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viernes, 27 de febrero de 2026

Shakira pasa por Mérida mientras el país aguanta la respiración

Otra vez, semana complicada. Dicen que México vive días de cambios. Y no precisamente de los que llegan con aire fresco.  Siempre que ha llovido, ha escampado ...


Hasta el tranquilo Caribe parece contener la respiración. Matan al jefe del cártel principal del país y, de repente, todo México entra en alerta máxima. Las noticias abren con tonos graves en casa; los mensajes cruzan el Atlántico cargados de preocupación y, desde el otro lado del charco, me imagino que nos imagináis como otras veces, con el miedo en el cuerpo, escuchando en el hotel las balaceras. Pero, sin embargo, aquí… no se nota nada. Bueno, casi nada. Tal vez menos turismo. Y eso, en esta zona, sí puede ser una señal. Y bastante más policía.

Menos mal que Shakira y yo decidimos no cambiar nuestros planes. A mí no me ha afectado en el trabajo. A la cantante colombiana… quién sabe. Nos cruzamos con los vehículos que la llevaban al estadio para su concierto. Aquello parecía más una caravana presidencial que una gira musical: motoristas abriendo paso, coches de policía escoltando y, cerrando el convoy, militares con pasamontañas, de pie en la parte trasera de las furgonetas, bien arriba, con el dedo en el gatillo de unas gigantes metralletas o lo que fueran —pistolas de agua para refrescarla no eran—. No sé si en su vida artística habrá tenido muchas entradas triunfales así, pero, desde luego, discretas no eran. Y por lo que he visto a la llegada, menudo chandal!!!



Y, mientras tanto, la vida real continua y yo no lo desaprovecho. Visitar el Mercado de San Benito, en Mérida, vuelve a ser un espectáculo para los sentidos. Colores que compiten entre sí, olores que se mezclan sin pedir permiso y un bullicio que te obliga a estar alerta.

—¡Chaparrito, aparta!

Gritan, tronchándose de risa, los que avanzan a toda velocidad con las carretillas cargadas hasta arriba para surtir los puestos. Aunque el chaparro, le saca una cabeza o dos a la mayoría.

Después de pasearme por los puestos de carne de res —con algún cartel que mejor no mirar dos veces—, las frutas, las verduras y ese festival de colores imposibles, me concentro en lo importante: los chiles. En todas sus versiones. Secos, frescos, ahumados, pequeños pero letales. Una gozada. Estoy en mi salsa. Y, por cierto, ni rastro de gringos por la zona.


En cuanto a las recomendaciones, hemos probado de todo. En “El Lucero”, con cada cerveza llegan tantas botanas que uno duda si ha venido a beber o a cenar sin querer. Sales rodando. En “Crabster - Paseo 60” ocurre lo contrario: pagas la comida y, entre semana, la cerveza es gratis; el compañero en cada ronda pregunta: «Esta es al mismo precio, ¿no?». Que aguante, parece no tener fin.

Pero esta vez, para la recomendación gastronómica, me quedo con “La Brasa - Parrilla Uruguaya”. Un patio con una pequeña piscina, cinco mesas y a disfrutar. Famosa por sus cócteles, pero su parrilla, cumple con creces. Muy buena la picaña. Y ese caldo de hueso que te sirven al principio, como cortesía, es la mejor carta de presentación.

Curioso el roce entre vecinos: el de arriba, regando, moja a una de las mesas bajo un árbol frondoso de estos americanos, y el encargado llama a la policía diciendo que la va a armar, que se va a enterar, que ya está bien. Al final, cuatro coches de policía y uno de policía ambiental. Me parece un despropósito. Igual es que luego cenan ellos también allí.

La vida —con escolta o sin ella— continúa. Y nosotros también, ya queda menos para el cabrito.


lunes, 16 de febrero de 2026

Pamplona en Carnaval - Restaurante Europa

A veces los viajes no terminan cuando aterrizas, sino cuando, después de horas de vuelo y con el cuerpo pidiendo la cama a gritos, te sientas al volante. Reconozco que no fue lo más sensato del mundo. La poca visibilidad y el agua azotando el parabrisas hacían que cada kilómetro se hiciera eterno. Solo quería llegar. 

Pero el tradicional viaje anual “a por las estrellas Michelin” nunca defrauda. Todo medido, todo pensado. Bea y compañía lo organizan como nadie: guía de lujo, buenas mesas y ni rastro de friturres innecesarios. Ir con está cuadrilla es fácil y siempre suma. 

En Pamplona, el plan era sencillo y perfecto: unos potes con buen vino navarro y cena en La Bankada. Afuera la lluvia no daba tregua; dentro, calor de cuadrilla y una insonorización que invitaba a quedarse. Cuando el grupo es grande, decidir puede ser lo más complicado. Aquí se optó por la mejor solución: no elegir. Ponerse en manos de la casa. Servicio diligente, rápido y siempre con una sonrisa. Los “takones cercanos – txipirotakoak”, una tortilla de camarón con chipirones, casi justificaban el viaje por sí solos. Habrían sido recomendación gastronómica indiscutible de esta entrada, pero aquella noche jugaban con competencia seria. 

