Escribo desde el campamento, en mitad del desierto saudí, a unos 200
kilómetros de Kuwait. Aquí, en esta época del año, lo más caliente no es solo
la temperatura —que ya ha marcado sus gloriosos 49 grados— sino también el
ambiente. Porque cuando no es el calor, es la tensión geopolítica lo que te
hace sudar.
Estamos en
pleno periodo de conflicto, y eso ya empieza a notarse también en la obra.
Parte del equipo que había salido por el Eid o que viajó al Líbano por una boda
está teniendo dificultades para regresar. El motivo: el recrudecimiento del
conflicto en la región, que ha provocado restricciones en el espacio aéreo
debido al lanzamiento de misiles a larga distancia.
Aunque los
ataques no se están produciendo en esta zona concreta, su alcance afecta a
vuelos comerciales, incluidos los internacionales, lo que está generando
retrasos y complicaciones logísticas. Toca reorganizarse.
—“Nos informan que el espacio aéreo estará restringido durante las próximas dos
horas por ataque”, anuncian por megafonía en el aeropuerto para reorganizar
rutas.
Parece una
escena sacada del humor de Gila, pero lamentablemente es la realidad: los controladores aéreos hablando con el
enemigo, acordando no disparar justo cuando pasan vuelos internacionales.
Por ahora,
se trata solo de retrasos, pero viendo cómo lo cuentan, uno no sabe si está en
un parte de guerra o en un guion de ficción. Por si acaso, seguimos atentos.
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