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viernes, 6 de febrero de 2026

San Luis Río Colorado, o cómo me inicié en la costra de asado

Los planes cambian sobre la marcha y toca adaptarse con una sonrisa, aunque sea medio torcida. La fiesta del viernes por la Constitución, de repente, se adelanta al lunes. Ni idea del porqué, pero nos descoloca los planes y comenzamos trabajando desde el hotel. Está claro que en todas partes se trabaja más los lunes que los viernes. Al final tocó apretar, sacar el trabajo adelante y robarle horas al sueño. Resultado: agotados.

Paso Frontera

La semana, según los locales, “tranquila”. Aunque desde la habitación del hotel el ruido constante de sirenas y helicópteros americanos en la frontera contaba una historia algo distinta. En fin, la vida en este lado del mundo no vale lo mismo, y si eres mujer, pues casi nada.

Algodón

De regreso, curioso el trayecto entre San Luis Río Colorado, donde el tiempo y las agujas del reloj parecen confirmar a Einstein: sales a las ocho y, tras una hora de trayecto, llegas… a las ocho. Todo es relativo. Gracias a tu ayuda consigo entrar a la sala. La invitación cuesta treinta euros y no estamos dispuestos a pagarlos, así que me dedico a salir de vez en cuando para sacar botellines de agua al compañero, para que se hidrate: con los desayunos copiosos de México, en las dos horas siguientes necesitas una fuente cerca.

Empezamos el viaje viendo cómo suben a un preso a nuestro avión. Escena de película de narcos: lo embarcan por la puerta trasera, antes que nosotros, bien esposado y rodeado de gente con pasamontañas y armados hasta los dientes. Y a mí solo se me ocurre pensar en la típica peli en la que los colegas secuestran el avión y lo desvían a la sierra boliviana. En la fila de embarque, un poco acojonados y entre risas, vamos mirando quién tiene pinta de malo capaz de salvar a su amigo… pero por las pintas, podrían ser un ejército. Te escribo estas líneas desde Ciudad de México, así que todo bien: la película solo estuvo en nuestras cabezas.

Recomendación gastronómica: tras terminar el trabajo nos llevaron ayer a la Taquería Chipillón. Un local que parece de comida rápida de los ochenta, pero donde sirven auténtica carne sonorense, sabrosa y perfectamente troceada, no picada, parece que ese es el punto. Pero el arte del Chipillón va más allá de la carne. El local es de película: mesas corridas, platos de plástico, papel de aluminio y servilletas de papel. Los camareros, muy amables, colocan en cada mesa una bandeja compartida volante con salsas y complementos, invitándote a personalizar cada bocado. Me recuerda a la bandeja de los turrones que daba vueltas en casa en las cenas de Navidad. Y la cebolla asada que nos ponen, sencillamente, impresionante.

 


Sus tacos son distintos, cada uno con personalidad propia. Me dejo aconsejar y empiezo con:

·       Taco de Chipillón (pastor en tortilla de harina): combinación ganadora. Pastor, chile de California y queso . Que sabor!!!

·       Taco de cabeza (en tortilla de maíz): como nuestra carrillera, impresionante.

·       Taco de tripa (en tortilla de harina): hay que pedirla “más hecha” para lograr ese punto crujiente por fuera y carnoso por dentro. Una delicia para valientes, aunque no creo que te gustara eso de comer intestinos rellenos.


Con tres tacos sales más que satisfecho, física y anímicamente. Pero la tentación de uno más —¿cómo resistirse a esa costra de queso?— es enorme y, seamos sinceros, casi siempre caemos, como con la espuela en García Rivero.


La costra de asado no es un taco, es una declaración de intenciones. Yo no la conocía, pero tú ya sabías que era keto. Yo no había oído hablar de ella, pero ya sabes: “cuando yo voy, tú vuelves de allí”. Queso planchado hasta quedar crujiente, relleno de jugosa carne asada.

El trato es excelente, y eso termina de redondear la experiencia. Volveré, si me dejan…