El cuerpo no daba para más. Y te lo agradezco. Una retirada a tiempo también es una victoria, aunque fue una sorpresa lo fácil que resulto. Quizá fue el agotamiento; quizá la mezcla exacta entre el silencio de la habitación y el eco de una cena redonda. Tocaba cura de sueño: casi diez horas seguidas —algo que no recordaba— en el céntrico Hotel Maisonnave, en la Calle Nueva. Todo un descubrimiento. 


El sábado amaneció con promesa. La visita comenzó en el histórico Café Iruña. Qué envidia dan estos locales grandes, con historia, con vida en las paredes. Después, recorrido cultural por la ciudad: el trazado del encierro —con fotos que lo atestiguan—, y como no, visita al mercado. Sorprendía la pescadería con la mar revuelta de esos días; quién sabe en qué caladeros faenan estos navarros. 



En plenos carnavales nos acercamos a la calle Navarrería, a la Fuente de la Navarrería. En San Fermín allí se lanzaban desde lo alto; hoy la fuente se desmonta en fiestas. En carnaval, sin embargo, es escenario central de la quema de “Mari Trapu”, la muñeca que representa a la malvada jefa de los francos que saqueó la ciudad y murió abrasada en su propia torre.




Uno de los paseos más bonitos fue por la Calle Redín, detenida en el tiempo, con su aire medieval intacto. Casonas de piedra, un pasadizo elevado que permitía a las monjas cruzar sin romper la clausura… parece un decorado, pero es real. Desde la muralla, en el Baluarte de Redín, las vistas de la cuenca son espectaculares. Y algún cartel curioso recuerda que allí no estuvo el bueno de Hemingway. 


En cuanto a la recomendación gastronómica, llegó de la mano de las hermanas Idoate en el Restaurante Europa: raíces, identidad y cultura. Mari Carmen en el comedor nos guió desde el principio; Laura siempre atenta y Javier, con el vino, afinando cada elección. La perfección asomó en la “Croqueta de Pilar de jamón ibérico” —probablemente la mejor croqueta de jamón que he probado y algo por lo que deberíamos traerle al pequeño de la casa—. El “cochinillo de Segovia a baja temperatura con puré de calabaza asada y cítricos”, memorable. Pero el plato que tardaré en olvidar es ese que terminan ante ti: el “pichón de Araiz, pechuga asada y muslito guisado al estilo tradicional”. 




Escapada de diez, porque son gente con estrella. Se lo merecen todo. Hay que disfrutar de ellos, mientras se pueda.

viernes, 13 de febrero de 2026

Visita al Zayed National Museum – de profesión estrena museos

 Bueno… cómo pasa el tiempo.

En 2017 visité por primera vez el Distrito Cultural, en la isla de Saadiyat. Aquel viaje tenía un propósito muy claro: conocer el recién inaugurado Louvre Abu Dhabi. Recuerdo perfectamente la impresión que me causó. Fue uno de esos lugares que se te quedan grabados, no solo por lo que ves, sino por lo que sientes al estar allí.

Hoy he vuelto. Esta vez para visitar el recién inaugurado Museo Nacional Zayed. Como bien dices, hay que buscar un hueco e inventar una nueva profesión: además de estar de visita por el mundo, de profesión… estrenar museos.

Y qué museo.

Es una pasada. De verdad. El edificio, los espacios, intentar imaginar cómo construyeron estas maravillas en medio del desierto… La manera en la que cuentan la historia de los Emiratos está pensada con una elegancia y una ambición que impresionan. En menos de cien años, un cambio radical: de las dunas al epicentro cultural mundial.

Y, sin embargo, me he sorprendido pensando que hace casi diez años me impactó aún más aquella primera visita. Quizá porque era la primera vez. Quizá porque todo aquello era completamente nuevo. O quizá porque uno también cambia. Lo que más gracia me ha hecho ha sido ver el todoterreno que usaba el emir por las dunas. Al final, igual solo hace falta un buen motor para moverse por el desierto y desinflar las ruedas.

Mientras caminaba por el distrito, me he dado cuenta de que aún me queda mucho por descubrir. El Museo de Historia Natural sigue pendiente. Y dentro de unos meses, cuando el proyecto que he venido a visitar esta semana esté más avanzado, seguramente también estará listo el Guggenheim Abu Dhabi. Será otra excusa perfecta para volver.

Y en tardes como la de hoy, caminando entre estos espacios de la zona rica de Abu Dabi, pensando en el tiempo que ha pasado y en todo lo que está por venir, me siento bien pagado…

Aunque para cenar en “El Maté”, adonde me han llevado, no me llega.

