente y hasta con chaqueta. Si es que hasta nos costó salirnos de la rutina de hacer la maleta de obra.
Coincidir
con gente que me conoce desde hace años hace que las pequeñas pausas sean
también un poco raras. Y ni te digo lo de volver a compartir mesa en esta parte
del mundo, recordando historias de hace veinte años. Vamos a ser unos abuelos
cebolletas.
Fue
sede del poder, fortaleza defensiva y hogar de “la familia”, con mayúsculas.
Hoy es un lugar curioso para entender cómo ha cambiado el país. Las fotos de
hace cincuenta años lo explican mejor que cualquier discurso: de pequeña
comunidad costera a la ciudad que tenemos delante ahora.
La
exposición tiene su aquel. Desde la puerta original de madera, con aquella
pequeña abertura para controlar quién quería entrar fuera de horas, hasta una
caja metálica de galletas de mantequilla. Historia de Abu Dabi en versión
museo.
Eso
sí, el calor fue demasiado para los no aclimatados y más de uno terminó
saliendo de allí a la carrera, buscando el aire acondicionado. Me hubiera
quedado a seguir leyendo alguna información más. Como bien sabes: cada uno
tiene su ritmo y yo tengo el mío.
Para colmo, cuando intento hacer de Cicerón, llega la decepción. La Sheikh Zayed Grand Mosque ha cambiado. Algo es algo, pero nada parecido a mi recuerdo —seguramente idealizado— de cuando empezaban los primeros coletazos del turismo.
Recuerdo
una visita mucho más especial, sin gente, viendo un atardecer espectacular y
con la sensación de estar entrando en un sitio realmente impresionante. Y
viendo lo orgullosos que me la enseñaban.
Ahora parece
que la mezquita viene con centro comercial incluido. Hay que pagar entrada, te
llevan por un recorrido perfectamente organizado, ya no puedes pisar aquella
impresionante alfombra mullida y, para rematar, ni siquiera hace falta
descalzarse. Te habré contado cientos de veces que a las mujeres les dejaban
unas abayas elegantes para cubrirse y entrar en la mezquita. Ahora directamente
tienes un ejército de vendedores ofreciendo pañuelos, abayas y todo tipo de
prendas para las turistas que necesiten taparse.
Como casi
siempre, a la carrera. Se me ha echado el tiempo encima en el último momento.
Me espera el driver para llevarme al aeropuerto desde el hotel, pero no quería
irme sin volver a ver los cristales horteras de las lámparas del gran templo,
pero…
Tres
veces me llaman la atención. No hago más que equivocarme con una cuerda que ni
siquiera veo. Cuánto les falta por aprender a estos sobre señalización de rutas
de acceso. Empiezo a pensar que la cuerda es invisible para mí y perfectamente
visible para el resto. Después del tercer aviso, decido que quizá lo mejor sea
dejar de luchar contra los elementos y seguir al rebaño. Culpa mía. Tendría que
haber dejado de trabajar antes, pero qué quieres… la costumbre.
Esta
vez, la recomendación gastronómica es un restaurante iraquí cerca del fuerte:
Kabab Erbil. Muy bueno el mix grill y también los Kubba Mosul, esos que yo
describiría como una especie de sándwiches iraquíes. Pero lo que me hace perder
el sentido es el postre. Seguramente lo tengo prohibido: Kahi & Kemer,
كاهي. Hojaldre caliente y crema que se derrama en cada mordisco.
Aunque no lo noten, para hacerme feliz no hace falta mucho. ¡¡¡Madre mía!!!
Disfrutando por la vida.



Cambiar la obra por la chaqueta y el templo por el bazar no es triunfo, es la misma miseria vestida de domingo.
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