En mi regreso a Argelia, no he podido evitar pensar en cuánto ha cambiado todo desde hace veinte años y de aquella vez en Hassi Messau de la que tantas veces nos hemos reído, cuando te contaba las cosas por correo, cartas largas y con más tiempo. También los viajes y las ausencias eran bastante más largas.
Aquella escena casi de película: un banco perdido en mitad de la nada, sacando dinero en bolsas de basura, el motor del coche en marcha, tensión en el ambiente… y aquella mujer espectacular, con vaqueros y camiseta amarilla ajustada, que parecía salida de un guion de cine. Todo tenía un aire caótico, improvisado…
Hoy, sin embargo, el paisaje humano es otro. Lo que veo no me gusta: más pobre, menos risas y mucho más velo; muchas menos mujeres vestidas “a la europea”. Me he estado fijando y se reconocía fácilmente a la que no era argelina. Se nota un cambio visual muy fuerte. Dicen que la influencia cultural ya no viene de Francia, de esa idea de modernidad occidental, sino también de los países del Golfo. Y se percibe. Mucho. La presión social, el “qué dirán”, pesa más que antes.
Bueno, al grano: esta vez hemos llegado en pleno Ramadán, con un compañero poco curtido en estos lances. Empezamos con mal pie, comiendo el catering mientras el resto ayunaba, en un avión de hélice que parecía de los años setenta, lleno de moscas y medio roto… nosotros, prácticamente los únicos “infieles”. Fallo mío, no caí en la cuenta, pero menudos caretos nos estaban poniendo. Según me dicen, lo habían repartido para esperar, porque tocaba la hora de romper el ayuno antes del aterrizaje, pero… nosotros servir y comer. Ellos dándole al tasbih digital con saña y venga a mostrármelo. Yo pensando que sería el tamagochi que llevaban. Es la primera vez que me fijo; igual es típico de esta zona, como un rosario digital para avisar o contar las oraciones.
Aquí, como bien sabes, hay reglas no escritas que pesan mucho. Si las miradas matasen… Aunque nadie te obligue a ayunar, comer o beber en público durante el día se percibe como una falta de respeto enorme.
La semana, cuesta arriba: mucha espera a la escolta, muchos kilómetros de carretera de la obra al hotel, a Hassi, porque aún no tenemos nuestro campamento; así que más agotado de lo normal, pero ya trabajo terminado.
El viaje de regreso me ha dado para otra lección. Con lo viajado que me creo, me han dado en todo lo alto. Esta vez, gracias a un compañero iraní: tras los ataques a la obra de Qatar, es el tema de conversación, junto con los partidos de la Champions League, en la que se han cargado a la mayoría de los ingleses. Yo, con mis referencias de siempre al conflicto, hablando de la “primavera árabe”… y zasca: “nosotros somos persas”. Y claro, tiene razón. Ni hablan árabe ni se identifican como tal. A veces simplificamos demasiado desde fuera. Me hablaba de su país, de lo que significa vivir bajo un sistema donde religión y Estado son lo mismo, donde las palabras “dictadura” o “totalitarismo” se quedan cortas. De los millones de iraníes que querrían volver si las cosas cambiaran y de los que siguen allí, aguantando. Y te das cuenta de lo complejo que es todo, de que no es blanco o negro, de que incluso una guerra, si llegara a perderse, no garantiza nada, que después puede que todo siga igual.
Argelia también refleja algo de eso. Aunque sobre el papel exista libertad religiosa, la identidad del país está profundamente ligada al islam. No es un Estado laico, y eso se nota en el día a día, en los gestos, en lo que se puede y no se puede hacer. Y, sin embargo, entre todo eso, sigo viendo lo mismo que vi hace veinte años: un país lleno de contradicciones, de gente que intenta vivir lo mejor que puede dentro de su realidad.
La recomendación gastronomica, al romper el ayuno el cordero - borrego grande- asado, con verduras, pura delicia del Euro Japan Ressidence, en Hassi. Se me saltan las lagrimas. Que arte!!!
Cuando vuelva, busco aquel correo. Creo que me va a hacer gracia releerlo ahora, con todo esto en perspectiva.