Menudos precios. La carne no costaba lo que ponía en la carta… costaba eso por cada cien gramos. Y ni para eso me alcanzaban las dietas. Cuando el camarero me ha dicho que la carne que había pedido se les había terminado y le he contestado que me daba igual —que la había elegido porque era la más barata—, muy serio me ha explicado que la que me ofrecía era más pequeña y, por lo tanto, más económica. “Solo” seiscientos y pico dirhams. Unos 140 euros por menos de medio kilo de carne.

Se notaba nada más entrar que el restaurante era de lujo. Pero tiene precios para el emérito. Y estaba lleno.

Así que sí. La recomendación gastronómica vuelve a ser el Silk & Spice del hotel Sofitel, una maravilla de comida tailandesa. Esta vez he probado el Gai Phad Med Mamuang (especialidad del chef), pollo salteado al wok con anacardos, y a “solo” 85 dirhams —ahora 

viernes, 6 de febrero de 2026

San Luis Río Colorado, o cómo me inicié en la costra de asado

Los planes cambian sobre la marcha y toca adaptarse con una sonrisa, aunque sea medio torcida. La fiesta del viernes por la Constitución, de repente, se adelanta al lunes. Ni idea del porqué, pero nos descoloca los planes y comenzamos trabajando desde el hotel. Está claro que en todas partes se trabaja más los lunes que los viernes. Al final tocó apretar, sacar el trabajo adelante y robarle horas al sueño. Resultado: agotados.

Paso Frontera

La semana, según los locales, “tranquila”. Aunque desde la habitación del hotel el ruido constante de sirenas y helicópteros americanos en la frontera contaba una historia algo distinta. En fin, la vida en este lado del mundo no vale lo mismo, y si eres mujer, pues casi nada.

Algodón

De regreso, curioso el trayecto entre San Luis Río Colorado, donde el tiempo y las agujas del reloj parecen confirmar a Einstein: sales a las ocho y, tras una hora de trayecto, llegas… a las ocho. Todo es relativo. Gracias a tu ayuda consigo entrar a la sala. La invitación cuesta treinta euros y no estamos dispuestos a pagarlos, así que me dedico a salir de vez en cuando para sacar botellines de agua al compañero, para que se hidrate: con los desayunos copiosos de México, en las dos horas siguientes necesitas una fuente cerca.

Empezamos el viaje viendo cómo suben a un preso a nuestro avión. Escena de película de narcos: lo embarcan por la puerta trasera, antes que nosotros, bien esposado y rodeado de gente con pasamontañas y armados hasta los dientes. Y a mí solo se me ocurre pensar en la típica peli en la que los colegas secuestran el avión y lo desvían a la sierra boliviana. En la fila de embarque, un poco acojonados y entre risas, vamos mirando quién tiene pinta de malo capaz de salvar a su amigo… pero por las pintas, podrían ser un ejército. Te escribo estas líneas desde Ciudad de México, así que todo bien: la película solo estuvo en nuestras cabezas.

Recomendación gastronómica: tras terminar el trabajo nos llevaron ayer a la Taquería Chipillón. Un local que parece de comida rápida de los ochenta, pero donde sirven auténtica carne sonorense, sabrosa y perfectamente troceada, no picada, parece que ese es el punto. Pero el arte del Chipillón va más allá de la carne. El local es de película: mesas corridas, platos de plástico, papel de aluminio y servilletas de papel. Los camareros, muy amables, colocan en cada mesa una bandeja compartida volante con salsas y complementos, invitándote a personalizar cada bocado. Me recuerda a la bandeja de los turrones que daba vueltas en casa en las cenas de Navidad. Y la cebolla asada que nos ponen, sencillamente, impresionante.

 


Sus tacos son distintos, cada uno con personalidad propia. Me dejo aconsejar y empiezo con:

·       Taco de Chipillón (pastor en tortilla de harina): combinación ganadora. Pastor, chile de California y queso . Que sabor!!!

·       Taco de cabeza (en tortilla de maíz): como nuestra carrillera, impresionante.

·       Taco de tripa (en tortilla de harina): hay que pedirla “más hecha” para lograr ese punto crujiente por fuera y carnoso por dentro. Una delicia para valientes, aunque no creo que te gustara eso de comer intestinos rellenos.


Con tres tacos sales más que satisfecho, física y anímicamente. Pero la tentación de uno más —¿cómo resistirse a esa costra de queso?— es enorme y, seamos sinceros, casi siempre caemos, como con la espuela en García Rivero.


La costra de asado no es un taco, es una declaración de intenciones. Yo no la conocía, pero tú ya sabías que era keto. Yo no había oído hablar de ella, pero ya sabes: “cuando yo voy, tú vuelves de allí”. Queso planchado hasta quedar crujiente, relleno de jugosa carne asada.

El trato es excelente, y eso termina de redondear la experiencia. Volveré, si me dejan…